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21 feb. 2017

Coppola, déspota e ilustrado


CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Francis Ford Coppola (1939) no escuchó o no quiso escuchar las palabras escépticas de uno de sus empleados durante el rodaje de Apocalipsis now!, ante sus delirios de grandeza que alteraban la salud física y mental del equipo que sobrevivía a duras penas en tierras filipinas: “Sólo hacemos películas, nada más. ¿Qué nos hace tan especiales?”. Tampoco las palabras de Marlon Brando, durante una pausa en las grabaciones de El Padrino, mientras Coppola se encerraba en su oficina a golpear paredes y objetos, preso de la ira porque las cosas no marchaban como deseaba: “Pero si es sólo una película de gangsters, ¿para qué alterarse tanto?”. Si los hubiese escuchado y encontrado algo de razón, luego de despedir al primero y hacer oídos sordos con el segundo -con tal de tenerlo en sus filmes, Coppola le aguantaba a la estrella del Actors Studio cada una de sus excentricidades-, el director italoamericano se hubiese pegado un tiro en la sien o cortado las venas de las muñecas dentro de una tina, al modo del mafioso Frankie Pentageli en El Padrino dos. Para fortuna de los amantes del buen cine, no hizo nada por el estilo, sino que se dedicó a sacar adelante su obra contra viento y marea. No una obra cualquiera, sino una extrema, variopinta, excesiva, desigual, única.

Niño símbolo de la generación de directores estadounidenses de la década del setenta, tal vez la última en dejar una marca de fuego en el Séptimo Arte, acompañados de un staff de actores brillantes y casi siempre dispuestos a acompañarlos en el juego creativo y la locura, Francis Ford Coppola intentó abarcar todos los aspectos de este particular negocio, siempre con aires de grandeza: dirección, fotografía, producción, guión, contenido, banda sonora (en ocasiones, delegó el tema en su padre), vínculo con las otras artes, adaptación de obras literarias, tecnología, distribución, recaudación y, de ser posible, el legado a las futuras generaciones.

Si hay un tema que a Francis Ford Coppola siempre le ha interesado vivamente, tanto como la dirección cinematográfica, es la literatura. De hecho, en su juventud escribió cuentos, actividad que dejó para dedicarse primero al teatro y más tarde al cine, mientras que en la actualidad aún financia la revista de relatos Zoetrope All - Storie. Una vez consolidado tras las cámaras, participó como guionista en la adaptación de la legendaria novela de Francis Scott Fitzgerald, El gran Gatsby. Aún más, acostumbra a buscar ejemplos en clásicos de la literatura para las motivaciones de sus personajes –en cierta ocasión, comparó a Don Corleone con un rey que debe decidir entre sus hijos quién lo sucederá en el trono- y gusta reconocer en los títulos de sus películas los nombres de los escritores de las obras adaptadas, como ocurrió con Mario Puzo en El Padrino y Bram Stoker en Drácula. A modo de curiosidad y sólo para alimentar nuestro chovinismo, en su película Tetro -larga reflexión sobre las relaciones entre dos hermanos y su padre-, Coppola incluyó el personaje de una mujer apodada Alone, interpretada por Carmen Maura, en homenaje al crítico literario chileno Hernán Díaz Arrieta, quien usaba ese seudónimo en sus columnas dominicales.

El genio y el niño

Hijo de un flautista y director de orquesta y una actriz, durante toda su vida Francis Ford Coppola ha debido lidiar con la sombra de su hermano mayor, August. Escritor y reconocido académico universitario de la cátedra de literatura, además de padre del actor Nicolas Cage, fue el escogido en ese hogar italoamericano e itinerante para llevar el rótulo de hijo talentoso, en desmedro de su enfermizo hermano menor, Francis, aficionado a ver televisión, a jugar con títeres y a grabar películas caseras. Ya adulto, entrenado en la lucha encarnizada por el ser el mejor entre sus iguales, Francis Ford Coppola se tomó en serio aquello de conjugar los dos polos de la cinematografía de los cincuenta y sesenta: el cine de autor a la europea, sobre todo de la Nueva Ola Francesa, pero con presupuestos millonarios al estilo americano. Si hoy lo vemos de pie, algo más viejo y golpeado pero igual de obseso y obeso, da cuenta de su capacidad para sobreponerse a cualquier debacle personal y colectiva, en especial a los fracasos de sus películas y los malos negocios como productor. Sin embargo, en momentos de introspección, él sigue considerándose un niño, claro que un niño engolosinado con cada juguete nuevo que cae en sus manos hasta destrozarlo con su ímpetu, torpeza y nerviosismo. No conforme con eso, el niño Coppola rearma el juguete con su pura intuición y lo engulle para quedarse con él por siempre.

Todos sus cercanos tienden a coincidir, matices más matices menos, en un aspecto de la personalidad de Coppola. La manipulación confundida con colaboración, ayuda mutua, ideales y fraternidad con tal de alcanzar sus metas, siempre trascendentales si nos dejamos llevar por sus convicciones. Luego de pasar por la Universidad de Hofstra cursando artes teatrales y de montar obras de su autoría, como estudiante de cine de la UCLA se las arregló para financiar sus cortometrajes con dinero del centro de alumnos. Por aquel entonces, ya marcaba la diferenciaba con sus compañeros de curso, quienes deseaban convertirse en cineastas químicamente puros, al estilo europeo, sin transar con las exigencias comerciales de los grandes estudios. Él, en cambio, si bien no renunciaba a una obra personal y de alto vuelo intelectual, tampoco desechaba trabajar en Hollywood. Aún más, lo consideraba el único camino posible, pero no para seguir las reglas del sistema a perpetuidad, sino que una vez insertado en éste, poner de cabeza a sus magnates y hacerlos bailar al ritmo de su cuerda. La misma filosofía que Vito Corleone le inculcara a su hijo Michael, en la clásica escena de sucesión del mando, al referirse a su actitud ante los pezzonovantes que pretendieron, cuando era sólo un empleado de tienda de abarrotes, convertirlo en un inmigrante italoamericano más, explotado junto a su familia en una tierra extraña. Hubo un momento en que Coppola casi logró su objetivo, pero con muchos cadáveres a su haber. Cadáveres metafóricos, decimos, salvo su hijo Gio, fallecido en un accidente arriba de un yate, en 1986, durante las grabaciones de Jardines de piedra. Imposible no recordar la suerte de Sonny, el hijo mayor de don Corleone, acribillado en una caseta de peaje producto de su impulsividad. Como si fuese el Padrino ante el enterrador Amerigo Bonasera, Coppola se culpa hasta hoy del accidente de su hijo. Piensa que de haber estado en la embarcación, tal como Gio se lo pidiera antes de zarpar, el accidente no hubiese ocurrido. Explicación un tanto megalómana, pero comprensible tratándose de Francis Ford Coppola, operático a más no poder, más aún si se trata de una tragedia.

Llegado el momento, tras todos estos altibajos financieros y emocionales, los hombres de traje y corbata de los estudios acabaron agarrándolo del pescuezo y apuntándole directo a la sien, tal como Luca Brasi lo hacía con aquellos sujetos que se negaban a razonar, siguiendo las órdenes del Padrino. Aunque el director resultó malherido, consiguió sobrevivir. Y una vez recuperado, siguió soñando con torres, rascacielos y el resto del universo.


