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17 ene. 2017

Scorsese, temblorosa cinefilia

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

De niño, joven, adulto o viejo, Martin Scorsese, siempre nervioso. Tembló en el confesionario al contarle al sacerdote pecados como envidiar la vida apasionante de los gangsters de la cuadra, contemplar las pantorrillas de las liceanas de faldas plisadas que paseaban por Little Italy y masturbarse pensando en ellas bajo las sábanas de su cama. Tembló frente a la pantalla del cine viendo películas extremas en emociones y temperatura corporal para su corta edad, como Ben-Hur y Un verano con Mónica de Ingmar Bergman (con desnudo incluido). Tembló mientras estaba en su cama recuperándose del asma u otra dolencia (que no fueron pocas). O escuchando a sus padres Charles y Catherine (ambos trabajadores de la industria textil) advertirle sobre los peligros de vagar demasiado por las calles, lejos de casa, con tantas pandillas de inmigrantes pululando por todos lados. Al descartar el seminario que lo llevaría al sacerdocio e iniciar estudios de cine en la Universidad de Nueva York. Más tarde, con su hijo pequeño llorando en sus brazos, frustrado de no poder concretar sus planes de consolidarse como autor de una obra personal y única. Por no disponer de recursos para mantener a su familia (el rol de asistente de director, las clases en la universidad y los documentales le daban algo de dinero, pero nunca lo suficiente; por lo que decidió probar suerte en el cine por encargo, a las órdenes de Roger Corman, el maestro del bajo presupuesto). Oyendo embobado a su amigo, el también director de su generación (la del 70), Francis Ford Coppola, cuando le prometía que conquistarían el mundo si persistían detrás de las cámaras. Admirando la obra de su maestro, el forjador del cine alternativo, John Cassavetes, a través de sus películas Shadows y Faces, siendo instado por éste a concretar sus propios proyectos y dejar afuera los ajenos. Mirando con la boca abierta a las aspirantes a actriz desnudas, bañándose o tomando sol, en la mansión de algún productor, una relajada tarde californiana de principios de los setentas. Dando vuelta las hojas de un guion, rayándolas con un bolígrafo, para regresar sobre las mismas, sin convencerse del todo. Instando, tartamudeo mediante, a los discípulos del Actors Studio a improvisar alguna genialidad con la cual alcanzar la gloria (¿Me hablas a mí?). En la sala de edición planificando escenas, tiempos y sonidos. En alguna habitación escogiendo, con los ojos cerrados, una banda sonora específica, recurriendo a su ranking personal, recuerdos de su propia vida, lleno de góspel, rhythm’ and blues y al rock’ n roll. Esnifando cocaína hasta eliminar casi todas las plaquetas de su cuerpo quedando al borde de la muerte, decepcionado del curso que tomaba su carrera, entre farras por París, Roma, Londres, Nueva York, largas hospitalizaciones, sin alcanzar el éxito esperado (al menos eso le decían los productores), con ganas de retirarse para dedicar sus días a realizar documentales sobre santos cristianos. Frente a sus diferentes parejas, siendo cuestionado por su dedicación casi exclusiva al cine, dejando de lado la vida fuera de las butacas. En el plató, junto a sus actores y técnicos, durante el rodaje de Malas calles, Taxi Driver, Toro Salvaje, El color del dinero, Cabo de miedo, Buenos muchachos, Casino, Pandillas de Nueva York, La isla siniestra, Lobo de Wall Street, por decir algunas. Al momento de la restauración de joyas del Séptimo Arte que se creían perdidas, a la cabeza de una institución dedicada el rescate del patrimonio fílmico mundial (World Cinema Project). En todas y cada unas de ellas, Martin Scorsese, siempre tembloroso.

A medida que envejece, su obra mantiene y aún incrementa los niveles de neurosis. Pese a la llegada del reconocimiento de los estudios y los premios. De la conjunción del respeto del público y la crítica. De la experimentación y el entretenimiento. Lo han catalogado de gran creador de personajes, por sobre el desarrollo de tramas. Atormentados, disconformes, místicos, en plena crisis, al borde de o en plena insania. De diferentes épocas, pero en especial de la ciudad moderna, con alienación, aislamiento y angustia. Una repasada rasante al respecto: el maleante juvenil Johnny Boy intentando ser rescatado por su amigo, Charlie, mientras juega con un arma en lo alto del Empire State. Big Bill Shelly y Boxcar Bertha, ladrones de trenes vueltos sindicalistas revolucionarios. El taxista y veterano de guerra, Travis Bickle, apelando a su propio código justiciero, mesiánico y fascista. Jake La Motta, boxeador troglodita, regente de un club nocturno, dinosaurio en pleno derrumbe. El psicótico cuenta-chistes Rupert Pupkin raptando a su ídolo Jerry Langford para que lo incluya como número estelar en su programa. “El Carnicero” Bill Cutting de las cuatro esquinas de Nueva York imponiendo la justicia en su territorio. El desesperado chofer de ambulancia, Frank Pierce, sin poder salvar la vida de sus pasajeros desangrados. Suma y sigue.

