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9 sept. 2016

Acerca del relato "Patos borrachos" de Jorge Muzam



PABLO MENDIETA PAZ-.

“Patos borrachos” es un preciso escrito para detenerse a explorar muy brevemente la prosa del escritor e historiador chileno Jorge Muzam. La lectura de cada frase, de cada palabra, no nos permite quedar solo tibios ante un estilo de mármol de aquello que narra. No es posible. Es más. Quizás lo mayormente vistoso y sugerente sea que, en lo formal, Jorge Muzam alumbre sus escritos –este en particular- con una singular policromía, pues así como compone, ordena, coloca con método y disposición su narrativa, así mismo trasmite una plétora de sentimientos, sensaciones e impresiones que delata una exquisita actitud lírica, una carga poética que, deliberada o no, se aproxima a un carácter rebosante de simbolismo que atrae macizamente. Este es su arte, como el de un músico, que no solo expresa ideas y formas, sino sentimientos y colores. Precisamente ahí está lo esencial en toda la obra de Jorge Muzam: o el aliento poético arrincona al propósito de narrar, o, en otros momentos, el relato lo sobrepasa. Esta sugestiva ambigüedad, muy propia de un Cortázar de cronopios y famas, o de un iluminado y vasto Rimbaud, es el manantial inagotable en la literatura de este extraordinario autor. Cercano a Bolivia, Jorge Muzam no ahorra alabanzas por las cualidades literarias de autores nacionales, en especial de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, de quien dice ser un nombre mayor de la literatura hispana; como nombre mayor ya lo es Jorge Muzam.

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Patos borrachos 

JORGE MUZAM

“El verano se sigue destiñendo en amarillos pálidos. Indisciplinados patos salvajes vuelan río arriba. Parecen perdidos tras una gran resaca. Escudriño las piedras. Palpo sus cavidades, su tersura, su desgaste de milenios. Hay verdes que parecen esmeraldas, lapislázulis probables y dorados engañosos que habrían deslumbrado a piratas ignorantes. Invento sentidos a las aleaciones ígneas, algún lenguaje encriptado. Sólo para perder el tiempo, porque de cualquier forma no hay cómo ganarlo. El resto es cielo azul, aire tibio, murmullo de brisa entre los coigües y recuerdos detonados como bombas atómicas. Es un abrumador presente. Los patos borrachos ahora vuelan río abajo. Siguen sin encontrar su nido.”


http://cuadernosdelaira.blogspot.cl/2014/01/patos-borrachos-cuadernos-de-san-fabian.html?spref=fb

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21 ago. 2016

La poesía no se inventa (entrevista al poeta Claudio Bertoni)

JUAN PABLO JIMÉNEZ -.
 
JP: ¿Aló?...

Claudio Bertoni: Sí… ¿con quién?...

JP: Con bla bla bla soy periodista y bla bla bla…

CB: Ah…

JP: La UTalca lanzó recientemente tu libro “Que culpa tengo yo”, compilado de poesía tuya. Entre paréntesis, yo te leo hace mucho y bla bla bla…

CB: Llámame y me avisas que me vas a enviar las preguntas. No tengo internet así que de esa manera me preparo para conseguir un sitio con internet y te respondo.

(Pasan algunos días. Llamada de aviso de rigor. Correo. Comienzo como calcetinera contándole al poeta y fotógrafo chileno que hace tiempo que lo leo. Leo el mail y eso parece no interesarle. Aquí van las preguntas con sus respectivas respuestas).

¿Cómo nace este proyecto de que te publiquen en la UTalca?
 “Marcela Albornoz –directora de la Editorial Universitaria de la UTalca– me pidió hacer un libro con la universidad. Le propuse una antología y le pareció bien. Hablamos de honorarios. Eso fue todo”.

¿De qué manera trabajaste para compilar los poemas y hacer la antología? 

“Fui leyendo algunos de mis libros y dejando los poemas que me parecían bien (He publicado más de un poema que ahora no me parece bien). No me di cuenta que el libro quedaría tan grande”.

Tú hablas, a partir de las cosas simples y cotidianas que nos ocurren cualquier día, de cosas inmensas, como el amor, la muerte, Dios. “Es que las cosas inmensas de las que hablas: la muerte, el amor, Dios, la vida, están encarnadas –día tras día– en las que tú llamas ‘las cosas simples’”.
Algunos dicen que el rock & roll ha muerto porque ya se ha hecho todo. ¿En la poesía ya se ha hecho todo?

 “No creo que en poesía, ni en nada, se haya hecho todo. Y si así fuera me importaría un pito. La poesía que vale la pena no se escribe para que sea nueva o sorprendente, la poesía no se ‘inventa’, la poesía se escribe por necesidad y como gato de espaldas para defenderse de todas esas cosas inmensas de las que tú hablas: el amor, el dolor, etc. y la muerte. Y el rock & roll, by the way, no ha muerto ni morirá jamás, porque el blues no morirá jamás, y el blues es el rock & roll y el rhythm and blues y el jazz y el funk y la música gospel y porque siempre habrá hombres y mujeres con soul que lo practiquen hasta que ya no quede piedra sobre piedra y se nos muera el sol. Es absolutamente imposible que se acaben el blues y la poesía: habría que dejar de sentir”.