Escuelas

En sus primeros pasos como cineasta y con tal de pulirse en el rodaje, Francis Ford Coppola probó suerte en nudies, películas de un erotismo ingenuo, sin sexo explícito, donde a causa de cualquier motivo, los actores acababan quitándose la ropa. Luego pasó a la escuela del productor Roger Corman, el hombre de las películas a raudales, a bajo precio y de ganancia segura (y si eso no ocurría, al menos el dinero gastado en ellas era siempre ínfimo). Tras trabajar como ingeniero de sonido en un par de producciones olvidables y dirigir el engendro fílmico Battle beyond the sun y la película Dementia 13, ambas en 1963, y sin ningún sentimiento de culpa -a diferencia de su colega Martin Scorsese, quien también pasó por esa escuela de producción vertiginosa y se fue pidiendo perdón y golpeándose el pecho con un crucifijo-, Coppola le dijo adiós a Corman para ir en busca de la gloria.

Así como Santino Corleone decidiera llevarse hasta su casa a Tom Hagen, al verlo abandonado en la calle tras la muerte de sus padres, Coppola hizo lo mismo con un tímido y acomplejado aspirante a director de nombre George Lucas, durante las grabaciones de la película El valle del arcoíris de 1968 (en realidad, Lucas se había ganado en una beca el derecho a presenciar las filmaciones). Coppola consideraba un pago suficiente para el futuro padre de la saga Star Wars que lo viera trabajar y así aprendiera de sus acciones en el plató. Luego de padecer su sombra protectora, primero como discípulo y luego como socio, Lucas optó por caminar a cielo descubierto, aventurándose inclusive en el espacio exterior, más aún al darse cuenta que podía ser un hombre de cine sin necesidad de dirigir, actividad que acabó detestando. Una decisión correcta si su deseo era volverse millonario, tener el control de sus películas y, de paso, recuperar el aire que Coppola le quitaba con sus frecuentes abrazos de oso. De hecho, el vínculo entre ambos cineastas no fue tan altruista como pudiera parecer. Junto con animar y dar todo su apoyo a Lucas cuando nadie creía en él luego del fracaso de la película THX 1138, Coppola sacó suculentas ganancias al producirle American Graffiti, de 1973, aparte de estrujar y manipular la inventiva de su amigo hasta volverse un tiranillo intragable. Otros cineastas de la misma horneada como Martin Scorsese, Steven Spielberg y Brian Di Palma aprendieron desde cierta distancia la lección. No se dejaron tentar por el huracán de proyectos y promesas que siempre este hombre orquesta cargaba consigo, gracias a lo cual pudieron seguir con sus vidas de directores exitosos y de relativo buen comportamiento ante los estudios.

El elegido

Francis Ford Coppola no era un novato cuando, a principios de los setenta, se le ofreció llevar a la pantalla la novela de Mario Puzo y best seller del momento, El Padrino. Al contrario, contaba con una experiencia que ya se la hubiera querido alguien de su edad y ambiciones: guionista de John Huston y ganador de un Oscar por mejor guion en Patton en 1971, más siete largometrajes a su haber. Claro que en la meca de los sueños envasados nunca los méritos eran (ni son) suficientes. A Coppola no se le consideraba un cineasta exitoso, sino más bien el constructor de una seguidilla de aceptables fracasos. La leyenda dice que la Paramount se decidió por él dada su ascendencia italiana, lo que hizo suponer que le sería más fácil plasmar en imágenes una historia plagada de balazos, traiciones, asesinatos, sexo, maldiciones, extorsiones, venganzas, relaciones de familia, negocios, canolis, sangre y salsa de tomate. Los consejos de George Lucas recordándole que se encontraba en bancarrota, le hicieron aceptar el contrato a regañadientes.

El principal dilema que Coppola enfrentaba a la hora de hacerse cargo de El Padrino -en un primer momento una película por encargo y de bajo presupuesto-, era acabar convertido en un director comercial, sin vida propia, alejado del cine personal que deseaba llevar a cabo, tal como sus compañeros de generación. Una vez contratado por recomendación de Robert Evans y tras un eterno casting de actores y un tortuoso proceso de rodaje, donde los gerentes del estudio sólo deseaban despedirlo por considerarlo incompetente, la historia es conocida: Coppola se apropió de manera magistral de la historia de Vito Corleone y su familia, se volvió multimillonario y se dio el gusto de filmar La Conversación, película que le permitió poner en práctica sus ideas sobre ritmos, edición, montaje, banda sonora y donde Gene Hackman logró uno de los mejores papeles de su carrera como espía radiofónico, melómano y antisocial. También hizo su regalada gana en El Padrino dos con una narración de casi tres horas, con saltos temporales, variopintos personajes, miles de detalles, múltiples y costosas ambientaciones, a través de la historia paralela de los dos padrinos, padre e hijo, Vito y Michael Corleone, encarnados por Robert de Niro y Al Pacino, sin que ambos actores se topasen en algún momento del film. Parecía que al fin y en menos tiempo de lo esperado, Coppola había alcanzado el sueño de hacer y financiar sus propias películas. En lo alto de la cima, él no olvidó a sus compañeros de los viejos tiempos y decidió ayudar a otros cineastas a seguirle los pasos. Eso sí, valiéndose de la recomendación de Emilio Barzini, enemigo en las sombras de Vito Corleone en su obra cumbre, cobrando “una cuenta por tal servicio. Después de todo, no somos comunistas”.


La caída

Corría 1976. Coppola jamás esperó una respuesta negativa de Al Pacino a su ofrecimiento de actuar en su próxima película titulada Apocalipsis now!. Al fin y al cabo, el actor se había convertido en una estrella gracias a su insistencia de mantenerlo en el papel de Michael en El Padrino, a pesar de las críticas iniciales de los productores que lo trataban de “enano sin talento”. Sin embargo, la respuesta de Pacino fue categórica: “Serán varios meses en que yo estaré metido en un pantano y tú gritándome desde un helicóptero. No gracias”. Si se analiza la suerte corrida durante el rodaje por quien acabó ocupando ese papel en la película, es posible darse cuenta que la decisión de Pacino fue la correcta. El actor Martin Sheen casi muere de un infarto, entre otros “contratiempos” que debió padecer junto al resto del equipo.