Decenas de colaboradores le han permitido a Scorsese plasmar sus obsesiones tras las cámaras, con o sin el apoyo de los grandes estudios. Casi siempre saliendo victorioso. Colaboradores de largas temporadas como Robert De Niro, Harvy Keitel, Leonardo Di Caprio, Joe Pesci, Victor Argo (actores), Paul Schrader (guionista), Barbara De Fina (ex esposa y productora), Thelma Schoonmaker (montajista). Colaboradores de (gran y única) ocasión como los actores David Carradine, Ray Liotta, Nicolas Cage, Jack Nicholson, Ellen Burstyn, Daniel Day-Lewis, Paul Newman. Siempre, aunque se trate de sus creaciones más débiles, Scorsese se las ingeniará para hacer sus tomas peculiares, de cortes intempestivos, de cámara lenta, saltos temporales, fusión perfecta de imagen y sonido. Y con ello concretar su ya indiscutida contribución a la historia del cine, pero no uno cualquiera. Un cine personal, neurótico, existencialista, fármaco-dependiente y de raíces cristianas. El cine de Martin Scorsese.
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29 dic. 2016

Luna azul en tus ojos



CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

El escritor David Chase sale del supermercado –última parada antes de iniciar la marcha a Nueva Jersey- cargando en sus manos dos bolsas de papel llenas de víveres. Junto a las cajas de leche descremada, café y cereales, está el disco compacto “Exile On Colhardbour Lane” del grupo Alabama 3 (al encontrarlo en una canasta de liquidación junto a producciones musicales desechables, pensó en un error de los reponedores, pues se trataba de un álbum de ese año y de los buenos. Ni por un segundo dudó en comprarlo). Mientras deja con dificultad las compras en el portamaleta, el disco resbala de su mano. A pesar del plástico protector, la caja se hace mil pedazos en el pavimento. Chase recoge los restos y revisa su interior. A contraluz, el producto le parece intacto, sin rayones. Piensa en la inmortalidad de los vinilos y en los pocos que rescató de los viejos tiempos, cuando soñaba con convertirse en un Rolling Stone. Con más pelo y adrenalina entonces, admiraba a Keith Richard, maquinador silente, lujurioso y satánico. Jagger, demasiado exhibicionista para su gusto. 

Chase sube a la camioneta. Se cruza el cinturón de seguridad lo más rápido que le permiten sus cinco décadas y fracción. Una de sus manos está ocupada con el disco compacto. Se considera una persona ágil. Ha llevado una vida templada, con una depresión bajo control con fármacos de los duros. Una persona ágil, se vuelve a decir a sí mismo. A pesar de que la vida es más soportable con buena música -he ahí una de sus máximas-, agradece no ser un Rolling Stone. Le parecen pellejos que respiran, momias con tanques de oxígeno detrás del escenario.

Enciende el motor y la radio, introduce el disco en la ranura y arranca junto a los primeros acordes de la canción “Woke Up This Morning”. Le agrada y le recuerda el estilo de Leonard Cohen. Sin embargo, el vocalista es otro tipo. Larry Love reza la caja del disco que revisa a la pasada, desconcentrándose por unos segundos de la conducción. Sólo unos segundos, mucho menos que el sexo oral que una cachorrita de night club le puede brindar a un mafioso que necesita nuevas sensaciones al volante. La imagen se la sugiere el apodo del vocalista, más propio de un actor porno que de un artista pop. Larry Love canta con un susurro, pero un susurro amenazante. 

Al salir del túnel Lincoln, Chase repara: para conducir hay que tener aplomo, cierta dosis de soberbia y saber hacia dónde uno va. Se lo confirma la letra de “Woke Up This Morning”: “Mamá siempre había dicho que tú eras el elegido. Dijo eres uno en un millón. Tienes que arder para brillar. Pero naciste bajo un mal signo con una luna azul en tus ojos”. La canción –basada en una historia real sobre una mujer que asesina a su amante por los malos tratos recibidos en su vida en común- le recuerda que necesita, con urgencia, un nuevo proyecto televisivo que lo saque del marasmo. Un avión cruza el horizonte como salido desde una de las Torres Gemelas, al otro lado de la bahía, y Chase espera su turno en el peaje. Quién dice que a los sesenta años se está acabado. Aunque la televisión le ha dado reconocimiento con dos seriales y las repeticiones en los canales del cable, todo ese esfuerzo se desvanece dentro de la caja idiota. En cambio el cine y el rock parecen inmortales. Nuevamente piensa en los Rolling Stone y en su paisano Martin Scorsese.

