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12 jul. 2017

Libro Anteojos de Sal (2013) Ganador del concurso editorial Manuel Concha, de la Municipalidad de La Serena

Ashle Ozuljevic Subaique

Mi hija no atrasa o El motivo por el que en soledad salí del país en la noche más oscura del verano

Mi hija no atrasa, mi hija no atrasa. Como si se tratara del reloj de una catedral, finamente calibrado, mi hija no modifica la cronometría de su existencia ni aún cuando duerme, de modo que todo ocurre en el minuto preciso que debe - según la estricta constancia de los días, de los meses anteriores- ocurrir.

Durante el día transcurre sin sorpresa. Primer apetito, segundo llanto, tercera pataleta, etcétera. Pero de noche, el cálculo se vuelve preciosamente preciso:
A la una de la mañana comienza el bruxismo de un minuto. Vuelta hacia la diestra y acomodamiento hacia la izquierda. Fin de la visita. Luego, a las tres, de un modo impecable, suizo, la petición de leche.

Quiero que se entienda: no importa lo que haya ocurrido durante el día, si se ha dormido temprano o más tarde de lo habitual, si ha comido en mayor cantidad o si por una celebración carnavalesca se ha acostado cercana a la medianoche: a las tres, Magdalena se sentará en la cama y pedirá con voz de sueño: “leche”. Luego una inestabilidad preciosa y a dormir otra vez.

Claramente tampoco le interesa a su reloj interno lo que yo, su madre en soltería, he hecho el resto de las horas. No es relevante si me he quedado escribiendo hasta las 2.47 y he agarrado un sueño bello a las 2.58. Simplemente a las 3 debo responder a sus requerimientos infantiles.

Julio no podría haber sabido esto. Él jamás se despertó a tender la mano afirmando una leche tibia de madrugada, Julio sólo hacía una excepción con su mujer, quien sin relojes ni cronometrías exigía cigarrillos a horas indeterminadas del tramo nocturno.

Julio se los tendía.

Fumaban sobre las sábanas. Echaban el humo al techo y las cenizas a una tapa de botella que siempre rondaba su colchón.

Al comienzo se reían de sus rostros fumadores y semidormidos: los ojos entrecerrados/los ojos entreabiertos, el cabello revuelto, un hilo de saliva seca, el pijama tibio, las manos un poco azuladas.

Luego se hizo costumbre. Se contaban, por lo tanto, anécdotas graciosas, propias, familiares, escuchadas de tercera fuente. Cuando las anécdotas se acabaron, comenzaron a inventarlas. No se conocían en lo absoluto, todo resultaba verosímil y además verídico.

Cuando murieron, en plena tarde, juntos y, literalmente revueltos, nadie contó anécdota alguna; sólo los cigarrillos, vehementemente fumados, los homenajearon.

Mi hija tampoco atrasó en esa oportunidad; pidió su naranja al mediodía, sus cereales en la tarde, y su leche por la noche. Extrañamente, sin embargo, pidió un cigarrillo a las cuatro y veintidós. Antes de que yo lo prendiese, ella ya dormía en posición fetal.

Fue una noche larga para nosotras, lo mismo que para Julio y para su mujer.
Era febrero, y debe haber estado muy frío allá afuera
                                                          
                       
bajo tierra.




I                                                                                                                                [Sucre

Venirse a Bolivia
comprarse una moto
y una manta
no un gorro
no unas sandalias
recorrerla de a poco
a un ritmo propio
quedarse entre la gente
respirar ese mismo aire
-esa frescura incomparable del altiplano-
calarse hasta los huesos
y fumar en medio de sus lloviznas intermitentes
comer lentamente
sonreír
llevar la procesión por dentro
esta procesión mía que aún no logro nombrar ni delinear
                                                         pero que sospecho
y comenzar
misteriosamente
a tener cara de fiesta
entre sus grises habitantes
sonreírles y dejarlos quedos
 plantados de sorpresa
ser destello finito
en este país serio
ser
alguna vez
una estrella distante
y olvidarse de todo
y seguir respirando