La materialización de Apocalipsis now! fue la cumbre más alta a la que pudo llegar un cineasta convertido en millonario, genio y artista, en su intento por seguir los dictados de sus demonios personales. Quienes osaron manifestar el más mínimo reparo a su actitud, partiendo por su paciente esposa Eleonor, fueron vistos por él como enemigos que sólo deseaban verlo caer. Su respuesta a lo que consideró una afrenta personal fue volverse más porfiado, paranoico y agresivo. En su afán de adaptar el clásico de la literatura universal El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, a una visión particular de la guerra de Vietnam, Coppola acabó convertido en una suerte de monarca despótico pero muy ilustrado. Para él, las mayores comodidades, las mejores comidas, la mejor vajilla, la mejor marihuana, las mejores conejitas Playboy, con tal de tener un entorno apropiado para sus brotes de genialidad, aún en desmedro de su equipo técnico, familia (que siempre ha trabajado con él) y actores. La actitud hacia los dos primeros, dado el desmesurado crecimiento de su ego ante el éxito repentino y su tendencia a abusar del cariño y la paciencia, no resultó extraña. Mas sí con los actores. Si había algo que aquel mundillo le reconocía a Coppola como director, era su excelente relación con este gremio, aún en los momentos en que las filmaciones se volvían cuesta arriba, como ocurrió durante El Padrino. Solitario, gordo, sudoroso, agobiado y autosuficiente, un calco del coronel Kurtz, el delirante personaje interpretado por Brando en Apocalipsis now!, Coppola logró concluir su aventura personal a costa de un desgaste a raudales.

Tras esta confusa y hoy revalorizada obra de arte, algo cambió para siempre: la genialidad y rentabilidad ya no se dieron la mano en sus siguientes películas, entre ellas intentos por homenajear el cine clásico de los cincuenta, la vuelta del mito de Drácula (que lo sacó de una nueva bancarrota) y una fallida relectura coreográfica de la mafia. Al menos según lo que dictamina el juicio caprichoso del público y la crítica. “¿Quién dice que, pasados los años, no las encuentren geniales? –reflexiona Coppola en la actualidad-. Me hicieron pedazos en mis primeras películas y hoy son consideradas clásicos”.

Epílogo

“En las familias, sólo hay espacio para un genio”, acostumbra Coppola a repetir en las entrevistas, más en serio que en broma. Lo hace con una juguetona malicia, consciente de la tribuna que siempre habrá delante de él, haga lo que haga, y con su hijo Roman como parte de su equipo, escuchando y merodeando tras bastidores. Razones para tener delirios de grandeza le sobran: haber alcanzado la gloria en menos de una década como guionista y luego director, con siete premios Oscar a su haber. Pero también descendiendo al abismo, una década después, con un proyecto delirante en tierra extranjera. Luego vinieron sucesivos manotazos para mantenerse a flote, los estimulantes químicos y naturales, la gimnasia bancaria, los préstamos de sus enemigos productores, las desconocidas de sus compañeros de generación (cansados de tanta megalomanía incluso para arruinarse). Al final, y para no perecer, Coppola debió abandonar su filosofía de vida destinada a jugarse el todo o nada por el cine, deshacerse de muchas cosas valiosas -entre ellas su empresa American Zoetrope y luego Zoetrope, más toda la tecnología acumulada en sus diferentes dependencias-, a cambio de negocios más rentables como la producción de vinos y pastas, más la administración de hoteles. Lo que no significó el abandono del cine, sino cierto relajo en los principios y trabajos comerciales por encargo, incluyendo un corto para Michael Jackson y una versión de El Padrino para la televisión con escenas añadidas.

En sus últimos años, Coppola comenzó a experimentar el mismo drama de su maestro Orson Welles en sus años finales: un genio prematuro, con una película inmortal a su haber (en su caso una saga mafiosa en dos partes) y con una reputación en los estudios de problemático, poco fiable y derrochador. Hoy se le puede ver barbón, canoso, barrigón, reposado y simpático, a modo de moderno Santa Claus, posando en fotografías junto a los turistas que visitan el valle de su propiedad en California. Y, de ser posible, haciendo algo de cine, pero cada vez con más dificultad, a pesar de -o debido a- su condición de clásico viviente.

“No me quejo, esa es mi vida”, diría don Corleone.
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20 feb. 2017

Bautizo en Los Siete Espejos

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

A ver si logra convencerte de nuevo este verso mío pobre, cojo, mentirosillo, tartamudo, para ascender otra vez, tomada de mi mano, cansada de tanto patiperreo sin sentido (para ti), probando apenas un pan con mortadela, chaparritas secas y sorbos de cerveza tibia sacados de una mochila con raspones, avanzando por Cabo de Hornos, calle del Cabo, del Chivato, de la Piedra del Rantillo, Las Zorras, Esmeralda, Aníbal Pinto, Melgarejo, Cumming, Elías, hasta esa pensión de mala muerte -así la llamas desde que te pillé volando bajo y logré meterte dentro de una de sus piezas, sin tiempo de apagar la luz y descorrer cortinas, tan inspirados por la brisa marina, el uno junto al otro, la ropa pisoteada, tu espalda y mi pecho en frote imperfecto, apoyados en la ventana que da al murallón de ladrillos y a la curva del camino cintura, ocasión en que olvidaste hasta avergonzarte-, con sus pasillos tapizados de retratos de Neruda, Allende, Fidel Castro y la obra gráfica de los hermanos Larrea, más trocitos de minerales nacionalizados, recordando un pasado glorioso aplastado por la bota milica, sin poder salir todavía de los pliegues de esa suela. Construcción en punta, rodeada de un cementerio con los huesos patrimoniales de porteños que nos antecedieron, un par de abuelos, tíos, amigos y conocidos, mis genes y herencia, una cárcel venida en centro cultural, basura pegada como costra a la ladera, pan, techo y abrigo para ratones insolentes, y una vista hacia un trozo de mar condenada a perecer por el boom inmobiliario. Quisiera que valoraras a quienes nos antecedieron abriéndose camino, con el sudor de su frente y su entrepierna, a través de una quebrada natural con una cascada pura y delgada que separaba un cerro de otro, Cárcel, Panteón, Elías, Florida. Después, un empinado caminito de tierra para los vecinos asentados en sus faldeos, cazadores de zorros y conejos, recolectores de agua, quienes, en sus inicios, correteaban al mar y ascendían siempre un poco más, tal como pretendo que lo hagamos ahora, mientras esperamos junto al Rey Neptuno de la Plaza Aníbal Pinto que baje el sol. Imagina las rocas dinamitadas para ensanchar espacios transitables a gañanes y prostis (así llamaban mis tías a nuestras vecinas para suavizar en algo la rudeza de su empeño), los poco reconocidos fundadores de este puerto feo y desaseado, del cual soy heredero, monarca indiscutido, mal vestido y reproductor de costumbres, calenturiento (no me conociste, precisamente, en un convento, así que no te quejes), bautizado por obra del azar en el mismísimo salón de Los Siete Espejos, creo habértelo contado en otro patiperreo. Mi padre, un pobretón estudiante con ideas rojizas, cargaba conmigo en sus brazos por las calles Cajilla, La Matriz y Clave, en dirección al plan, cuando, en la entrada misma de aquel burdel, tal vez admirado por mi lozanía infantil, el administrador -peinado al agua y con un cigarro en la boca- me arrebató de sus brazos y me condujo desde una fachada de latas por un pasillo oscuro y de aire viciado. Mi padre, sorprendido, intentó seguirlo, pero sólo avanzó hasta el marco de la puerta y retrocedió, miró hacia los extremos de la calle sin que apareciera alguien a quien pedirle ayuda, mientras yo era besuqueado y abrazado, con dos años apenas cumplidos, por prostis trasnochadas, clientes regalones y con caña, mariconcitos responsables del aseo y las compras. Tan lindo el niñito que tiene, rosadito y macicito, felicitaciones y cuídelo mucho, dijo el administrador a mi padre devolviéndome a sus brazos y ofreciendo su sonrisa cariada, y así nomás me criaron, con la leche repartida por el Chicho en su mandato hasta lo que todos sabemos, el famoso bototo que nos aplasta. Ni con todo el jabón, colonia ni desinfectante del mundo, frotado con algodón sobre mi mejilla, mi padre logró quitarme este pedazo de puerto viejo que siempre cargo conmigo y por el que tú pagas ahora las consecuencias. 