Chase siente como la ruta hacia Nueva Jersey toma la iniciativa. La inspiración no es nada comparado con toda esa realidad cruda, portuaria, mercachifle, desechable y que parece actuar diligente en la confección de lo que será el story line del capítulo piloto: un capo italoamericano de Nueva Jersey, a punto de ser nombrado jefe, es incapaz de soportar la partida de unos patos silvestres que habitaban la piscina de su mansión. Cuando las aves emprenden el vuelo, el capo derrama lagrimones. Algo no andan bien del todo.

Jefe de familia y de Familia. Esposas celosas (propias y ajenas), amantes trepadoras, hijos problemas, hijas brillantes pero juzgadoras, padres inconclusos, madres psicópatas, tíos rencorosos, sobrinos rebeldes, amigos débiles, socios codiciosos y subordinados incompetentes. Todos llenos de recelo, traumas no tratados y cuentas por cobrar. Negocios por los cuales habrá que llegar más tarde a casa. Consumismo extremo en el epílogo infinito de la post Guerra Fría. ¿Dónde quedan los valores?, se preguntará el personaje. Principios de la vieja escuela violados cuándo y por quién menos se lo espera. Una vida cada vez más agobiante. Inclusive para los exitosos, como le dicen sus zalameros soldados. Un exitoso con una luna azul en sus ojos, como dice la canción que sigue sonando en la radio del vehículo.

Este jefe de familia –un cuarentón novato- decide recurrir a una psiquiatra de largas piernas y voz carraspeada que le receta Prozac para soportar este chaparrón. Asume los riesgos de las nuevas leyes que fomentan la delación y que le harán añorar a los personajes interpretados por Gary Cooper en el cine clásico de Hollywood (ahora disponible en devedés). Un hombre a carta cabal, sin depresiones. Y si las tiene, las supera, como el mismo Chase con sus medicamentos. Tipos duros para los cuales la crisis del 29 y la Segunda Guerra Mundial fueron solo un parque de diversiones. Eso dirá su personaje en algún momento de la trama, cuando se refiera a quienes le antecedieron en la dinastía del crimen organizado.

Hora del medicamento, David, no te exaltes, pero necesitas un vaso de agua. Parece que fuera otra rima de “Woke Up This Morning” en su transitar por los locales comerciales de Jersey, una fábrica de cecinas con un puerco publicitario, un restaurante que explota como un volcán y carne fresca de cachorrita para bailar el caño.

El resto de las historias saldrán de ese argumento central. La inspiración serán las canciones de la música popular, sus preferidas. También las de su amigo, el rockero Steven Van Zandt (si logra actuar manteniendo el ceño fruncido e imitando los gruñidos de Al Pacino, podría formar parte de este nuevo clan). Al revés del cine de Scorsese, no serán las escenas las que busquen su símil en la musica; ahora las canciones se traducirán en historias que irán apareciendo, capítulos tras capítulo, en la pantalla chica. ¿Los Padrinos de Coppola? Una sombra de roble gigante que todo lo abarca, lo liquida o lo minimiza desde la raíz. Pero esta vez será diferente, se promete a sí mismo. Ahora Los Padrinos –y todo el séptimo arte inspirado en ellos- se volverán una mísera cita, una mueca frente al espejo, una imitación entre amigos, un producto de merchandising que se encuentra disponible en cualquier tienda con una tarjeta de crédito. Sus nuevos personajes, partiendo por este nuevo capo deprimido, tendrán presente la trilogía de la Paramount de la misma manera que nosotros, simples civiles ajenos a la Familia, a través del recuerdo y la valoración, pero sin olvidar que todo eso es fantasía y la vida siempre continúa.

Control total del guión. Un equipo que siga sus indicaciones. Dirección personal y de unos cuantos directores eficientes y leales. Contrario a lo que piensan en las grandes cadenas, la televisión puede quedarse para siempre en las consciencias de los mortales. Como un virus. Como el estribillo de “Satisfaction”, otra vez Los Rolling Stone, o las notas de guitarra eléctrica de “Smoke on the water” de Deep Purple. Más aún si en pleno casting se topa con un genio, un niño gigante que todo lo que toca se vuelve arte: James Gandolfini. Todos esos detalles no le llegan del cielo, sino gracias a esa carretera con escarcha. Donde la caja del disco recién comprado se hizo mil pedazos, pero sin liquidar las melodías de Alabama 3.

Será una creación con visos de comedia, tragedia y epopeya. Aunque eso David Chase aún no lo sabe. Es 1998. Solo conduce con destino a Nueva Jersey mientras la ruta y la música hacen el trabajo por él.

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27 dic. 2016

Propedéutica


De niños huyendo de la vulva. Batracio resbaloso y maloliente; condena de la adultez. Las niñas, en cambio, desde temprana edad, atraídas hacia el penecillo; lo persiguen, espían y dibujan; intercambian sus pesquisas en improvisados foros, ejercitan su manipulación con objetos instructivos.