III                                                                                                                  [Isla del sol

Abrir los ojos
y verlo teñido de rojo
por la luz que se cuela a través de la ventana
tener de fondo una banda sonora sudaca
y altiplánica
con ni una sola puta promesa
sólo risitas
y un cosquilleo idiota
del futuro extrañamiento
palabras hinchadas de sinsentido
y de un poquito de verdad
con la ignorancia pegada a las pestañas
como anteojos de sal


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15 jun. 2017

De piloto y porteño

Claudio Rodríguez Morales

Abordar la maquina en la garita -una casucha para las necesidades básicas de los pilotos-, guardar el boleto estiradito en el bolsillo del pantalón (para la colección) y asumir que semejante bullicio indicaba el inicio del viaje. Un motor semejando el choque de fierros, marca registrada Pegaso y carrocería Thomas. Sucesión de carrerones por el pasillo para ganar un asiento, cortes de boletos y monedas chocando dentro de la pecera. Eructos Diesel confundidos con los alegatos del borracho recogido en un paradero en declive y con la tiritona palanca de cambios empujada hacia atrás por un brazo robusto y arremangado, como pidiendo clemencia. Descender calles siempre más angostas, pedazos de plazas sin adoquines, la nariz casi dentro de las casas: perdón a los vecinos por pasar tan cerca del comedor. Recorrer a tranco lento el plan de la ciudad, mirando por ventanas cuadriculadas veredas angostas, oficinistas terneados, locales apretujados, bancos internacionales, casas de cambio, importadoras, comercio, fuentes de soda, callejones, brisa de marisco podrido. Abuelas con pesadas bolsas de malla transportadas unas cuadritas más allá, gratis y por pura piedad. En un nuevo ascenso, las luces de los postes cubriendo las calles de cerros colindantes, anuncio de anochecer y una legislación más salvaje. Volver a subir calles angostas hasta la garita de destino -por lo general, otro cerro de Viña del Mar o Valparaíso- y, tras marcar la tarjeta del reloj, comenzar el recorrido inverso, nunca uno igual a otro, siempre un detalle que extravía la mente en peores vericuetos siderales. Como soñarse piloteando una de estas máquinas. Manosear dinero de la pecera, cortar uno, dos, tres boletos con un puro movimiento de muñeca. Con la otra mano, girar el manubrio (forrado con plástico de colores o con género) para evitar el choque, el atropello o el desbarranco. Empujar hacia adelante la palanca de cambio sobre la cáscara hirviente del motor. Lucirse sentado y movedizo entre calcomanías, banderines, espejos, amuletos y colgantes. Tasar una porteña en segundos, deslizar la uña terrosa por la palma de su mano al entregarle el vuelto y recibir un bofetón de respuesta. Seguir intentando, jamás bajar la guardia, apuntar con el labio dolorido hacia la pecera rebosante de plata producto de tantas vueltas. Invitarla, convencido, a sentarse junto al vidrio del parabrisas –cuando de ofendida no le quedaba nada- y recomendarle afirmarse bien en cada curva con un cariñoso mijita. Ante la amenaza de un choro cualquiera en el camino, nunca arrugar, sino bajar de la máquina de un salto con un fierro empuñado en la mano. Morir asesinado en un turno de madrugada. 


(Imagen tomada del perfil Facebook Yo me subi a las micros Verde Mar en Valparaiso!!)
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13 jun. 2017

Libro Tres (2016) Ganador del concurso editorial Raúl Cantuarias, Municipalidad de Coquimbo.


Ashle Ozuljevic Subaique 


Maculada


I

Cuando el sol me enceguece
dudo de la realidad que me rodea
y de las teorías de las manifestaciones de un dios omnipotente
que en mis pecas colapsaría
como un aerolito extraviado.