Fotografía: Sergio Larraín
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17 feb. 2017

Sangre, satén y organza

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 



Parece una mascotita con cada arranque de locura que le provocan mis palabras, sin preocuparse que su brusquedad se vuelva choque, empujón, cosquillas y caída libre desde la cama al piso de madera, como los sacos que se sueltan de las manos en alguna mudanza, tan comunes ahora en los desalojos de inmigrantes en los edificios cercanos al Mapocho.

Desde una pieza contigua, de vez en cuando, alguien lanza puñetazos a la pared para silenciarnos, provocación que ella responde con una lisura, volviéndose con ello más risueña que al inicio, mucho más saltarina y yo, desde mi lado, más receptivo, tembleque y cosquilloso. Ella insiste, saca la ropa de cama del respaldo, empuja la colcha, arruga las sábanas, sumerge su cabeza con peinado y más dentro de este enredo, colmando de sí el poco aire disponible, sofocándome.

De nada sirve que yo intente poner la ropa de cama en su lugar, al menos por encimita, para la pura apariencia, cuando su capacidad para el estrago es cada vez mayor, quedando buena parte de mí a la intemperie, maltrecho ante el pudor al dejar en evidencia mis propias mutaciones, mejor taparme con un pedacito de sábana, mientras ella se luce enterita, una doña madura en exhibición, generosa, en defectos y grandezas, pliegues y zonas lisas, girando su rubio teñido como remolino, posando su retaguardia junto a mi cara como para una foto obscena, riendo más fuerte a mi espalda y ganándonos otra protesta en la pared contigua.

De pronto, un nuevo salto y su frasecita, “¿en serio eso pensó de mí?”, para seguir clamando, con agudos grititos, por más detalles de mi relato de hace años, porque jura no recordar demasiado sobre el momento aquel de la primera imagen, una estampita como las repartidas por ella a modo de recuerdo entre amigos y parientes, menos a mí porque las tengo contadas (imposible olvidar este primer desprecio, dicho con dulzura pero desprecio al fin), en un conventillo a sólo un par de cuadras de la pieza adonde ahora nos estiramos y contraemos, después del topetón, los gritos y la denuncia, entre artesanías, dulces y pasteles, hamburguesas de soya, libros viejos, posters y daguerrotipos, intercambio ácrata y antigüedades varias de la feria itinerante en los alrededores de la Plaza Yungay. De reconocernos, de frente, en medio del bullicio en lo que aún el tiempo no nos había arrebatado, mi pedazo de mirada torva, su pequeño gestito tierno, movimientos simples de los dos, pero suficientes para ir -primero con las esposas puestas, apretándola luego con el brazo, disminuyendo de a poco la fuerza, más allá tomados de la mano- por el interior de esas calles, descartando el microbús de acercamiento hasta la Quinta Normal que nos habría llevado gratis pero demasiado apretados, itinerario conocido para una trotona cualquiera y su apéndice masculino.

“Yo de lo que me acuerdo fue de una pelea. ¿Usted estuvo en una pelea? La sangre quedó en el piso por varios días hasta que se secó”, dice mirando al techo, sin parar de saltar, utilizando sus nalgas carnosas como resortes, con la memoria floja pero suficiente para acabar muy cerca el uno del otro, menos estáticos que aquella vez en que la divisé sentada junto a la puerta de la cocina, abriéndose y cerrándose con tanto preparativo, cuando el día amenazaba con avanzar más rápido y alejarme de aquel conventillo donde yo aguardaba a mi madre, en ese momento clamando por caridad filial, y la niña del vestido de satén y organza esperando una celebración dedicada a su persona, pero conmigo al margen.

La luz del día que viene del pasaje se entromete por la ventanita y exagera el efecto de los espejos dispuestos en la pieza, nos multiplica y desorienta; a mí indefenso, a ella saltarina y exhibicionista. También multiplica nuestra ropa puesta en montoncitos sobre el piso de madera: camisa verde, pantalón de tela de tono más oscuro y la línea del medio deshaciéndose en su descenso al suelo, confundida con el cinturón, el arma, slips de algodón, zapatos en punta y lustrados, un chicle, pelos y pelusillas pegados en una tabla, balas esparramadas como juego de naipes. Más abajo, un vestido de florcitas color damasco, medias corridas, calzones mínimos y tacones gastados por años de cacería delictuosa en el sector, vueltos ahora un enredo semejante a la maleza y la basura escoltándonos por calles, pasajes, sitios eriazos y construcciones de edificios a medias. Durante ese tiempo, me sumí en una espera que, de tan larga, aún siento como derrota, un dolor en la quijada pero más en el orgullo, mejor olvidarlo y pensar en la chica del vestido de satén y organza vuelta señora de carnes generosas que hace crecer, entre la sábanas arrugadas, un entusiasmo que de infantil no tiene nada.

Ella confecciona un moño espontáneo para controlar la electricidad de sus destellos de platino y se acomoda mi gorra sobre ellos. Se contorsiona, luego, con desenfado, ojos maliciosos y muy divertida, para sacar las esposas del velador, pero se lo impido con un leve palmetazo en la muñeca, donde mis ojos te vean, bandida. Sin siquiera molestarse, vuelve al ataque y toma con ambas manos mi exterioridad, llevándosela a sus labios gruesos y pintarrajeados, chocando con el recuerdo de la muchacha de doce años sentada en la banca de madera de ese patio largo y estrecho del conventillo de Herrera esquina Catedral.

“Ya poh, cuénteme más, dígame qué pasó ese día ¿Cómo lo hizo para no toparse con su primo? Él siempre decía que yo era su novia y su voz era ley en el pasaje. No le debió salir fácil”, interrumpe su saboreo, como si se tratase de una paleta de caramelo comprada en los recreos, a la salida de la Escuela Salvador Sanfuentes o en los paseos con amigas por el parque de la avenida Diego Portales, haciendo oídos sordos a las groserías de los muchachos del Liceo Cervantes, y que ahora evoca con cada probada gustosa, a medida que aumentan mis espasmos. Yo regreso para hablarle de un parrón enorme que casi cubría el pedazo de cielo del patio común, espacio único y enrarecido, igual a esta pieza que ahora nos cobija, si hasta puedo sentir el sol tibiecito luchando contra el frío que bajaba de la Cordillera y la cercanía del baño compartido por las familias. De semejante escondrijo infesto, un ancianito borracho salió subiéndose el cierre del pantalón mientras se tambaleaba entre las plantas. Casi derramando el vaso de vino tinto que lo esperaba junto a la artesa, se le escuchó llamarla. Ella, sonriendo, le respondió: después tío, quédese tranquilo, hay gente y es temprano.