(Vuelven a pasar algunos días. El libro de Bertoni es grande y en él muchos de los poemas parecen estar escritos en formatos mínimos. Da lo mismo: hablan de cosas grandes).

En “Que culpa tengo yo” el poeta chileno hace un viaje por algunas de sus creaciones a su juicio más importantes de sus libros. No… tal vez ni tan importantes para él desde el prisma del criterio que utilizó para compilar sus escritos.

Aquí está hablándole a la belleza de una muchacha, a su desgano, a su solitariedad, a lo que ve en la calle, a la vida, a los días, a Dios, a la muerte esquiva, al no creer, al deseo, a la inmensidad oceánica inscrita en las cosas más sencillas.

El libro es gordo y grande. Como una biblia. Uno termina la última página y, como decía Jorge Teillier sobre darse cuenta de que un libro es un buen libro, que te produce la misma sensación que cortarse con una prestobarba, bueno, tuve que ponerme un trocito de papel higiénico en la cara para cortar el flujo de sangre.

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21 jul. 2016

Des-via-dos

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .-

He estado imaginando más que nunca, prima, su llegada a la ciudad tras un viaje incómodo, de cuatro horas y más, desde esas lejanías. Bajará la escalerilla del bus cubierta (porque más que vestirse, usted se cubre, eso lo tengo claro) por ropa de invierno, gorro, bufanda, camisa de franela, jeans y botas, impregnada de carbón, tierra y humedad. Se acomodará una mochila ennegrecida por el uso y redonda de tanto relleno inútil: cuadernos arrepollados, papeles sueltos, fotocopias dobladas, libros a medio leer, hojas secas, piedrecitas de colores modeladas por la corriente del río. Seguirá impávida, inmóvil, displicente y menuda, como siempre la he visto, aún cuando haya notado mi presencia en tierra firme (¿ha notado mi presencia alguna vez? olvídelo, siempre exagero; imagínese que le estoy hablando como si usted hubiese descendido de un barco, como nuestras abuelas y bisabuelas, qué ridiculez más grande). Me pasará un papel arrugado y apuntará con el dedo hacia la parte baja del bus para que yo acuda a retirar su bolso. Obedeceré, por supuesto, y cuando lo reciba de parte del auxiliar, lo notaré mucho más pesado, incómodo e inútil que la mochila que usted carga consigo.

¡Ay, prima! Parece que la estoy viendo responder con monosílabos a mis preguntas de cortesía: ¿qué tal el viaje?, ¿pudo dormir?, ¿le sirvieron algo de comer?, ¿había algún desvío o atochamiento en el camino?, ¿cómo están todos por allá? Típica reacción suya cuando se siente superada por las convenciones de vivir en sociedad, tema recurrente de pasadas tertulias familiares, con participación de padres, hermanos, primos, tíos, abuelos, amigos cercanos y, por cierto, el pretendiente. Es a que usted, prima, le gusta ir de contradicción en contradicción, como decían todos en casa, alentados por el tío psicoanalista, para después asentir con la cabeza por el bien del linaje y sellarlo todo con un “¡salud!” (se lo cuento para que vea que no soy ningún traidor, aunque haya estado presente en esas sobremesas). Por eso mismo, me preguntaré varias veces, al tenerla al frente, de qué tanto me sorprendo si la conozco de memoria. De no mediar algún incidente, su comportamiento será similar a cuando se acicaló de blanco para recibir un anillo y, al rato, mezclarse conmigo frente al bufete de comida, bebidas y tragos, los dos con la vista pegada en los senos y nalgas de las garzonas -muestra excelsa de la buena alimentación y del trabajo físico de nuestros campos, convenimos-, en esa farsa organizada por ese señor propietario de un viñedo, rotario de renombre, candidato a alcalde permanente, hijo ilustre, deseoso de poner fin a su soltería (quien diría que en pleno siglo XXI, aún se siguen arreglando matrimonios y usted se haya prestado para algo semejante). O igual a su viaje de un día a Santiago para recorrer, tal como lo hacíamos en la infancia, el cerro San Cristóbal, oportunidad en que apenas alcanzamos a beber usted una gaseosa y yo un café (no he olvidado el teleférico ni el funicular, entonces de reparaciones, espacios en alturas donde me enseñó a disfrutar del placer, aún cuando estuviera sólo, a lo más acompañado de una fotografía suya revelada y después en digital), antes que emprendiera el regreso a sus tierras para cumplir con sus deberes maritales y me sacara en cara que yo no había sido capaz de escribirle un miserable correo electrónico o WhatsApp, por último una llamadita a su celular que tiene muy buena señal, incluso entre las montañas (ojo, que no reduzco sus deberes sólo a la cama; imagino que en el campo se subyuga a las mujeres más que en la ciudad; por acá, en cambio, usted ya sabe de las barrabasadas posibles de cometer con la excusa de su desviación, mis ansias de complacerla y las costumbres relajadas de la urbe). 