Con el tiempo, los niños se resignan al inmisericorde lavado de cerebro impuesto por los reproductores adultos y a fuerza del tenaz asedio de las niñas. El incentivo de los glúteos y los pezones y la promesa de una proverbial succión hacen que la vulva sea aceptada como un mal menor, en cuyo uso algunos incluso fingen ser expertos. La inmensa mayoría nunca la ha mirado de cerca y darían las llaves del reino con tal de saber dónde empieza y para qué sirve ese pene rudimentario, de nombre esdrújulo, que suena a griego.

Según antiguos chamanes y galenos, el culto fálico imaginario explicaría por qué cuando una pre-púber llega a conocer el pene de manera imprevista ya no tiene lugar en su mente para otra cosa que no sea la posesión de ese objeto. Contrario sensu, los niños que ven por accidente una vulva tienen pesadillas y ataques de pánico que sólo son aliviados cuando sienten su propio pene a salvo de los dientes o tijeras de las hembras.

Un santo refirió la adicción como "eso que no se cura sino con la presencia y la figura".

II

Conozco un caso: educación básica completa, 14 años con suerte, caucásica, pelo castaño, pecas, Machalí, VI Región de Chile, fines de la década del 90, seducida por un zángano de 28 años, brecha generacional irrelevante, discernimiento y consentimiento en regla.

Él: no más de 1. 65 cm, nariz irregular, dientes disparejos, pelo hirsuto, barba rala, ligero estrabismo en un ojo.

¿Cómo se hizo el dechado? No es sabido con certeza. Sólo que ella era afamada por su rostro de muñeca, su talle modélico, cintura de avispa, glúteos de calabaza, pezones de frutilla sobre senos de durazno conservero.

Cuando el sátiro logró penetrarla una vez, ya dispuso de ella a su antojo. Se les veía en cualquier sitio, casi siempre inoportuno, con ella colgada de su cuello y amarrada a sus caderas por las piernas en posición de coala, frotando su ingle contra el bulto endurecido del pantalón vaquero.

Debido a la precocidad de la manceba y la madurez del tunante, intervino el consejo de ancianos de la tribu, la iglesia protestante del distrito, las nobles familias, el colegio y los profetas.

Aunque todos coincidían en la heterosexualidad es intocable, es necesario exagerar un tanto. Cabe consignar que la ley mantuvo prudente distancia.

Se resolvió apartar a la doncella y poner al seductor bajo amenaza. Pero ella se escapaba a todas horas; irrumpía de noche por los patios hasta el cuarto de tablas de su semental o escapaban en bicicletas hurtadas como una versión rural y miserable de Bonny and Clyde, pidiendo asilo en otras casas donde los pacientes auxiliadores relatan los alarmantes ruidos de la cópula durante 3 o 4 veces por noche, sólo interrumpidos por sueño ligero y respiraciones agitadas que hacía pensar en seres recién fugados de un campo de exterminio.

Así las cosas, se optó por encerrar a la muchacha en una pieza asegurada con aldabas y listones a fin de que la soledad la ayudara a recordar (aunque no había recuerdo disponible) que la vida es algo más que el orgasmo, que los adultos adiestran a los niños para el sexo opuesto con toda clase de juegos y doctrinas, pero que no había que tomárselo tan en serio.

Con el correr de los días, la muchacha comenzó a clavarse las uñas, proferir berridos, somatizar flagelos, arañar las paredes y entresacarse el pelo a madejas. Algunos propusieron exorcismo. Rompió sus vestidos y revolvió los muebles, azotó objetos en los muros, se lanzó a patadas contra puertas y ventanas con tácticas de artes marciales.

Luego de roto un vidrio, escalado un muro corrió hasta el refugio del gandul burlando los obstáculos como en una yincana, se abalanzó sobre él, desabrochó su cinturón, descubrió su entrepierna y se montó consumando la cópula vernácula con un profundo gemido de alivio. A medida que el falo se introducía en ella, su rostro se fue distendiendo desde un estado arenoso a un estado cerúleo, sus heridas cicatrizaron, sus pústulas desaparecieron, sus gruñidos fueron dando paso a lánguidos suspiros y su rostro se volvió tan angelical como la Virgen María en un retablo.

(Cuento ancestral de autor ano-nimo y tradición oral recogido en la zona central de Chile)

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9 sept. 2016

Acerca del relato "Patos borrachos" de Jorge Muzam



PABLO MENDIETA PAZ-.