II

Me leyó las pecas como si fueran las líneas de mi mano
le di monedas,
todas las que tenía:
necesitaba que me dijera
que iba a ser feliz.


III

Nunca se cansa el sol de martillar mi rostro:
cada peca es un clavito diminuto que no duele
cada peca es un clavito que me salva de encancerarme
cada peca es un espejo para insectos.
Cuando duermo ellos vienen a mirarse
sin quedar nunca felices
del reflejo que reciben

los mato uno a uno
con las yemas de los dedos
pues nunca han sido capaces de contestar
cuándo y quién me unirá las pecas
con una línea brillante que no duela.


Brandsen


Pellizcarse la piel
no es meditar
sacarse los pelitos
uno a uno
no es meditar
rascarse
peinarse
lavar la ropa
no es meditar
hacer la comida sin probar bocado
caminar pasito a pasito a pasito
contando los centímetros
no es meditar
tener sueños lúcidos
o sueños húmedos
no es meditar
descubrir un hormiguero
y perdonarles la vida a sus tres millones de habitantes
tomar el sol
abrigarse
no es meditar
hacer la cama
saludar al gato
o a la luna
no es meditar
pensarte todo el día
niña de mi vida
planificarte una vida feliz
extrañarte hasta el insomnio
dolerme anhelarte amarte
no es meditar
pensar cuánto le debo al amor fati
no es meditar
ni el dolor de espalda
ni el padecimiento cervical
ni el calambre en el pie
ni el adormecimiento pélvico
ni las palpitaciones cerebrales
ni el ardor de garganta
ni la punción en el tercer ojo
ni la sed del todo
sobre todo
no es meditar

tan simple como inhalar
tan simple como exhalar

escribir
no es meditar




Juárez Larga y Fariña


Bien puede una mujer vivir de sus recuerdos,
de un rosario de tangos tristísimos,
de su primer árbol navideño,
del infantil galpón ciclópeo de nueve metros cuadrados,
una escalera empinada que te lleve a ninguna parte,
un país ficticio en el subterráneo mínimo del planeta de cartón que la familia poseía,
las trampas del patriarca, esa habilidad importada desde el lejano oriente de hacer el mal chiquito tras la mampara,
rodeada de adobe y de gatos y de elásticos
y de amores incondicionales que me entrenaron para la insatisfacción;
aquí comenzaron los errores, pienso
en esta esquina que no me preparó para el sufrimiento
-          no sabes cuán mal puede hacerte la ternura a pie juntillas -
en esta esquina tomada por una nueva familia que no sabe
que debajo de sus muebles
y junto a los restos de mi ascendencia
duermen casi todas las posibilidades
de comprender que no nací para ser amada.

Te digo


Te digo: he vuelto a no desear
nada material,
te digo: he regresado al no-consumo
de objetos manufacturados
sólo mantengo esta necesidad latente
de piel y sudor
de fluidos que emergen
más allá de mis confines
te digo: acércate prudente
todos somos frágiles
y todos feroces
te digo: el sol martilla mi rostro
cada peca es un clavito diminuto que no duele,
tal vez,
te digo: no te aproximes
mi puente de palitos delgados
pende de imperceptibles tuercas
el secreto es rodarlas yo sola
embarrarme las rodillas
y lamerme las heridas
te digo: he vuelto al desapego
nada más tengo apetito
de lo que no se puede comer.