Caminaremos en silencio por la periferia del terminal de buses –barrio peligroso, maltrecho, hostil, maloliente, estamos de acuerdo, nada que ver con las cuadras de nuestros primeros años, ahora vueltas el botín de las constructoras, para perjuicio de las hermosas casonas emplazadas en ellas y beneficio de la rotada con plata, qué le vamos a hacer-, hasta cansarnos de las arremetidas, empujones, codazos y puntapiés de la gentuza. Usted no alegará lo más mínimo, pero yo igual sabré que estos primeros instantes tras la llegada, la tendrán más que podrida y no querré, bajo ninguna circunstancia, que se espante, pare la cola, divina, menudita, morochita, de gacela, y se vaya por donde vino. Nos sentaremos en el patio de comidas de lo más alto del centro comercial, para que consuma cualquier cosa, sin muchas ganas, y yo esperaré, nervioso, haciendo un barquito con la boleta, agrupando las migas como pala mecánica, volcando el vaso de gaseosa sobre la mesa, mencionándole uno que otro escritor publicado por Anagrama y cómo ha crecido nuestra biblioteca virtual desde que se fuera de la ciudad, el momento preciso para hablarle del motivo de su viaje. Logrará, usted, como otras veces, hacerme sentir inseguro, en lucha conmigo mismo, esforzándome por superar trancas, pero, al mismo tiempo, recurriendo a sus propios argumentos para darme aliento: ya no soy el muchachito que dejó sólo, con las manos ocupadas, para hacer su vida en esas lejanías. A modo de referencia, recordaré mis propias visitas a sus campos, caminatas a lo largo de sembrados, junto a la hileras de álamos, dentro de una gruta inexplorada, justo cuando el terrateniente daba vuelta la espalda, sin saber -o queriendo no saber-, confundido por el ruido de la cascada de agua, de nuestras correrías por la hierba, de sus desnudos en el granero, de lecturas compartidas en el regazo, del recordatorio sobre cómo satisfacerse uno mismo sin depender de otro ser humano (por ejemplo, cabalgando sin montura, para sentir ese cosquilleo entre las piernas, según me ha contado, o poniendo terrones de remolacha debajo de su pancita para provocar la lengua del labrador), pero sobre todo de sus dedicados correos, como si me considerase alguien importante en su tan ocupada vida. Le garantizaré, por mi parte, el disfrute a plenitud de su tour fantaseado, contando con los recursos suficientes –pertenecemos a una muy buena familia, nunca lo olvide-, habiendo pedido previamente discreción a los involucrados, que no son muchos, pierda cuidado en eso. 

Aprovechando que estamos en el centro comercial, iremos de compras. Después, usted se probará las prendas adquiridas, frente al espejo de la habitación del hotel. Podré contemplarla en paños menores y ayudarla con la espuma y cremas corporales para quitarse el “olor a bosta”, como usted llama a esos parajes que heredará por derecho propio. La estoy imaginando, prima, ponerse la camisa de colleras y el pantalón de tela, cruzarse el cinturón con hebilla, calzar los zapatos brillantes y quedarse pensativa frente al espejo, con su melena fijada al casco por efecto del gel. Aprovecharemos, por supuesto, el frío de la calle para que un abrigo elegante cubra lo poco que vaya quedando de mi prima en usted. Primero de malagana, después algo convencida, más tarde con algo de curiosidad y, finalmente, con evidente entusiasmo, saldremos hasta la esquina, sin importarnos la llovizna cayendo de lado, como cortada con un cedazo, para abordar un taxi que nos conducirá hasta el centro mismo de su anhelo. Verá una calle larguísima, flanqueada por una barrera de cemento que separa la vereda de la autopista (qué gran posibilidad de ser víctimas de un asalto en ese encajonamiento, excitante sin duda, más aún si descubren su camuflaje), con faroles en perspectiva formando una sola línea en diagonal hasta donde alcance la vista -somos un par de cegatones de tanto leer con luz débil y ahora usted continúa haciéndolo con velas y palmatorias-, frente al juego multicolor del neón en toda la cuadra. Ya dentro, en medio de la penumbra, sentados en una mesa, usted optará por lo sano, rozagante y curvo, no necesariamente perfecto, representado en el cuerpo de quien se acercara, diligente, para atendernos (tal como lo dejaré establecido, no se tratará de ninguna novata que vaya a improvisar jueguitos, esto será en serio) y se desaparecerán en la privacidad del fondo. 

Pasado cinco minutos, decidiré intervenir. Me pondré de pie, dejaré atrás los baños y avanzaré hacia una tela de gasa floreada puesta a modo de cortina. Es en esta parte donde surge la interferencia, querida prima. Ciertamente que puedo imaginar más cosas, pero tienen demasiado de mi antojo y, por el contrario, pierden parte importante del suyo. Ayúdeme a recuperarlo, por favor, si entre primos todos se puede, incluso retenerme en sus profundidades ya de regreso en el hotel, entre sábanas suaves, para ponerle punto final a tanta especulación que de gratuita no tiene nada.  