“En serio, ¿eso pensó de mí?”, insiste ella hoy, girando como si estuviera en las arenas de la playa, pero donde sólo hay una cama desordenada conmigo con la mitad del cuerpo en el aire y la otra, sosteniéndose apenas sobre las sábanas.

Fue un ángel de satén y organza lo hallado por mí en ese patio largo y estrecho del conventillo. Es un vestido de Primera Comunión, me aclaró sonriendo al reparar en mi llegada, recogiendo los encajes con sus manos blanquitas para no ensuciarlos con tanta tierra y caca de perro que había en el suelo, dejando a un lado el libro de rezos, salmos y estampitas, y yo sin atreverme a preguntarle otra cosa, apoyado en uno de los palos de madera podrida que sostenía el parrón, interrumpidos por los gritos de otros niños llamándola hacia la parte techada del patio, cerca de la entrada. La vi levantarse y correr presurosa por un pasillo, con las blondas levantadas a la altura de los muslos y unas medias blancas con adornos, deteniéndose al lado de un muchacho, un vecino del conventillo, mi propio primo, más bien, para jugar al casamiento: cura postizo, padrinos, testigos, invitados y, lo peor, ella aceptando risueña una farsa tan odiosa en medio del bullicio. Después, un llamado de mujer a los niños para compartir un tazón de leche con chocolate y torta dentro de la casa. ¿Quién es este cabro?, preguntó mirándome con odio. El hijo de la fulana, un pariente nomás, le respondieron. Se tiene que ir, ordenó. “¿Se quedó paradito esperando a que yo saliera de nuevo? ¡Qué lindo!”, dice ella sin dejar de enrollarse de un lado para otro, quedando con la mitad de su cuerpo bañado por un rayo de sol colmado de polvo suspendido, cubriéndolo a plenitud y esparciéndose con un orden casi militar por su desnudez.

Pena, más espera y rabia, sin mucho por hacer. Vagar mientras mi madre hacía la entrega de los paquetes de ropa lavada a vecinos y parientes repartidos en esa parte del Barrio Yungay. Presenciar una ceremonia falsa como Judas Iscariote en el pasillo de un patio y después, por fuera, una ventana con una once para niños elegidos. Sólo siluetas y sombras, el frío urbano desconcentrándome, poca luz. Al verla salir de su casa, me atreví a hablarle, olvidaste esta estampita en la banca, fue la excusa y nos sentamos. Contemplando su vestido de satén y organza, rodeados de plantas que alcanzaban el techo, ventanas por todas partes, pasillos angostos, tazas, platos, tenedores y cucharas sucios de regreso a la cocina, me animé y le pedí la dirección de la casa, la anoté en un boleto de microbús pensando en futuras cartas donde le diría muchas cosas que en ese momento callaba. Los dos debajo del parrón que ya cubría la noche plena de Santiago, hedor del ambiente tornándose fragancia en su compañía, conversación por pedacitos sobre su madre, hermanos, amigos, el perro, los estudios, su tío viejito, yo sólo asintiendo (demasiada la timidez como hijo de lavandera para decir algo más), temiendo que aquello se quebrara como una fuente de cristal de tan precaria en su confección, tal como de hecho ocurrió, ni que lo hubiese sabido. Un puñetazo y su estallido en mil pedazos, mi quijada arriba y la tierra recibiéndome con toda su brusquedad, mientras ella recogía más su vestido para esquivar el polvo levantado por la golpiza. Me acompañaron, entonces, sus zapatitos reina y en puntillas, sus pantorrillas de medias blancas con adornos; luego mi madre ayudándome a ponerme de pie y sacudiéndome la ropa con rabia. Camino a casa, una reprimenda por hacerla pasar tamañas vergüenzas delante de familiares y por no tener dónde caernos muertos.

“Claro que sí, ahora si me acuerdo. Usted era el de las cartas. Con el uniforme no le reconocí. Sí, recibí muchas cartas, pero no sabía contestarlas. Las leíamos con mis hermanos y nos daban mucha risa. Las escondía de su primo, porque eso lo enfurecería aún más. No puedo creer que me viera así… es tan raro todo lo que dice”, sin convencerse del todo, girando hacia el lado vacío, empujando la colcha, la frazada y las sábanas. Mientras raspo otro poco de recuerdo, le pido más explicaciones sobre lo raro de mis palabras. “Que me viera así, poh, tan purita”, contesta. Insisto en una respuesta mejor. “A los doce años yo ya conocía de hombres, a su primo matón y a mi tío, el que pasó junto a nosotros subiéndose los pantalones. Ellos me daban plata y yo me quedaba callada”. Me niego a aceptarlo, demasiado cruel, me repele su desenfado. “Ahora entiendo lo de la sangre en el suelo”, dice ella pensativa, por primera vez inmóvil en el espejo, sin prestarle atención a mi dolor.

La verdad y su acomodo resbalan de mis manos, caen de la cama para juntarse con la ropa tirada y se suman al desorden del suelo. Sólo queda la historia de una rubia sin infancia, dedicada a robar en las cuadras de Ricardo Cumming, Catedral y San Pablo, en la vieja estación Yungay, o buscando clientes entre los pasajeros que descienden de los buses interprovinciales, frente a la Quinta Normal. Siempre que no sea denunciada a un policía que pasa de pura casualidad por ahí, que la reconoce y se atreve a negociar la sanción dentro de esta pieza. Le digo que no le creo ni una palabra. “Problema tuyo si no me creíh, paco culiao”, comenta ante una nueva arremetida de mascota, moviéndose hasta hacerme agonizar, luego su gemido previo al derrumbe de los dos cuerpos agotados, las sábanas en el suelo, el vecino golpeando la pared y también la puerta para que nos callemos de una vez.

Relato galardonado en el concurso "Lánzate un cuento con las Lanzas", Santiago, abril de 2015

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8 feb. 2017

Amnistia para Narea

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

En medio del regodeo lector, decidimos hincarle el diente a Los Prisioneros. Biografía de una amistad de Claudio Narea y, después de mucho tiempo, lo eximimos de los tres pasos que componen el paredón de las letras: libro cerrado antes de tiempo, libro amontonado, libro olvidado.

Vamos precisando: se trata de la reedición de la obra Mi vida como Prisionero, de 2009. Según el propio Narea, tomó la decisión a causa del cercenamiento de capítulos impuesto por la editorial y que dejó varios cabos sueltos (tuvimos acceso a esta versión y corroboramos que aquello ocurre más en la última parte del libro, la más truculenta). Esta vez, Narea decidió entregar un texto más trabajado, con otro título y editorial, incluyendo esas partes faltantes, más un agregado en su última tercio. Con ello, presumimos, asumiendo la polvareda que la iniciativa traería consigo. Era que no, tratándose de la historia del grupo musical Los Prisioneros, acostumbrado desde la cuna a los dimes y diretes con el sistema –y en plena dictadura-, con sus pares, entre ellos y el propio público, de eso ya tres décadas. Su legado: un ramillete de canciones y discos de letras filosas, respondonas, ácidas y de estilos varios que van desde el punk, el new wave, la electrónica, el pop, el folk, el rockabilly y la balada. 