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26 abr. 2017

Cosas de grandes

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Desde la ventanilla del colectivo, te vi barrer los metros de antejardín de la casa de tu madre, moviendo la escoba destartalada con decisión, levantando el polvo en medio del sol, con esos brazos fuertes que alguna vez me condujeron por donde quisiste. Pensé por un momento en bajarme y salir disparado hacia la casa de mis padres y decirles adivinen a quién vi, a la Marisela, se le vinieron los años encima a la pobre, pero aquello me habría vuelto aún más pequeñajo para ti y acabarías por enterarte que, a pesar de los años, yo aún te rehuía como si fuera uno de los chanchitos de tierra que perseguíamos con Oscarito en ése y en otros antejardines de la cuadra. En vez de eso, decidí detenerme y esperar tu reacción, algo menos patético que sucumbir al peso de tu oportunismo. Con ello evitaba poner en evidencia mi fracaso en borrar tus huellas tras esas visitas obligadas cuando el barrio se anunciaba vacío. Atenta al sonido de la puerta del colectivo cerrándose, levantaste la vista, me clavaste los ojos como esa vez y reíste. Los años han pasado con saña, batallas siempre y a toda hora, cuerpos viejos y cansados los nuestros, pero tus ojos iguales, burlones, indagadores, viscosos. Y yo, por dentro, el mismo cabro chico sin destetar que perdía buena parte de su vida en la calle, esperando que su amigo Oscarito terminara su tazón de leche con chocolate y galletas, a ver si me guardaba una, y sobre el cual tú reparaste desde las cortinas. Tus ojos me recordaron aquella ocasión en que me abriste la puerta y dijiste, siempre la mirada fija en tu presa, pasa, pasa nomás, el Oscarito no está, pero puedes esperarlo adentro, que hace mucho frío y debes tener hambre. Me abrazaste como si fuera necesario un saludo entre nosotros y me llevaste, si no de la mano, empujado suavemente por el hombro, por las baldosas quebradas del antejardín, ocultándose tu fechoría entre medio de ligustrinas y un limonero, una manguera desperdiciando agua sobre el pasto y el silencio de esa calle, un domingo por la tarde, cuando todos parecían haberse ido al estadio o a las quintas de recreo. Por dentro, una casa como muchas conocidas, un aseo doméstico a medias, los sillones cargados de adornos, hasta el reloj cucú con el pajarito desprendido de un alambre, la mesa con las sillas arriba invertidas y las paredes repletas de banderines, fotos y santos. Salen todos y me dejan a cargo de la casa, fíjate como son de malos, dijiste sin parar de sonreír. Desde la calle, el sol se desviaba con las frondosas copas de los árboles, el muro de ligustrinas y el limonero, colmando de penumbras el interior. Aún así, mantenías las luces apagadas para que tu plan fuera mucho más fácil de ejecutar. Pasa, pasa, si el Oscarito ya viene, vamos adentro mejor y te sirvo algo. Me llevaste hasta el fondo de la casa, el dormitorio, la cama sin hacer, olor a cuerpo y a insecticida que expulsaste recién de la bomba, pero nada de comida. ¿Has hecho cosas de grandes?, me dijiste y te sacaste el gorro de baño, meciste tu pelo girando tu cabeza redonda como muñeca, te quitaste una camiseta vieja, llena de hoyos y desteñida, y dejaste al aire tus senos gigantes, con sendos círculos negros alrededor del punto rojo, más abajo los shorts de jeans hilachentos que apenas cubrían algo de tus piernotas. Anda, tú también, sácate todo, así como yo, decías con el calzón entre tus dedos, pateando tus zapatillas debajo de la cama, y cómo me quedé inmóvil, sin saber qué hacer, me pegaste un empujón, metiste tu lengua en boca y luego la tapaste con la mano, sin dejarme respirar, rogándome que no gritara, que me querías más que a todos los de esa casa oscura. Después te vi reír con ese juego, porque eras tú la que reía y yo el que se asustaba. Ándale, hagamos cosas de grandes, decías mientras me modelabas con tu saliva y tus dedos gruesos, como si yo fuera de plastilina, la masa de algo que estabas a punto de hornear, los mismos dedos con los que barrías, regabas y ayudabas a tu madre. Sí, con estas manos yo les sirvo a todos los huevones en la mesa, decías con malicia. Te recuerdo recorrerme entero, labios, brazos, pechos, muslos, tú cuerpo ansioso, afiebrado, exprimiéndome, tu espalda vigorosa desde lo alto, tus posaderas cubriendo mi cuerpo, restregándose sin control entre mi pecho y vientre, una explosión de felicidad, un punto de encuentro contigo y nadie más, para sumirme en un sueño profundo, cansado, sin saber el motivo, de seguro por toda la fuerza de sostenerte, tantos ejercicios y empujones que nos dimos. ¿Por qué cuando vienes a mi casa te quedas dormido?, protestaba Oscarito ya de regreso, moviéndome el hombro y tú riéndote mientras guardabas una ropa planchada en los cajones de un mueble. Ya sabes, esto es cosa de grandes y estamos casados, no te podrás separar de mí ni hablar de esto con nadie, me decías al oído, cuando yo me iba despacito, con ganas de olvidar, y Oscarito mirando desconfiando pues qué le podía decir su hermana a un amigo de la calle, más encima muerto de hambre. Dejaba atrás la oscuridad, las ligustrinas, la manguera ahora con la llave cerrada, las baldosas quebradas y tu voz sonando en mi cabeza y retumbando en el pecho. Ponía los pies en la calle, la misma desde donde me descubriste bajando del colectivo, tú convertida en señora al borde de la cuarentena, sin haberse ido de la casa de sus padres, con las canas sin teñir, tan tranquila que es la Marisela, dijo mi madre cuando me sorprendió dentro de la casa mirándote por la ventana, cuando girabas alrededor de esa escoba barre que barre.
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27 mar. 2017