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12 jul. 2016

Scorsese, temblorosa cinefilia

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -. 

De niño, joven, adulto o viejo, Martin Scorsese, siempre nervioso. Tembló en el confesionario al contarle al sacerdote pecados como envidiar la vida apasionante de los gangsters de la cuadra, contemplar las pantorrillas de las liceanas de faldas plisadas que paseaban por Little Italy y masturbarse pensando en ellas bajo las sábanas de su cama. Tembló frente a la pantalla del cine viendo películas extremas en emociones y temperatura corporal para su corta edad, como Ben-Hur y Un verano con Mónica de Ingmar Bergman (con desnudo incluido). Tembló mientras estaba en su cama recuperándose del asma u otra dolencia (que no fueron pocas). O escuchando a sus padres Charles y Catherine (ambos trabajadores de la industria textil) advertirle sobre los peligros de vagar demasiado por las calles, lejos de casa, con tantas pandillas de inmigrantes pululando por todos lados. Al descartar el seminario que lo llevaría al sacerdocio e iniciar estudios de cine en la Universidad de Nueva York. Más tarde, con su hijo pequeño llorando en sus brazos, frustrado de no poder concretar sus planes de consolidarse como autor de una obra personal y única. Por no disponer de recursos para mantener a su familia (el rol de asistente de director, las clases en la universidad y los documentales le daban algo de dinero, pero nunca lo suficiente; por lo que decidió probar suerte en el cine por encargo, a las órdenes de Roger Corman, el maestro del bajo presupuesto). Oyendo embobado a su amigo, el también director de su generación (la del 70), Francis Ford Coppola, cuando le prometía que conquistarían el mundo si persistían detrás de las cámaras. Admirando la obra de su maestro, el forjador del cine alternativo, John Cassavetes, a través de sus películas Shadows y Faces, siendo instado por éste a concretar sus propios proyectos y dejar afuera los ajenos. Mirando con la boca abierta a las aspirantes a actriz desnudas, bañándose o tomando sol, en la mansión de algún productor, una relajada tarde californiana de principios de los setentas. Dando vuelta las hojas de un guión, rayándolas con un bolígrafo, para regresar sobre las mismas, sin convencerse del todo. Instando, tartamudeo mediante, a los discípulos del Actors Studio a improvisar alguna genialidad con la cual alcanzar la gloria (¿Me hablas a mí?). En la sala de edición planificando escenas, tiempos y sonidos. En alguna habitación escogiendo, con los ojos cerrados, una banda sonora específica, recurriendo a su ranking personal, recuerdos de su propia vida, lleno de góspel, rhythm’ and blues y al rock’ n roll. Esnifando cocaína hasta eliminar casi todas las plaquetas de su cuerpo quedando al borde de la muerte, decepcionado del curso que tomaba su carrera, entre farras por París, Roma, Londres, Nueva York, largas hospitalizaciones, sin alcanzar el éxito esperado (al menos eso le decían los productores), con ganas de retirarse para dedicar sus días a realizar documentales sobre santos cristianos. Frente a sus diferentes parejas, siendo cuestionado por su dedicación casi exclusiva  al cine, dejando de lado la vida fuera de las butacas. En el plató, junto a sus actores y técnicos, durante el rodaje de Malas calles, Taxi Driver, Toro Salvaje, El color del dinero, Cabo de miedo, Buenos muchachos, Casino, Pandillas de Nueva York, La isla siniestra, Lobo de Wall Street, por decir algunas. Al momento de la restauración de joyas del Séptimo Arte que se creían perdidas, a la cabeza de una institución dedicada el rescate del patrimonio fílmico mundial (World Cinema Project). En todas y cada unas de ellas, Martin Scorsese, siempre tembloroso.

A medida que envejece, su obra mantiene y aún incrementa los niveles de neurosis. Pese a la llegada del reconocimiento de los estudios y los premios. De la conjunción del respeto del público y la crítica. De la experimentación y el entretenimiento. Lo han catalogado de gran creador de personajes, por sobre el desarrollo de tramas. Atormentados, disconformes, místicos, en plena crisis, al borde de o en plena insania. De diferentes épocas, pero en especial de la ciudad moderna, con alienación, aislamiento y angustia. Una repasada rasante al respecto: el maleante juvenil Johnny Boy intentando ser rescatado por su amigo, Charlie, mientras juega con un arma en lo alto del Empire State. Big Bill Shelly y Boxcar  Bertha, ladrones de trenes vueltos sindicalistas revolucionarios. El taxista y veterano de guerra, Travis Bickle, apelando a su propio código justiciero, mesiánico y fascista. Jake La Motta, boxeador troglodita, regente de un club nocturno, dinosaurio en pleno derrumbe. El psicótico cuenta-chistes Rupert Pupkin raptando a su ídolo Jerry Langford para que lo incluya como número estelar en su programa. “El Carnicero” Bill Cutting de las cuatro esquinas de Nueva York imponiendo la justicia en su territorio. El desesperado chofer de ambulancia, Frank Pierce, sin poder salvar la vida de sus pasajeros desangrados. Suma y sigue.