“Patos borrachos” es un preciso escrito para detenerse a explorar muy brevemente la prosa del escritor e historiador chileno Jorge Muzam. La lectura de cada frase, de cada palabra, no nos permite quedar solo tibios ante un estilo de mármol de aquello que narra. No es posible. Es más. Quizás lo mayormente vistoso y sugerente sea que, en lo formal, Jorge Muzam alumbre sus escritos –este en particular- con una singular policromía, pues así como compone, ordena, coloca con método y disposición su narrativa, así mismo trasmite una plétora de sentimientos, sensaciones e impresiones que delata una exquisita actitud lírica, una carga poética que, deliberada o no, se aproxima a un carácter rebosante de simbolismo que atrae macizamente. Este es su arte, como el de un músico, que no solo expresa ideas y formas, sino sentimientos y colores. Precisamente ahí está lo esencial en toda la obra de Jorge Muzam: o el aliento poético arrincona al propósito de narrar, o, en otros momentos, el relato lo sobrepasa. Esta sugestiva ambigüedad, muy propia de un Cortázar de cronopios y famas, o de un iluminado y vasto Rimbaud, es el manantial inagotable en la literatura de este extraordinario autor. Cercano a Bolivia, Jorge Muzam no ahorra alabanzas por las cualidades literarias de autores nacionales, en especial de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, de quien dice ser un nombre mayor de la literatura hispana; como nombre mayor ya lo es Jorge Muzam.

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Patos borrachos 

JORGE MUZAM

“El verano se sigue destiñendo en amarillos pálidos. Indisciplinados patos salvajes vuelan río arriba. Parecen perdidos tras una gran resaca. Escudriño las piedras. Palpo sus cavidades, su tersura, su desgaste de milenios. Hay verdes que parecen esmeraldas, lapislázulis probables y dorados engañosos que habrían deslumbrado a piratas ignorantes. Invento sentidos a las aleaciones ígneas, algún lenguaje encriptado. Sólo para perder el tiempo, porque de cualquier forma no hay cómo ganarlo. El resto es cielo azul, aire tibio, murmullo de brisa entre los coigües y recuerdos detonados como bombas atómicas. Es un abrumador presente. Los patos borrachos ahora vuelan río abajo. Siguen sin encontrar su nido.”


http://cuadernosdelaira.blogspot.cl/2014/01/patos-borrachos-cuadernos-de-san-fabian.html?spref=fb

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21 ago. 2016

La poesía no se inventa (entrevista al poeta Claudio Bertoni)

JUAN PABLO JIMÉNEZ -.
 
JP: ¿Aló?...

Claudio Bertoni: Sí… ¿con quién?...

JP: Con bla bla bla soy periodista y bla bla bla…

CB: Ah…

JP: La UTalca lanzó recientemente tu libro “Que culpa tengo yo”, compilado de poesía tuya. Entre paréntesis, yo te leo hace mucho y bla bla bla…

CB: Llámame y me avisas que me vas a enviar las preguntas. No tengo internet así que de esa manera me preparo para conseguir un sitio con internet y te respondo.

(Pasan algunos días. Llamada de aviso de rigor. Correo. Comienzo como calcetinera contándole al poeta y fotógrafo chileno que hace tiempo que lo leo. Leo el mail y eso parece no interesarle. Aquí van las preguntas con sus respectivas respuestas).

¿Cómo nace este proyecto de que te publiquen en la UTalca?
 “Marcela Albornoz –directora de la Editorial Universitaria de la UTalca– me pidió hacer un libro con la universidad. Le propuse una antología y le pareció bien. Hablamos de honorarios. Eso fue todo”.

¿De qué manera trabajaste para compilar los poemas y hacer la antología? 

“Fui leyendo algunos de mis libros y dejando los poemas que me parecían bien (He publicado más de un poema que ahora no me parece bien). No me di cuenta que el libro quedaría tan grande”.

Tú hablas, a partir de las cosas simples y cotidianas que nos ocurren cualquier día, de cosas inmensas, como el amor, la muerte, Dios. “Es que las cosas inmensas de las que hablas: la muerte, el amor, Dios, la vida, están encarnadas –día tras día– en las que tú llamas ‘las cosas simples’”.
Algunos dicen que el rock & roll ha muerto porque ya se ha hecho todo. ¿En la poesía ya se ha hecho todo?

 “No creo que en poesía, ni en nada, se haya hecho todo. Y si así fuera me importaría un pito. La poesía que vale la pena no se escribe para que sea nueva o sorprendente, la poesía no se ‘inventa’, la poesía se escribe por necesidad y como gato de espaldas para defenderse de todas esas cosas inmensas de las que tú hablas: el amor, el dolor, etc. y la muerte. Y el rock & roll, by the way, no ha muerto ni morirá jamás, porque el blues no morirá jamás, y el blues es el rock & roll y el rhythm and blues y el jazz y el funk y la música gospel y porque siempre habrá hombres y mujeres con soul que lo practiquen hasta que ya no quede piedra sobre piedra y se nos muera el sol. Es absolutamente imposible que se acaben el blues y la poesía: habría que dejar de sentir”.

(Vuelven a pasar algunos días. El libro de Bertoni es grande y en él muchos de los poemas parecen estar escritos en formatos mínimos. Da lo mismo: hablan de cosas grandes).

En “Que culpa tengo yo” el poeta chileno hace un viaje por algunas de sus creaciones a su juicio más importantes de sus libros. No… tal vez ni tan importantes para él desde el prisma del criterio que utilizó para compilar sus escritos.