Dejando atrás la coyuntura con la cual se han llenado páginas reales y virtuales, con las correspondientes andanadas de insultos de un lado y de otro de la fanaticada, nos queda un libro de escritura simple, grata, fluida y esmerada. Es la versión de uno de los tres integrantes de una de las bandas más populares de la música popular chilena. Aquel muchacho que, en un extremo del escenario y en un rincón del estudio, recreó el fino (y según el mismo, timorato) guitarreo de la mayoría de los temas de Los Prisioneros (se me viene a la cabeza el solo punk de La Voz de los Ochenta, el riff policial de Sábado en la Noche y los compases cincuenteros de Sudamerican Rockers). Así, la obra va recreando desde las primeras bromas adolescentes, donde la música, los chistes, las historietas y los dibujos se fusionaron en creaciones grupales que decoraron cuadernos escolares (espíritu festivo que Narea reivindica y añora en todo momento), hasta los discos finales bajo la influencia omnipresente del líder por antonomasia del trío, Jorge González, justamente, cuando la beligerancia entre ambos sobrepasó los límites tolerables.

La recreación de los primeros años, la vida de barrio y de estudiantes en San Miguel, son de antología por su belleza y sencillez. Sin embargo, la lectura no decae cuando el relato se introduce en los derroteros de la vida adulta: la fama repentina, la pobreza disfrazada de éxito, los excesos y desvaríos hormonales, la persecución política, los líos económicos y los primeros (y, a partir de ahí, permanentes) roces entre Narea y González. Junto con trasmitir su versión de los hechos (algo completamente legítimo no sólo para el escritor, sino para todos los que participaron en esta gesta pop ya legendaria), el autor arma una narración testimonial con personajes de carne y hueso, creíbles y muy cercanos. Desde un Claudio Narea que prefería ser un ratón de biblioteca de la cultura musical que un rockstar chileno, además de su timidez y falta de carácter ante el genio de su compañero y principal compositor, pasando por su preocupación por los ingresos económicos y su búsqueda religiosa. Un Jorge González fusionando éxito y explosividad, derrochando acidez en familia, con amigotes, en reuniones grupales o sobre el escenario, más su reconocida y desbordada genialidad compositiva acompañada de egoísmo y manipulación enfermiza. Un Miguel Tapia, baterista y permanente enlace entre los otros dos integrantes de la banda, a veces sorprendido de sus enfrentamientos y, en otras, fingiendo ignorarlos para no tomar partido por uno de los bandos en disputa. 

Narea escribe como un alumno aplicado que realiza una composición para su clase y, mientras se acomete, se da cuenta que estas largas vacaciones ochenteras también tuvieron un período pantanoso. Y decide seguir adelante con valentía (entendiéndola como el miedo que logra ser superado), en un tono de honestidad y coherencia que el lector agradece. 

Celebramos libro, narrativa y nueva edición. Asumiendo, en todo caso, que la actitud nace del fanatismo por Los Prisioneros y un consumo compulsivo de los libros habidos y por haber referidos a su historia (Corazones rojos, Exijo ser un héroe y Maldito Sudaca), con elementos de epopeya y también de teleserie. Al fin y al cabo, para comprender una historia en todas sus aristas, hay que adentrarse lo más posible en la totalidad. Los Prisioneros. Historia de una amistad entrega una parte fundamental de este rompecabezas, zafa a Claudio Narea de los grilletes que por momentos sintió llevar en una aventura nada de fácil y, lo que es mejor aún, lo consolida como un autor que genera expectativas de una nueva obra.
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6 feb. 2017

Svengali

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Gema rarísima, de desconcertante belleza. Svengali, película de 1931, dirigida por Archie Mayo y producida por los estudios Warnes Brothers bajo el sistema Vitaphone. Protagonizada por John Barrymore y una adolescente Marian Marsh (la dueña de esa mirada adorable e insana de la imagen), está basada en la novela de George du Maurier de nombre Trilby, publicada a fines del siglo XIX a modo de folletín y considerada, una vez convertida en libro, como el primer best sellers de la historia. Sin la resonancia de otros clásicos del cine de la época como Drácula o Frankenstein, la base de la historia es el mito de Pigmalión -señor maduro educa y se enamora de joven sencilla- recreado ahora en clave gótica, con elementos del impresionismo alemán (decorados deformes, luces y sombras generadoras de angustias, ángulos peculiares incitando al abismo), en los días de la bohemia parisiense. Svengali (Barrymore) es un profesor de música excéntrico, desastrado, inestable, manipulador, que se gana la vida haciendo clases, en su mayoría a mujeres solitarias, parloteando un francés con acento germano de toque malévolo. Cuando conoce a una joven de nombre Trilby (Marsh), modelo nudista tan despreciada socialmente como él, utiliza su habilidad para hipnotizarla y así manejarla a su arbitrio. La escena en que Svengali ejerce su poder a distancia sobre su víctima, con sus ojos convertidos en dos bolas luminosas, cruzando ventanas, tejados y calles, es una de las más recordadas del film. Gracias a los poderes mentales de Svengali, Trilby se convierte en una exitosa cantante lírica. Junto con ello, la vida de la muchacha se va ligando a la del músico de una manera indeleble, mientras un pintorcillo insufrible intenta impedirlo. La obra causó (y sigue causando) la molestia del gremio de los psiquiatras por darle a la hipnosis una fama ligada a los chapuceros y a las ferias de diversiones, por sobre la práctica médica dedicada al bienestar mental de los pacientes. Vi esta cinta por primera vez una madrugada de fines de los ochenta, en la señal cultural del canal del estado, tiempos en que uno podía toparse con estos programas en la televisión abierta. Vaya insomnio que me provocara.
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31 ene. 2017

Boogie sudaka: el rock y sus circunstancias

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .-

Fabio Salas, escritor rockero. Más bien cronista literario del rock. Desde Chile hacia el resto del mundo. Su primer alarido, una tesis de grado en literatura de la Universidad de Chile, a mediados de los ochenta. Con el infaltable "sapo" de la dictadura en la comisión evaluadora, mandatado por el rector designado para aguarle la fiesta al candidato. Pretender elevar a categoría académica los desvaríos de chascones reventados, lascivos y con mensajes subversivos, ni pensarlo. Temían que al permitirlo aunque fuese una sola vez, se vendría el desbande total en la casa de Bello. Pero el "sapo" no consiguió su objetivo y Salas pudo salir al mundo con su título bajo el brazo. 

Más tarde, nuestro reseñado aprovechó buena parte de este material en la publicación de su primer libro, Un grito de amor, en 1987. Por primera vez, un chileno se adentra en el análisis de contenido de las letras de las más importantes canciones de la historia del rock. Desde los primeros acordes de mediado de los cincuenta con Little Richard, Jerry Lee Lewis, Chuck Berry, pasando por el paraíso amoroso y libertario de los sesentas con Bob Dylan, The Beatles y The Rolling Stone, para seguir con el rock duro, progresivo y el glam de la década siguiente con Led Zeppelin, Pink Floyd y David Bowie, hasta aterrizar con el incipiente movimiento grunge de principio de los noventa. 