Decenas de colaboradores le han permitido a Scorsese plasmar sus obsesiones tras las cámaras, con o sin el apoyo de los grandes estudios. Casi siempre saliendo victorioso. Colaboradores de largas temporadas como Robert De Niro, Harvy Keitel, Leonardo Di Caprio, Joe Pesci, Victor Argo (actores), Paul Schrader (guionista), Barbara De Fina (ex esposa y productora), Thelma Schoonmaker (montajista). Colaboradores de (gran y única) ocasión como los actores David Carradine, Ray Liotta, Nicolas Cage, Jack Nicholson, Ellen Burstyn, Daniel Day-Lewis, Paul Newman. Siempre, aunque se trate de sus creaciones más débiles, Scorsese se las ingeniará para hacer sus tomas peculiares, de cortes intempestivos, de cámara lenta, saltos temporales, fusión perfecta de imagen y sonido. Y con ello concretar su ya indiscutida contribución a la historia del cine, pero no uno cualquiera. Un cine personal, neurótico, existencialista, fármaco-dependiente y de raíces cristianas. El cine de Martin Scorsese.   
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10 jun. 2016

George Reeves: la vida como sala de espera

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .-


Si nuestros planes están lejos de la realidad, ¿qué hacer mientras tanto? El actor George Reeves, al parecer, lo tenía claro. Y si no, al menos procedió como tal. Mientras esperaba el ofrecimiento de su vida de parte de los grandes estudios cinematográficos, trabajó interpretando a Superman/Clark Kent para un programa de la naciente televisión de Estados Unidos, a inicios de los cincuenta. Asumiendo que su participación en la Segunda Guerra Mundial había interrumpido su carrera (contaba con un rol secundario en “Lo que el viento se llevó”, además de actuaciones en películas de aventuras, bélicas y westerns, en su mayoría de bajo presupuesto, más la promesa de un papel importante en el próximo proyecto de un veterano director que falleciera antes de poder llevarlo a cabo), apostó por la paciencia como aliada. Aunque le parecía un tanto ridículo calzarse el trajecito con la letra ese de insignia, cinturón brillante, calzón a la vista y capa –vestimentas que ni siquiera tenían los colores originales del personaje del cómic, ya que la emisión era en blanco y negro-, de todos modos George Reeves se esmeró en interpretar al paladín de Metrópoli de la mejor manera posible. Más aún cuando el programa “Las aventuras de Superman” se convirtió en todo un fenómeno comercial, liderando el horario destinado a la programación para la familia, con una importante marca de cereales de auspiciador, hechos que volvieron al actor una celebridad reconocida por el público.

Siempre que podía, Reeves les daba en el gusto a sus fanáticos: se ponía los brazos “en jarra” y levantaba la mano para saludar al estilo de Superman (fueron contadas las ocasiones en que confesó que el asunto lo fastidiaba), desatando la locura entre los niños y sus padres (sí, los padres, los mismos que, en el futuro, lo estancarían como la versión de carne y hueso del personaje de la DC Comics, obligando a los estudios a cortar sus escenas en la película “De aquí a la eternidad” para evitar que corearan desde las butacas de los cines la clásica presentación: más rápido que una bala, más potente que una locomotora…). Si para darse ánimo en esta espera, debía apoyarse en tragos de whisky matutinos de su petaca dentro de su camarín, George Reeves lo haría. Si debía dejar el tabaco -o al menos degustarlo en privado como el alcohol- pues un superhéroe no fumaba, lo haría. Si debía calzarse el traje (ahora sí con los colores originales) para absurdas presentaciones en vivo y enfrentar a cuatreros del oeste que le significaban más dinero que el sueldo recibido en la misma serie, lo haría. Si debía prestar su imagen para alguna campaña de recolección de impuesto y uso de estampillas, lo haría. Si debía defender con su influencia la persecución paranoica del macartismo a un colega acusado de comunista, lo haría. Si debía reclamar la repartición equitativa de los sueldos entre todo el equipo, haciendo a un lado su condición de "estrella", lo haría. Si debía lanzar chistes de doble sentido para aligerar el ambiente de las grabaciones, con efectos especiales que fallaban y libretos defectuosos, lo haría. Claro, hasta que la paciencia se le agotó (o pareció agotarse) y creyó ser capaz de tomar las riendas de su destino. Si las grandes interpretaciones no llegaban, tal vez dirigiendo y produciendo su propia serie de televisión, le iría mejor. Pero, como siempre, nada fue definitivo para Reeves. Dejó, regresó y volvió a dejar el programa que le había granjeado su particular fama (una fama que, en cierta forma, jamás logró comprender ni menos valorar), mientras la televisión mutaba del blanco y negro al color y adquiría más importancia como negocio en la industria cultural. 