Aquí está hablándole a la belleza de una muchacha, a su desgano, a su solitariedad, a lo que ve en la calle, a la vida, a los días, a Dios, a la muerte esquiva, al no creer, al deseo, a la inmensidad oceánica inscrita en las cosas más sencillas.

El libro es gordo y grande. Como una biblia. Uno termina la última página y, como decía Jorge Teillier sobre darse cuenta de que un libro es un buen libro, que te produce la misma sensación que cortarse con una prestobarba, bueno, tuve que ponerme un trocito de papel higiénico en la cara para cortar el flujo de sangre.

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24 nov. 2015

El mundo como acuario

FRANCISCO RAMÍREZ -. 

Vi un acuario.

Vi todas y cada una de las formas de ese acuario, tanto las estáticas como las móviles.

De pronto, no lo observé desde el exterior: estoy dentro.

Soy uno de aquellos peces “brillantes” que le gusta ver a las familias cuando llevan a sus niños a ver los “acuarios” para pasar el “fin de semana”.

Me deslizo entre mis congéneres.

Pasan cosas muy extrañas acá: si sólo contará un 1% de lo que he visto… Pero, no: tenemos un “código” de seguridad entre nosotros. Ante todo, hay que tener cuidado de los “peces carniceros”, a los que la falta de previsión humana pone a menudo ante nosotros: sus evidentes víctimas. Muchas veces me he quedado aterrado viendo como uno de mis compañeros es devorado, violentamente, sin la más mínima contemplación. A veces, ni siquiera les impulsa el hambre y lo hacen para entrenarse: matar a lo más bajo de lo bajo es su “hobbie”.

Nosotros, los (pobres) pececillos vivimos siempre llenos de miedo. Encerrados en este espacio ínfimo, conocemos el terror, y de primera mano: siempre estarán aquellos más fuertes –o que aparentan serlo- buscando aplastarnos.  Por ellos, que yaciéramos en este mismo instante encallados en esta miserable arena que nos espera, pues todos: grandes y poderosos, pobres y débiles, todos nos iremos al fondo de este acuario… pero a ellos les da lo mismo. Su vida ha estado siempre enfocada en el “aquí y el ahora”, tratando de expandir su territorio, posesiones y conquistas. Es muy raro ¿no? Hay consenso universal de que nosotros -las bestias- existimos en una plácida e ignorante falta de toda noción de tiempo. Ello, claro, es lo que han “pensado” y decidido los Hombres: cómo si alguno de ellos hubiese sido un animal alguna vez y pudiese siquiera “entender” de lo que hablan, más allá de su “ciencia” y sus tan infalibles métodos. Su error es mayúsculo: tenemos una comprensión arrolladora, brutal del tiempo. Así, cada uno de nuestros segundos equivale a meses, años, de una vida humana normal. Ciertamente, hay instantes agradables, como cuando desde las alturas caen las coloreadas hojitas de alimentos que nuestros dueños tienen tanta bondad de brindarnos a diario. Pero dado que nuestra vida tiene bastantes pocos placeres y es, por lo general, muy monótona, el tedio a veces alcanza cotas inimaginables: de vez en cuando, más de alguno intenta el suicidio y eso explica ciertas actitudes a todas luces incomprensibles como desgarrarnos la piel contra las rocas o arrojarnos con todas nuestras fuerzas contra los vidrios de nuestros acuarios. Ahora bien, imaginen nuestro sufrimiento casi intolerable cada vez que uno de nuestros eventuales verdugos se acerca a nosotros con la actitud de tener frente a si a una nueva víctima a la que devorar ¡sus ojos demencialmente violentos nos acechan durante lo que a nosotros nos resulta toda una eternidad! ¡Y cada uno de sus movimientos y acercamientos minuciosamente calculados se reflejan una y otra vez y desde diversos ángulos en cada uno de los muros de este infierno en que nos han condenado a para nuestros días! Tal es la razón, quien sabe, por la que muchos perecemos jóvenes, apenas llegada la adultez, desnutridos y con frenéticos ataques autodestructivos para caer –una noche como cualquier otra- muertos sobre la arena en donde, para mayor miseria, nuestro cuerpo será despedazado incluso por nuestros mejores camaradas, quienes -la supervivencia es primero- renunciarán a cualquier comportamiento ético con tal de poder hacerse con un poco de carne fresca. La vida ha de seguir: ¿es posible culparlos?    
  
¿Yo? Sólo me desplazo… Me muevo: eso es todo lo que hago. Nado y respiro. Es un hecho de la causa que no sé hacer mucho más. Bueno, sí, comer, pero eso está dado: como porque debo comer: no hay nada muy brillante en ello. Sin embargo, hay veces en que siento surgir –esa es la palabra- ciertos pensamientos “extraños” en mí.

Nuestros amos: son buena gente y no tengo ningún reproche que hacerles. A veces pasan días y, sencillamente, se les olvida que estamos vivos. Supongo que están dedicados a tareas altamente superiores y que exigen toda su concentración. ¿Cómo van a dedicar su atención a una ínfima caja de vidrio con animales acuáticos que ni siquiera tienen la capacidad de hablar? El mundo tiene su orden y por algo existe: son nuestros amos porque son superiores a nosotros. No hay nada más que decir sobre esto.  