En esta oportunidad, el cronista rock da un salto hacia adelante en su cometido de estudioso y difusor de este género de la música popular con Boogie Sudaka. Memorias de un rockero chileno (2014, Ocho libro editores). Tomando como premisa el texto del poeta Pablo de Rokha "(…) la batalla por la vida está perdida de antemano, y sin embargo, lo heroico es ganarla" y parafraseando al cineasta Stanley Kubrick "yo soy lo que son mis discos, mis libros y mi DVD", se lanza en la aplicada elaboración de su propio credo melómano. Desde el mismo Big - bang, cuando en la dolorida adolescencia se dio cuenta que esta nueva música podía ser su refugio en contra de los terrores de la dictadura, una terapia contra la depresión y un disuasivo para las tendencias suicidas. Más tarde, un sucedáneo ante la falta de esa mujer soñada, única capaz que valorar junto al rockero amante tamañas creaciones de nuestro tiempo, lejanas de los guitarreos poéticos de Silvio Rodríguez y la Nueva Trova. De esta manera, Salas va recreando el proceso de edificación del acorazado con el cual, lentamente, por casi cuatro décadas, se ha movilizado por esta parte alejada del planeta, entre montañas, desiertos, mares y hielos, alejado de los grandes centros creativos y de la cultura del espectáculo por excelencia. 

Un libro que, además de su buena escritura, contiene dosis de honestidad que le salen por los poros. Un esfuerzo por registrar, con la mayor precisión posible, la rica subjetividad del autor en diferentes momentos de su vida en su relación con la música rock. Vinilos, casete, recitales, discos compactos, películas conversaciones, proyectos, amores y odios. Rock del mundo y rock de Chile. Repasados uno por uno, cuentas pendientes y agradecimientos, a los héroes del movimiento (nacionales y extranjeros), a los traidores, aliados, vasallos y regentes del sistema de explotación, académicos universitarios y estudiantes (sí, porque Salas se las ha arreglado, con accidentes y todo, para erguirse como profesor universitario en cátedras relativas al rock en diferentes universidades chilenas), además de dueños de radio que requirieron sus servicios como libretista y locutor. 

Las opiniones que Salas va entregando en los diferentes capítulos –antes y después de The Beatles, el rock progresivo, la televisión, el cine, Frank Zappa, Spinetta, Vervet Underground, Procul Harum, Fulano, Aguaturbia, el Canto Nuevo, entre muchos otros- pueden ser discutibles, algunas injustas, arbitrarias y hasta demasiado estomacales. Sin embargo, tras leer las páginas, imposible cuestionar el esfuerzo del cronista por explicar cada una de sus afirmaciones para que nada quede a medias tintas ni con ambages. 

Mención especial las páginas finales en un recital en Italia la banda progresiva Le Orme al estilo de las novelas de Jack Kerouac o del primer Antonio Skármeta. Una crónica literaria o un relato que vale por sí mismo, pero sobre todo un homenaje a la solidaridad que debe existir entre la gran familia rockera.     
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30 ene. 2017

El purgatorio: acuartelamiento quejumbroso

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Cuando la literatura se inmiscuye dentro de los cuarteles, más de una explosión, grito destemplado o disparo -ojalá lanzado al aire- nos acaba sorprendiendo. Lo mismo sucede cuando abren sus portones de latón para que sus huéspedes salgan y hagan de las suyas en el mundo civil, con uno que otro accesorio. Tal vez esto suceda por esa suerte de hermetismo que rodea a la vida uniformada, por ese estatus de casta especial que dicen tener y, además, su vocación por los hechos de sangre (los de carácter oficial y otros no tanto). Ya sea en clave pacifista, arenga patriótica, alegato antisistémico, cualquier revelación de lo ocurrido dentro de ese microcosmos -donde no se pregunta sino que se obedece- se vuelve infidencia y escandalera.

Escritores de diferente ralea han experimentado este proceso de dar y recibir. Ernest Hemingway y Louis Ferdinand Celine en sus narraciones en las guerras europeas. Mario Vargas Llosa en una escuela de cadetes o en la Amazonía. Para qué decir los diferentes "gorilas" chilenos descritos por Isabel Allende, Jorge Inostrosa, Olegario Lazo y Germán Marín.

Infidencia –pelambre en buen chileno y del mejor- de lo acontecido al interior de un recinto militar encontramos en las páginas de El purgatorio (1951), novela del escritor chileno Gonzalo Drago. Una historia que atrapa desde el comienzo, con su tono a media voz, primero distante, indiferente, como si tratase de un trámite rutinario más de un asalariado –una fila en el banco, para pagar las cuentas, para retirar un certificado-, luego más expectante y finalmente dolorido. Casi sin darnos cuenta, vamos siendo testigos de cómo un grupo de muchachos que rozan la adultez reciben, en poco más de un año, instrucción militar en un regimiento enclavado en un cerro de Valparaíso. El narrador, identificado como Mario Medina, poco a poco se va viendo involucrado (y sumiendo) en la vida de recluta, sin ninguna vocación o interés por aquella. Tal vez por esa despreocupación, los golpes recibidos (físicos y de los otros) le resultan más fuertes y sin sentido. Sin embargo, a medida que avanza su internación forzada, mayor es su resistencia (tan sólo mental) a lo que le ocurre: horarios, órdenes, gritos, ejercicios físicos y castigos. Sólo la solidaridad entre pares vuelve un poco más llevadero el padecimiento y las ansias de libertad al otro lado de las murallas que lo rodean. Medina se pregunta por qué, sin haber cometido delito alguno, se ve sometido a este encierro ciudadano. La respuesta es por su origen provinciano y humilde. En otras palabras, carne de cañón para una hipotética guerra que no le pertenece. En este “purgatorio” no hay espacios para remolones ni soñadores, sino para la obediencia domesticada. 

Escrita en primera persona, con atisbos de amable monólogo interior, a medida que se avanza en la trama de El purgatorio, la historia va creciendo en interés y la experiencia se vuelve más cruda. Así, se rompe la coraza de individualidad de Medina y le da espacio en su relato a las vidas de sus pares, todos unidos en medio de la precariedad, intentando sobrevivir con sus propios medios pero sin olvidar a quien está al lado. El indigente, el rebelde acomodado, el de la hermana bonita, el cabo buena gente, el burro que debe domesticar. Con cada uno de ellos experimenta un tipo diferente de sufrimiento, de acuerdo a la complicidad de quien lo acompañe en una determinada pellejería. Esta sensación de ahogo se prolonga, inclusive, fuera del regimiento, en los días libres, mientras beben hasta el límite de ser sancionados por el sargento o en las visitas a los prostíbulos del puerto. 