¿Dónde radicaba el problema que le impedía a Reeves dar ese paso decisivo hacia adelante? En este permanente intento, las puertas siempre se le cerraban y las negativas se sumaban, como si su única misión en la vida fuera interpretar al Hombre de Acero. Reeves sospechaba que había alguien detrás de todo este infortunio. Su ex amante tal vez o el marido de ésta, un magnate – mafioso de la Metro Goldwyn Mayer. En este ir y venir, entre defender sus propias ideas y volver a vestir el traje de hijo de Kriptón por una temporada más, lo sorprendió la muerte producto de un disparo –cuyo origen aún no está aclarado- en su departamento. 


La película “Hollywoodland” (2006, dirigida por Allen Coulter) hace suya esta tesis del complot. Protagonizada de manera certera, creativa y entrañable por Ben Affleck en el rol de George Reeves, la trama agota todas y cada una de las posibilidades sobre la muerte del actor. ¿Crimen pasional? ¿Ajuste de cuentas? ¿Suicidio? ¿Accidente? ¿Todas a la vez? El detective privado Lou Simo (Adrien Brody), primero por dinero y después por desafío personal, se adentra en el mundo subterráneo de las luminarias del espectáculo, de sus secretos, bajezas, vicios y delitos, con el correspondiente deterioro físico y emocional de su propia vida, coincidente con el lazo fraterno que comenzó a unirlo al actor una vez que contempló su cadáver en la morgue. Sonreír y ser generoso en medio de la cloaca, volvía a Reeves mejor que muchos que aún gozaban de la vida, parece ser la conclusión de Simo - Brody. “Hollywoodland” es una honda reflexión respecto a lo que hacemos con nuestra vida mientras los planes -lejanos, descabellados, grandilocuentes, altruistas- se materializan o se hacen humo. Reeves - Affleck supo qué hacer en ese intermezzo. Calzarse un traje de superhéroe para llevar alegría a los corazones de los niños y ser motivo de risa de sus padres cerveceros, crueles y americanos; abuelos, tal vez, de los votantes de Donald Trump.




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5 jun. 2016

Agobiados de presentes

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.


Hemos visto, a instancias mías y con el asentimiento de Galia, por segunda vez la película de Woody Allen “Medianoche en París” (2011). Aun a riesgo de que en el futuro este dulce acuerdo se convierta en una acusación de troglodita impositivo, de todos modos mantuve la decisión de repetir la espera en la fila junto a la compra de palomitas de maíz, antes de ocupar un asiento y dejarme llevar por las imágenes de antología del cineasta de gafas, con la cabeza de Galia posada sobre mi hombro. Sin embargo, ni siquiera esta cercanía me sirvió para conocer lo que de verdad pasaba dentro de ella.

Aunque descreo que un libro, una película o una canción pueda cambiar la vida de alguien, pues el efecto de ensoñación dura apenas un instante -más breve o más largo, pero siempre un instante-, al menos esta cinta me provocó cosquillas debajo del sombrero. La historia de Gil Pender (Owen Wilson), aspirante a escritor y guionista de oficio, que siente renacer su vocación literaria durante una visita a París ante la incomprensión de su novia Inez (Rachel McAdams), la perplejidad de sus suegros (Kurt Fuller y Mimi Kennedy) y la intromisión Paul Bates (Michael Sheen), un pedante intragable, logra tocar las fibras de quienes se dedican a juntar letras, palabras y frases.

Imagino a tanto escribidor elucubrando con lo que dirían de su propia obra los autores clásicos (Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald y Gertrude Stein), esos que fueron los inspiradores de su vocación literaria y que ahora son tumulto dentro del panteón. O acceder, en vivo y en directo, aunque sea por sólo un instante, al origen de esos universos creadores y compartir las pellejerías de su tiempo como si fueran propias.

Cuántos, al igual que Pender, se han sentido ajenos a la época que les ha tocado vivir, ahogados de un presente intragable pero, al mismo tiempo, hambrientos de un pasado que al conocerlo sólo de referencias –en su mayoría literarias y, por cierto, distorsionadas- se proyecta como maravilloso.

Claro que la identificación con Gil Pender no impide percatarse de ciertas diferencias, como por ejemplo, que su novia sí tiene interés en leer el borrador de su novela sobre un personaje que posee una tienda de juguetes antiguos. Pender escribe guiones de películas para Hollywood y yo ni siquiera lo hago para los culebrones. Por lo general, escucho con suma atención las opiniones de los pedantes –aquellos que Galia tiende a mirar obnubilada y con su boquita sin cerrar- para acabar torturándome ante el futuro que se avecina.

Tampoco he viajado a París, sino sólo a Buenos Aires, con Galia y un amigo de ella al que sólo le faltó instalarse dentro de nuestra pieza de hotel para planificar el itinerario del día siguiente (si es que no lo hizo durante mis paseos solitarios por la plaza Roberto Arlt y en ese punto vienen las coincidencias con Pender).

Si soy sincero, mucho antes de la película de Woody Allen recibí una poderosa lección respecto de la inutilidad de vivir añorando una época pretérita y desconocida. Fue en voz de un taxista de edad avanzada cuyo automóvil abordamos con Galia en la Alameda Bernardo O`Higgins. No recuerdo cómo salió el tema del Santiago de Chile de hace décadas, con tranvías, carruajes, trenes y cacharritos circulando por sus angostas calles, además de casas de adobe, negocios de esquinas, aire puro, vida tranquila.