No lo paso nada mal, por cierto. Además, nos llevamos bien entre nosotros. Bromeamos y cada cual tiene su sobrenombre. Nos enamoramos incluso. Copulamos frecuentemente. Y cuando llega alguna camada de recién nacidos, les cuidamos, pero nunca faltan los inadaptados que enloquecen y se ponen a devorarlos, sin el menor miramiento. No ha faltado ocasión en que hemos decidido tomar represalia y hacer un justo linchamiento, pero a veces el “sentido común” nos detiene: ¿y si con esto iniciamos una guerra fratricida que termine por aniquilarnos a todos y haga surgir el caos en nuestro mundo y desestructure toda aquella paz que por tantas generaciones nos ha costado tanto conseguir? No: debemos tratar de controlar nuestro odio. Nuestro futuro –y el de todos aquellos que nos sucederán- depende de ello.

No obstante, a menudo nos ronda el miedo, la acosadora sensación de que en cualquier instante todo –literalmente- se puede “quebrar”, lo que, en nuestro caso, no es otra cosa que la destrucción de nuestro universo.

La gente se pregunta si extrañamos la libertad, si nos complica el “encierro”. No sé de qué hablan. Nunca he conocido más que estos muros de vidrio de 70 x 40 cms.: ese es y ha sido desde que nací mi mundo. ¿Por qué me piden más? ¿Cómo puedo rebelarme si no he conocido más que este reducido acuario en que vivo?

A veces, sin embargo, sueño. Y pienso que hay algo más, un espacio infinito de aguas sin fin en el que los peces son LIBRES y nadan, y nadan, y nadan, sin parar, miles de kilómetros, tanto como quieran.

¿Existe eso?

No lo sé. Es más: nunca lo sabré. Mi existencia nunca podrá expandirse más lejos de mi ubicación y situación actual. Nunca he visto más que todo este triste decorado que me rodea y cuyas únicas modificaciones no pasan más allá del cambio de posición de tal o cual roca, planta o esos ridículos “adornos” que los amos creen, de seguro, muy bellos y reconfortantes. Mi vida social se reduce al reiterado contacto físico con mis congéneres y a intentar frenar mi desagrado –e irremediable decepción- cada vez que veo a esos estúpidos que se acercan a nuestro hogar y nos observan como si hubiésemos llegado de otro planeta. Los humanos no dejan de sorprenderme. Son tan arrogantemente dispersos y preocupados sólo de sus innobles ambiciones que no se han dado cuenta de que han compartido TODA su existencia con bestias como nosotros. En su orgullo infinito han IGNORADO toda forma de vida que no fuera la suya.  Como no. van a pagar muy cara esa actitud: en no más de 100 años se van a arrepentir de lo que han hecho con nosotros. Pero ya no podrán arreglarlo: nuestros cuerpos mutagénicos les provocarán más de un malestar.

Quizás, quizás, quizás… no sean tan perfectos. O inteligentes.

Los límites en el acuario, eso ya lo he dicho, son muy estrechos. En ciertas ocasiones, nuestras aguas huelen a muerte y muchos de los nuestros llegan al fin de sus días de manera indigna, flotando, como cadáveres, inútiles. Hemos hecho algunas asambleas tocando el tema –exaltándonos colectivamente, unos a otros-, llegando a concluir que debemos reclamar por nuestro derecho a una vida más digna, pero pronto nos damos cuenta de la insensatez de nuestro proyecto. ¿Advierten acaso aquellos que nos alimentan DESDE LAS ALTURAS cuando alguno de nosotros HA MUERTO? ¿Les interesa incluso? ¿Sienten algún tipo de “compasión” por nuestro destino? Se trata, en todo caso, de simples preguntas. Sin embargo, lo que nos detuvo fue constatar algo que nos llenó de pavor, un “horror cósmico”, incluso: con sólo sacarnos a la superficie y dejarnos a merced del aire humano… nuestra muerte sería casi inmediata y nuestra agonía tan dolorosa que temblamos todos al mismo tiempo, formando una inusitada formación de cuerpos que se desplazaban sin control, ni sentido. “Las cosas deben seguir tal como están”, concluyó nuestro presidente. Todos, unánimemente, le dimos la razón.

En lo que a mí respecta, me gusta nadar. Tengo pareja y lo pasamos muy bien retozando por ahí, de noche, cuando se apagan las luces. Al fin y al cabo, no somos si no bestias y estamos completamente supeditados a lo que esté establecido para nosotros. Es más: si a nuestros dueños no les place que comamos… ¿qué vamos a hacer? NO COMEMOS. Dependemos del todo de que sean gentiles y nos den algo –por mínimo que parezca- para mantenernos con vida. SIEMPRE MIRAMOS HACIA ARRIBA… Siempre buscamos a quienes estén SOBRE NOSOTROS y tengan la buena voluntad de alimentarnos y hacernos más llevaderos los días.