Los antecedentes biográficos de Gonzalo Drago indican que nació en San Fernando, en el año 1906 y que perteneció a la generación de 1938 (también llamada de 1942). Durante su infancia, producto de la inestabilidad laboral de sus padres, recorrió diferente lugares de Chile, lo que le impidió finalizar sus estudios formales y que continuó de manera autodidacta. Desempeñó diversos oficios: aduanero en Arica, jornalero del Ferrocarril Transandino, empleado de la minera Branden Cooper en Rancagua y de la empresa Duncan Fox, además de funcionario de la Tesorería General de la República. Bajo los seudónimos de Alsino y Ateneo, en 1928, comenzó a escribir crónicas y poemas en el diario La Semana. Junto a los escritores Baltazar Castro y Óscar Castro formó parte del grupo Los Inútiles. Desde 1938 colaboró de manera intermitente en el diario El Rancagüino y desde noviembre de 1958 se volvió cronista estable con sus columnas “Antena semanal” y “Los libros”. También incursionó en diarios regionales como La Voz de Colchagua, La Región y El Cóndor 

Drago fundamental: Cobre (cuentos, 1941), Flauta de casa (poemario de 1943 con prólogo de Óscar Castro), Una casa junto al río (cuentos y novela corta de 1946), Mister Jara (cuentos, 1973). Falleció el 24 de junio de 1994.
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17 ene. 2017

Scorsese, temblorosa cinefilia

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

De niño, joven, adulto o viejo, Martin Scorsese, siempre nervioso. Tembló en el confesionario al contarle al sacerdote pecados como envidiar la vida apasionante de los gangsters de la cuadra, contemplar las pantorrillas de las liceanas de faldas plisadas que paseaban por Little Italy y masturbarse pensando en ellas bajo las sábanas de su cama. Tembló frente a la pantalla del cine viendo películas extremas en emociones y temperatura corporal para su corta edad, como Ben-Hur y Un verano con Mónica de Ingmar Bergman (con desnudo incluido). Tembló mientras estaba en su cama recuperándose del asma u otra dolencia (que no fueron pocas). O escuchando a sus padres Charles y Catherine (ambos trabajadores de la industria textil) advertirle sobre los peligros de vagar demasiado por las calles, lejos de casa, con tantas pandillas de inmigrantes pululando por todos lados. Al descartar el seminario que lo llevaría al sacerdocio e iniciar estudios de cine en la Universidad de Nueva York. Más tarde, con su hijo pequeño llorando en sus brazos, frustrado de no poder concretar sus planes de consolidarse como autor de una obra personal y única. Por no disponer de recursos para mantener a su familia (el rol de asistente de director, las clases en la universidad y los documentales le daban algo de dinero, pero nunca lo suficiente; por lo que decidió probar suerte en el cine por encargo, a las órdenes de Roger Corman, el maestro del bajo presupuesto). Oyendo embobado a su amigo, el también director de su generación (la del 70), Francis Ford Coppola, cuando le prometía que conquistarían el mundo si persistían detrás de las cámaras. Admirando la obra de su maestro, el forjador del cine alternativo, John Cassavetes, a través de sus películas Shadows y Faces, siendo instado por éste a concretar sus propios proyectos y dejar afuera los ajenos. Mirando con la boca abierta a las aspirantes a actriz desnudas, bañándose o tomando sol, en la mansión de algún productor, una relajada tarde californiana de principios de los setentas. Dando vuelta las hojas de un guion, rayándolas con un bolígrafo, para regresar sobre las mismas, sin convencerse del todo. Instando, tartamudeo mediante, a los discípulos del Actors Studio a improvisar alguna genialidad con la cual alcanzar la gloria (¿Me hablas a mí?). En la sala de edición planificando escenas, tiempos y sonidos. En alguna habitación escogiendo, con los ojos cerrados, una banda sonora específica, recurriendo a su ranking personal, recuerdos de su propia vida, lleno de góspel, rhythm’ and blues y al rock’ n roll. Esnifando cocaína hasta eliminar casi todas las plaquetas de su cuerpo quedando al borde de la muerte, decepcionado del curso que tomaba su carrera, entre farras por París, Roma, Londres, Nueva York, largas hospitalizaciones, sin alcanzar el éxito esperado (al menos eso le decían los productores), con ganas de retirarse para dedicar sus días a realizar documentales sobre santos cristianos. Frente a sus diferentes parejas, siendo cuestionado por su dedicación casi exclusiva al cine, dejando de lado la vida fuera de las butacas. En el plató, junto a sus actores y técnicos, durante el rodaje de Malas calles, Taxi Driver, Toro Salvaje, El color del dinero, Cabo de miedo, Buenos muchachos, Casino, Pandillas de Nueva York, La isla siniestra, Lobo de Wall Street, por decir algunas. Al momento de la restauración de joyas del Séptimo Arte que se creían perdidas, a la cabeza de una institución dedicada el rescate del patrimonio fílmico mundial (World Cinema Project). En todas y cada unas de ellas, Martin Scorsese, siempre tembloroso.

A medida que envejece, su obra mantiene y aún incrementa los niveles de neurosis. Pese a la llegada del reconocimiento de los estudios y los premios. De la conjunción del respeto del público y la crítica. De la experimentación y el entretenimiento. Lo han catalogado de gran creador de personajes, por sobre el desarrollo de tramas. Atormentados, disconformes, místicos, en plena crisis, al borde de o en plena insania. De diferentes épocas, pero en especial de la ciudad moderna, con alienación, aislamiento y angustia. Una repasada rasante al respecto: el maleante juvenil Johnny Boy intentando ser rescatado por su amigo, Charlie, mientras juega con un arma en lo alto del Empire State. Big Bill Shelly y Boxcar Bertha, ladrones de trenes vueltos sindicalistas revolucionarios. El taxista y veterano de guerra, Travis Bickle, apelando a su propio código justiciero, mesiánico y fascista. Jake La Motta, boxeador troglodita, regente de un club nocturno, dinosaurio en pleno derrumbe. El psicótico cuenta-chistes Rupert Pupkin raptando a su ídolo Jerry Langford para que lo incluya como número estelar en su programa. “El Carnicero” Bill Cutting de las cuatro esquinas de Nueva York imponiendo la justicia en su territorio. El desesperado chofer de ambulancia, Frank Pierce, sin poder salvar la vida de sus pasajeros desangrados. Suma y sigue.

Decenas de colaboradores le han permitido a Scorsese plasmar sus obsesiones tras las cámaras, con o sin el apoyo de los grandes estudios. Casi siempre saliendo victorioso. Colaboradores de largas temporadas como Robert De Niro, Harvy Keitel, Leonardo Di Caprio, Joe Pesci, Victor Argo (actores), Paul Schrader (guionista), Barbara De Fina (ex esposa y productora), Thelma Schoonmaker (montajista). Colaboradores de (gran y única) ocasión como los actores David Carradine, Ray Liotta, Nicolas Cage, Jack Nicholson, Ellen Burstyn, Daniel Day-Lewis, Paul Newman. Siempre, aunque se trate de sus creaciones más débiles, Scorsese se las ingeniará para hacer sus tomas peculiares, de cortes intempestivos, de cámara lenta, saltos temporales, fusión perfecta de imagen y sonido. Y con ello concretar su ya indiscutida contribución a la historia del cine, pero no uno cualquiera. Un cine personal, neurótico, existencialista, fármaco-dependiente y de raíces cristianas. El cine de Martin Scorsese.
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