George Reeves: la vida como sala de espera

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Si nuestros planes están lejos de la realidad, ¿qué hacer mientras tanto? El actor George Reeves, al parecer, lo tenía claro. Y si no, al menos procedió como tal. Mientras esperaba el ofrecimiento de su vida de parte de los grandes estudios cinematográficos, trabajó interpretando a Superman/Clark Kent para un programa de la naciente televisión de Estados Unidos, a inicios de los cincuenta. Asumiendo que su participación en la Segunda Guerra Mundial había interrumpido su carrera (contaba con un rol secundario en “Lo que el viento se llevó”, además de actuaciones en películas de aventuras, bélicas y westerns, en su mayoría de bajo presupuesto, más la promesa de un papel importante en el próximo proyecto de un veterano director que falleciera antes de poder llevarlo a cabo), apostó por la paciencia como aliada. Aunque le parecía un tanto ridículo calzarse el trajecito con la letra ese de insignia, cinturón brillante, calzón a la vista y capa –vestimentas que ni siquiera tenían los colores originales del personaje del cómic, ya que la emisión era en blanco y negro-, de todos modos George Reeves se esmeró en interpretar al paladín de Metrópoli de la mejor manera posible. Más aún cuando el programa “Las aventuras de Superman” se convirtió en todo un fenómeno comercial, liderando el horario destinado a la programación para la familia, con una importante marca de cereales de auspiciador, hechos que volvieron al actor una celebridad reconocida por el público.