He visto a tantos amigos luchando desesperadamente por unas hojuelas de alimento y tantas veces advertí su fracaso y frustración. Algunos, los más débiles, más tarde o más temprano, se van al fondo y dejan de respirar. Esta vida es una lucha permanente y si nos enfrentamos unos a otros, día a día, es justamente porque el más fuerte es aquel que vence en esta batalla.


Pero tenemos un código de hierro: “quien ha muerto, muere”. No le haremos ni “despedida” ni homenaje: aquel que compartió con nosotros en tantas jornadas de acuático existir es ahora un simple pez muerto que se descompondrá y desaparecerá entre las aguas: nosotros, tenemos que SEGUIR VIVIENDO.

Y eso hacemos, decididamente, aunque sin mayor plenitud o gloria.

Nadamos, nadamos, nadamos, y seguimos NADANDO.
Ese es nuestro destino: nadar perpetuamente

Pero creo que debe haber algo MAS ALLÁ.

Hay algo (que no alcanzo a definir) en esta vida de los peces que no me deja conforme.

Y lo buscaré hasta encontrarlo, hasta el fin de mis días.

Mientras, seguiré nadando... en este acuario. 


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20 oct. 2015

Sobre "Demasiado yo" de Jorge Muzam

PABLO MENDIETA PAZ -.
No creo haber leído antes tan laborioso retrato personal como el que ha urdido nuestro querido y admirado Jorge Muzam con este redondeado “Demasiado yo”. Hablar de una esencial y exultante soledad circular en que fragua un mundo donde se encuentran todas las cosas que lo preservan en vitalidad pura, en felicidad avizorada ya eterna, es un alegre bosquejo de nota templada, de rasgo antropomórfico ya definido que, en perfecta ubicación central de la esfera, de su esfera, halla -tal vez parafraseando a Bruno, o tal vez sin comprometerse con ello- el anhelado y exquisito punto equidistante de lo (su) infinito.

Aunque ciertamente –y él lo confiesa- no puede estar permanentemente en algún día, en algún lugar –muy suyos-, es cuando, como escritor que es, debe saltar la línea para ir al encuentro o, al revés, para que el gigantesco espacio exterior , todo un racimo de uvas de diferentes color y olores vaya a él (llama la atención que en su desencanto odie solo a las tres cuartas partes de la humanidad si todos sabemos que su capacidad da para más), y rozar, si no tropezar allí, en cavernas de perpetua sombra, con la vida breve y la estatura mínima de sus congéneres, una suerte de fatal degeneración que desesperadamente lo limita y empequeñece a una existencia de náufrago en una isla desierta.

Pero ante todo él es una creación artística y no un hecho científico. En intimista diálogo a lluvia y viento con las montañas sanfabianas, confiesa su estoico y delirante ascetismo, mientras escucha detrás de ellas los ecos citadinos que reclaman: “¿por qué te debates a salto de mata entre trabajos de obrero, huertos improductivos y comercios informales si el orbe tiene millones de historias que contar?” ¿Degollar ideas? ¿Pulverizar abstracciones? Resonancias de abominables idiotismos que pretenden impedir publicar su fértil melancolía y coraje al viento y lluvia de las montañas siempre complacientes.

¡Pero si todo esto que me rodea es la distracción de la más pura estética, de mi eternidad!, responde a esas agonías de anhelos perversos. Y entonces, al fin, no puede haber neutralidad…


Nota: El texto aludido por Pablo Mendieta Paz puede leerse en el siguiente link:
 http://cuadernosdelaira.blogspot.cl/2015/10/demasiado-yo.html
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20 ago. 2015

Cascaritas de naranja

ANGÉLICA PARRA OLIVARES -.

La única vez que vi a Salvador Allende, y la última, fue el veinte de Agosto de 1973. Yo vivía en Chillán Viejo frente a la casa donde había nacido Bernardo O'Higgins. Con mis hermanos y amigos nos subimos con banderas al techo de nuestra casa y armamos un griterío infernal pues los gritos de los opositores eran tan sonoros como los nuestros. De pronto sucedió lo increíble. El presidente miró hacia nuestro techo y levantó la mano en señal de saludo.

No sabíamos que no lo veríamos nunca más, pero esa imagen, la del hombre que caminaba erguido y con la banda presidencial cruzada sobre su pecho sería una imagen que se nos quedaría clavada en nuestro corazón de adolescentes rebeldes.

Hoy estoy en Chillán y mañana se hará el mismo ceremonial, pero ya no me subiré al mismo techo. Los amigos se desperdigaron por el mundo y el sueño colectivo se esfumó. Hoy boto cascaritas de naranja al agua para ver florecer el arcoiris. Sólo eso me quedó. Y el amargo sabor de la traición.
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