Le comenté a Galia, con la idea de impresionarla, que me habría encantado nacer en esa época y no en ésta, con una ciudad tan sombría y banal. Galia me replicaba con el tema de las comodidades, los amigos y yo pensaba en su plancha de pelo, los happy hour y su facebook.

El taxista nos interrumpió para decirnos que no estaba de acuerdo conmigo. Él había vivido su infancia en esa ciudad en blanco y negro y su recuerdo era distinto a mi ensoñación. “¿Sabe usted a lo que olía Santiago antes de la llegada del smog? A excremento. Sí, amigo, todas las calles estaban pasadas a excremento. Las familias tenían uno o más caballos y los guardaban en las entradas de las casas. Así que imagínese el olorcito en las calles y en los comedores”.

Dejé a Galia en el departamento y salí, al igual que Gil Pender, a caminar por la ciudad. A diferencia de él, pasada la medianoche no me topé con mis autores de cabecera, sino sólo con peatones desconocidos, basureros tumbados, bocinazos y baches en el cemento.




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1 jun. 2016

Descargos de un insecto

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -. 

Si por último hubiera escuchado de Peter un “hazte cargo de Campanita”, “preocúpate de ella mientras yo soluciono mis problemas”, “los límites son éstos y no cruces más allá”, yo tendría mucho más claro el sentimiento de culpa, vergüenza y arrepentimiento con que carga mi consciencia (imagínense, yo, que trabajo con la consciencia de los demás, ahora con la mía en reparaciones… ¿qué hago mientras tanto?). Pero por más que le doy vueltas al asunto, sólo recuerdo el comentario de Peter a la pasada y su risa socarrona, esa que saca a relucir cuando sabe que no es visto por niños, padres ni el tío Walt, sino sólo por su mejor amigo: “Campanita es de temer”.

Demasiado escueta la respuesta para un problema de tanta envergadura, según mi parecer.

2.

Hasta el momento del enredo aquel, sólo había conocido las virtudes de Campanita de oídas, con intermediarios y decenas de testigos: un toque por aquí, un arreglo por allá, todo con gracia y estilo. Campanita era la chica que nuestro mundo colorido pero estático necesitaba y el nexo con ella y su arte fue siempre Peter Pan.

Quien lo pusiera en duda era un simple ser humano o no pasó de la tinta china al color sino directo al tacho de la basura.

De vez en cuando, me llegaban los guiños y buenas vibras de Campanita desde unos engañosos metros de distancia o por los comentarios del propio Peter (es mi mejor amigo, así que no descarto que los exagerara para hacerme sentir bien). Esto hizo que me creyera parte del mundo que ambos habían construido palabra tras palabra, caricia tras caricia, divagación tras divagación, vuelo correteado tras otro. Dos almas perdidas en este mundo de colores, donde jamás necesitaron un tercero pequeñajo, ojudo, verde, de frac y más encima de otra historia (esto de creerse, de vez en cuando personaje protagónico, es un síndrome que nos afecta a muchos y que la ciencia animada aún no ha logrado solucionar).

Por eso me sorprendí cuando supe que mi amigo había emprendido un viaje a Nunca Jamás con la buena de Wendy, sin informarle a nadie de este desliz.

¿Digo desliz? Recapitulo: algo completamente normal después de tantos años de convivencia y con dos miniaturas -Peter y Wendy juniors- dando vueltas y brincos por todos lados y que me han convertido en su tío animado predilecto (esfuerzos por caerles en gracia hago muchos, no lo niego: uno necesita ser valorado por otros pequeños, además de un muñeco de madera que repite y repite palabras hasta la saciedad). Más bien la sorpresa estuvo para mí en la pena sin fondo que divisé en los ojos de Campanita y que me significaron varios días de paciente escucha hasta armar completo el puzle de lo que no debió pasar.

Sí, lo reafirmo. Aún creo que ella buscó consuelo en mí. Lanzó sus señales de S.O.S. con sus alitas por los aires y sus chispas de artificio cayendo como lágrimas. También con mensajes dentro de la botella en medio del mar de agua dulce de nuestro mundo, teniéndome a mí como destinatario en la isla desierta donde acostumbro a pasar los fines de semana y feriados. Por más que intento, no logro recordar a otro personaje –protagónico o secundario- vagando en los alrededores que pudiera ser un posible receptor de los llamados de la varita mágica de Campanita. Que yo los recibiera tampoco debe extrañar: vivo en permanente estado de alerta hacia los problemas de los demás para lanzar consejos añejos y un tanto moralista a quienes los quieran oír.

Primero escuché, luego consolé. Canté las dos notas que todos los grillos producimos cuando queremos mostrar nuestras gracias. Después fui su controlador de vuelo, su somnífero para alcanzar el sueño en tierra firme y, de vez en cuando, la cinta magnetofónica para registrar sus monólogos sobre Peter, que incluían ensoñación, rabia y pena.


3.