Siempre que podía, Reeves les daba en el gusto a sus fanáticos: se ponía los brazos “en jarra” y levantaba la mano para saludar al estilo de Superman (fueron contadas las ocasiones en que confesó que el asunto lo fastidiaba), desatando la locura entre los niños y sus padres (sí, los padres, los mismos que, en el futuro, lo estancarían como la versión de carne y hueso del personaje de la DC Comics, obligando a los estudios a cortar sus escenas en la película “De aquí a la eternidad” para evitar que corearan desde las butacas de los cines la clásica presentación: más rápido que una bala, más potente que una locomotora…). Si para darse ánimo en esta espera, debía apoyarse en tragos de whisky matutinos de su petaca dentro de su camarín, George Reeves lo haría. Si debía dejar el tabaco -o al menos degustarlo en privado como el alcohol- pues un superhéroe no fumaba, lo haría. Si debía calzarse el traje (ahora sí con los colores originales) para absurdas presentaciones en vivo y enfrentar a cuatreros del oeste que le significaban más dinero que el sueldo recibido en la misma serie, lo haría. Si debía prestar su imagen para alguna campaña de recolección de impuesto y uso de estampillas, lo haría. Si debía defender con su influencia la persecución paranoica del macartismo a un colega acusado de comunista, lo haría. Si debía reclamar la repartición equitativa de los sueldos entre todo el equipo, haciendo a un lado su condición de "estrella", lo haría. Si debía lanzar chistes de doble sentido para aligerar el ambiente de las grabaciones, con efectos especiales que fallaban y libretos defectuosos, lo haría. Claro, hasta que la paciencia se le agotó (o pareció agotarse) y creyó ser capaz de tomar las riendas de su destino. Si las grandes interpretaciones no llegaban, tal vez dirigiendo y produciendo su propia serie de televisión, le iría mejor. Pero, como siempre, nada fue definitivo para Reeves. Dejó, regresó y volvió a dejar el programa que le había granjeado su particular fama (una fama que, en cierta forma, jamás logró comprender ni menos valorar), mientras la televisión mutaba del blanco y negro al color y adquiría más importancia como negocio en la industria cultural. 

¿Dónde radicaba el problema que le impedía a Reeves dar ese paso decisivo hacia adelante? En este permanente intento, las puertas siempre se le cerraban y las negativas se sumaban, como si su única misión en la vida fuera interpretar al Hombre de Acero. Reeves sospechaba que había alguien detrás de todo este infortunio. Su ex amante tal vez o el marido de ésta, un magnate – mafioso de la Metro Goldwyn Mayer. En este ir y venir, entre defender sus propias ideas y volver a vestir el traje de hijo de Kriptón por una temporada más, lo sorprendió la muerte producto de un disparo –cuyo origen aún no está aclarado- en su departamento. 

La película “Hollywoodland” (2006, dirigida por Allen Coulter) hace suya esta tesis del complot. Protagonizada de manera certera, creativa y entrañable por Ben Affleck en el rol de George Reeves, la trama agota todas y cada una de las posibilidades sobre la muerte del actor. ¿Crimen pasional? ¿Ajuste de cuentas? ¿Suicidio? ¿Accidente? ¿Todas a la vez? El detective privado Lou Simo (Adrien Brody), primero por dinero y después por desafío personal, se adentra en el mundo subterráneo de las luminarias del espectáculo, de sus secretos, bajezas, vicios y delitos, con el correspondiente deterioro físico y emocional de su propia vida, coincidente con el lazo fraterno que comenzó a unirlo al actor una vez que contempló su cadáver en la morgue. Sonreír y ser generoso en medio de la cloaca, volvía a Reeves mejor que muchos que aún gozaban de la vida, parece ser la conclusión de Simo - Brody. “Hollywoodland” es una honda reflexión respecto a lo que hacemos con nuestra vida mientras los planes -lejanos, descabellados, grandilocuentes, altruistas- se materializan o se hacen humo. Reeves - Affleck supo qué hacer en ese intermezzo. Calzarse un traje de superhéroe para llevar alegría a los corazones de los niños y ser motivo de risa de sus padres cerveceros, crueles y americanos.




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24 mar. 2017

Laguna

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .-

A mitad del predio que colinda con la población, el exceso de lluvias formó una espontánea laguna que se desplegó hasta los bordes de ambos lados de la cuenca. Junto a nosotros quedaron los sembrados de hortalizas, parras, senderos y árboles. Al frente, la base de los cerros que separan la ciudad del interior. Al medio del agua, una isla muy pareja que semejaba el lomo de un perro sumergido. No tardé en darle un sentido de pertenencia a este regalo inesperado e invernal. Por las tardes, después del trabajo, adopté el hábito de sentarme sobre una piedra para degustar una cena improvisada, unas copitas de vino blanco, restos de tabaco y algún libro ligero, mientras el pequeño oleaje se deshacía a centímetros de mis zapatones. Con el paso de los días, se sumaron unos niños que, al principio, sólo miraban con curiosidad y después bromeaban lanzando mi sombrero hacia la corriente, pero desviándolo hacia unas ramas. Recuerdo a las tres dueñas de casa que cambiaron los tragamonedas por el desafío de quién hacía rebotar más veces una piedra sobre el agua. Más tarde, un padre de familia endeudado que le sentaba bien el aire puro. Varios ancianos dados de baja por los suyos, buscando compañía sin importarles el frío y la garúa. Vecinos de otras cuadras incrédulos de esta nueva “obra” que no necesitó gestión alguna del alcalde en ejercicio. El grupo lo cerraban tres perros y una pareja de gatos moviéndose a sus anchas por los arbustos intentando darle caza a las ranas y conejos. Pasadas las horas, veíamos en conjunto descender al sol por el borde del cerro hasta desaparecer completamente. En la penumbra, alguien comentaba que, en otros tiempos, cuando el río era navegable, el agua seguía mucho más allá de donde estábamos ubicados nosotros. La laguna - complementaba otro- no correspondía a un fenómeno sobrenatural, sino sólo a la recuperación del curso históricos de las aguas. Yo recordé como en mi infancia era común encontrar, alejándose apenas de cualquier ciudad, pequeños arroyos, cascadas ondulantes, cursos de ríos espontáneos, acequias flanqueadas por muros de manzanilla, sin ninguna cerca, alambrada o sequía que impidiera aproximarse. Ya nada queda de esos paseos. Tampoco de la laguna espontánea de la esquina de mi casa. Cuando me cuezo vivo por el centro de la ciudad, evoco con nostalgia ese tiempo. Si no fuera por los testigos, creería que todo fue inventado por la soledad.
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20 mar. 2017