Nunca se me pasó por la mente suplirlo. Eso habría significado una traición que no está permitida en el mundo del tío Walt. Hace mucho tiempo dejé de imitarlo en silencio frente al espejo y ahora me limito a admirarlo en todos esos actos de arrojo en contra del mal que guarda como patrimonio debajo de su gorra y su traje de lino verde. A lo más me limité a emitir un par de palabras de acompañamiento, opiniones débiles, temerosas de calumniarlo pero que reconfortaran a Campanita.

Sin embargo, no me conformé con llegar hasta ahí. Dado que veía que las cosas no estaban yendo por el carril adecuado, traté de ubicar a Peter por radio, señales de humo o telepatía. Pero si no era Wendy quien atendía (puedo ser medio tontorrón pero no chismoso), era la interferencia de una tormenta eléctrica o el apuro del mismo Peter por su sesión de esgrima con el Capitán Garfio.

Dado que mi amigo no acusó recibo, continué siendo yo mismo, el Pepe Grillo de capirote, bueno para aconsejar al resto -no a sí mismo-, recordando con voz aguda lo vivido por Pinocho y Geppetto dentro de una Ballena. (La pena y el abandono de Campanita serían algo así como estar dentro del estómago de una Ballena. Comparación bastante estúpida, pero que a veces resulta.)

Al principio, Campanita se mostraba dichosa, sonreía, gozaba, pero de vez en cuando volvía a llorar por Peter. Cuando me desaparecía por motivos laborales, insistía con decenas de mensajes dentro de botellas que me hacían pensar en lo importante que había llegado a ser para ella. Más bien en la importancia de mis seudo parábolas y mis cantos de dos notas. Por lo visto, estas herramientas estaban surtiendo efecto en su felicidad, aunque fuera de manera subliminal, lo que ya era mucho para un personaje de poca monta como yo.

Tanto gozo me hizo meter la pata y la mía es enorme (nunca he comprendido por qué el tío Walt y sus ayudantes me dibujan así). Le propuse a Campanita ir más allá de la candidez. Que me dejara cantar sin este horrendo frac que llevo encima y que ella hiciese lo mismo con su vestido verde y alas. Los dos despojados de todo a la luz de la luna, aquella de cartón piedra que forma parte del decorado de una película que aún no se estrena ni se estrenará nunca jamás. Sin molestarse demasiado, más bien recuperando su fría tristeza, Campanita me recordó su compromiso con Peter Pan de por vida. Aunque él se haya ido con Wendy sin avisarle, no lo traicionaría con nadie, menos con un insecto bien vestido, pero insecto al fin y al cabo.

Me quedó claro que siempre seguiré siendo Pepe Grillo. Y cuando recupere mi consciencia, si no me hago cargo de ese escuincle mentiroso de Pinocho, tendré que hacerlo con otros peores.
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7 may. 2016

Spinetta, fecundidad paranormal

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .-

Gusto de longevos, de aporreados y buceadores. Luis Alberto Spinetta se descubre pasado las doce. Creador incontinente, algo mecánico, reactivo, de flechas apuntando a cualquier lado del infinito (lo importante es la trayectoria, no donde se estrellen). Componer, ensayar, tocar y vuelta a empezar mientras haya vida. Sólo o con quien se encuentre en el camino (y le siga el ritmo). Intentando conjugar obra personal y obra ajena. No sólo musical, también literaria, esotérica, sociológica, astronómica y filosófica. Nada de copias, adaptaciones o traducciones. Inspirarse, más bien, para entregar algo nuevo, consignar los caminos confluidos y revelar la más mínima contradicción. Allá ellos que aquí estoy yo, parecía decirnos. Un tipo de costumbres paranormales: hablar en tercera persona, armar y desarmar bandas, cantar como si le hubiesen apretado un testículo con la puerta (capaz de dedicarle una bella canción al recién nacido de su ex amante fruto de una relación con otro hombre), nave nodriza para una constelación de spinettitos que le sobaban los talones. Emprender entusiasmado una colaboración –compositiva o interpretativa- para acabar peleando con la contraparte, pero reconociendo de lejitos el valioso aporte recibido. Exigiendo que el público, la prensa y los pares interpretasen de manera correcta su música (que transitó desde el rock al pop, la psicodelia, el blues, el jazz, la electrónica, el tango y hasta el folk) porque sus mensajes eran en serio. Si dependiera de él, habría entregado un manual que descifrara sus pasos para cada uno de nosotros, no nos fuésemos a perder en el intento (sus ensayos, más laberínticos que borrador de Lezama Lima mezclados con Juan Emar). Spinetta literal, interpretativo, aprendizaje controlado de parte de este académico de la universidad del rock and roll. Si la etiquetación de los pupilos era incorrecta, cara larga de dos metros, desprecio, pataleta mayúscula, gritos histéricos, temporal de largo aliento y la calma con una nueva idea a concretar. Siempre hay un disco perdido, inédito o menos difundido que falte para declararse entendido en la materia. De lo degustado hasta ahora, una obra de la reputa madre: Artaud de 1973. Sírvanse, por favor.     






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