La casa, el origen, la vuelta

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Ministro 294, una puerta vieja. Sobre ella una pintura a la diabla, carcomida por unas termitas ya jubiladas. Una escalera hija de otra escalera. Más bien su verruga y mirándola de frente. No hay descenso a secas, sólo insinuación, siempre un nuevo “más abajo” desde otro ángulo. Pedazos de esquinas, el plan de Valparaíso, perspectivas infinitas, caos armonioso, arquitecturas sin unidad. Más allá, si se afina la vista, barcos y un pedazo de mar. Una calle más angosta de lo esperado. Cambios que no percibo a la primera. Los objetos libres de hace cuarenta años, una galería, un patio, plantas, árboles con alma atorrante, una vecina borracha fisgoneando, el mariconcito amigo diciéndole adiós al novio en el poste de luz, simplificados ahora en una muralla única, monocolor, proyectada, tan egoísta ella, hacia el cielo. Solo queda erguirse si se requiere algo de aire nuevo. Por de pronto, yo no lo hago. Lo mío es la tierra firme y su vértigo. Vuelvo a la escalera verruga, tan esquinada y descascarada, como si tuviese sarna y otros pesares. Malezas guachas que crecen sin futuro esplendor entre los peldaños. Al costado, pedazos de pastelones puestos en el limitado orden que permiten las duras penas del declive. El cerro, como siempre, obliga a seguir su perímetro fiero, rebelde y choro. Sentarse y respirar en un tiempo más largo que el requerido para trajinar por la vida. Mirar en derredor y decir sí, es mi casa. La vieja casa del comienzo, la primera página del cuento, el Big Bang particular y minúsculo, sólo detectado por mi olfato y no más de unos pocos centímetros más allá. Un día en que el universo apenas tuvo cosquillas y Dios ni se enteró (preocupado, como estaba, de jugarse con el Diablo la suerte del golpe de Estado que se venía). Pocos cambios a la vista, todos para peor. Es mi opinión y ahí se queda. Al menos no la han demolido, me consuelo. Al menos, desde afuera, se siente el mismo aroma. A tierra gredosa, humedad, basurilla, perros, gatos, ratones, chinches, pulgas y garrapatas. Reencontrarse con el propio inicio. La casa más vieja a pesar de los trabajos de hermoseamiento. Con sus ventanas ahora móviles, su estuco permanente, el adobe y el rechinar. Plomiza por vocación. Sin sus amorosos habitantes, eso sí, y ante eso, sólo resignación. Todos dispersos en ésta y otra vida. La abuela protectora, tías y tíos juguetones, primos leales, padres imberbes, el abuelo inmóvil (ya era hora). Yo mismo, sin ir más lejos, cuento con mi propia dispersión. Vecinos de aquel tiempo vueltos con los años personajes de culebrón, destino trágico para cada uno de ellos. ¡Cuidado! Hay riesgo en detener la viñeta. Desde las alturas, detrás de velos y ventanas, los nuevos habitantes me observan. Incluyendo a un perro ingrávido posado a metros de mi cabeza sobre unas planchas de zinc. Un intruso invadiendo el barrio, piensan de seguro, hay que corretearlo. No me entenderían, pienso yo, aunque se lo graficara en dibujos. El que se fue, se fue nomás, sentencian. Aun así, tomo asiento en el segundo peldaño. Con la cámara en tus manos, registras el instante. Se abre la compuerta nubosa y no queda más que lo esencial. Pañales de género hervidos a baño maría en fondos de hojalata. Viento marino helado haciendo el serpenteo ascendente de siempre. Lavadoras con manivela y espuma de Bio Luvil que se rebasa por el pasillo de madera. Calzones de goma, talco, chupete mosqueado y lleno pelusillas. Pero también consentimiento. Como en el aseo corporal paradito dentro de una tina de plástico, tetera de agua caliente, jabón y estropajo, los brazos serviciales de la abuela en fricción permanente, con algodón y colonia, toalla calientita sobre una estufa. Adiós a la piel de gallina, gustosa y regaloneada, con las prendas de vestir que esperan planchaditas sobre una silla. Sabrosa comida de emergencia, marraquetas gigantes y crujientes con mantequilla, huevo frito en paila pegado en costrones de aceite al metal, tostadas con paté de cerdo, té con cucharadas de azúcar, pescado frito en manteca, tortillas con chicharrones, tomate colorido y jugoso con cebolla, gaseosa Frambuesa Nobis para la sed, maicena con leche y chilenitos con manjar. Pobres pero bien comidos, sin tiempo para la sobremesa. Salgo volando y me reciben unos brazos. Vuelo de nuevo y caigo en otros. Como una suerte de vals, abuela, tíos, tías, padres, un vértigo que se detuvo sin aviso. Un camión de mudanza cargado de unas pocas cosas. Subo con mis padres a la máquina para emprender rumbo desconocido. Cuál de los dos más temeroso, toque de queda, nuevo empleo, cuidado con los soplones de la dictadura, convivir a solas con un niño y sus berrinches. Cada uno vuelto hacia dentro, sin toparse con el miedo del otro. Y yo, sobre sus faldas, sin saber de las razones poderosas para sumarme a ese caldero. Nos aprontamos al juego de la familia, la intimidad y autocontrol. Adiós a la casa vieja y al desbande. Viento seco y calor puentealtino. Otra ciudad. Ahora, al regresar a la dirección Ministro 294, quiero ser el mismo que partió. Tarea imposible. Me fusiono con la casa, sólo un instante, mientras me dice tú también has cambiado y para peor. Entonces, de qué me admiro tanto.

Imagen: http://static.panoramio.com/photos/original/32228758.jpg

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