Lo Último

Translate

20 mar. 2017

La casa, el origen, la vuelta

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Ministro 294, una puerta vieja. Sobre ella una pintura a la diabla, carcomida por unas termitas ya jubiladas. Una escalera hija de otra escalera. Más bien su verruga y mirándola de frente. No hay descenso a secas, sólo insinuación, siempre un nuevo “más abajo” desde otro ángulo. Pedazos de esquinas, el plan de Valparaíso, perspectivas infinitas, caos armonioso, arquitecturas sin unidad. Más allá, si se afina la vista, barcos y un pedazo de mar. Una calle más angosta de lo esperado. Cambios que no percibo a la primera. Los objetos libres de hace cuarenta años, una galería, un patio, plantas, árboles con alma atorrante, una vecina borracha fisgoneando, el mariconcito amigo diciéndole adiós al novio en el poste de luz, simplificados ahora en una muralla única, monocolor, proyectada, tan egoísta ella, hacia el cielo. Solo queda erguirse si se requiere algo de aire nuevo. Por de pronto, yo no lo hago. Lo mío es la tierra firme y su vértigo. Vuelvo a la escalera verruga, tan esquinada y descascarada, como si tuviese sarna y otros pesares. Malezas guachas que crecen sin futuro esplendor entre los peldaños. Al costado, pedazos de pastelones puestos en el limitado orden que permiten las duras penas del declive. El cerro, como siempre, obliga a seguir su perímetro fiero, rebelde y choro. Sentarse y respirar en un tiempo más largo que el requerido para trajinar por la vida. Mirar en derredor y decir sí, es mi casa. La vieja casa del comienzo, la primera página del cuento, el Big Bang particular y minúsculo, sólo detectado por mi olfato y no más de unos pocos centímetros más allá. Un día en que el universo apenas tuvo cosquillas y Dios ni se enteró (preocupado, como estaba, de jugarse con el Diablo la suerte del golpe de Estado que se venía). Pocos cambios a la vista, todos para peor. Es mi opinión y ahí se queda. Al menos no la han demolido, me consuelo. Al menos, desde afuera, se siente el mismo aroma. A tierra gredosa, humedad, basurilla, perros, gatos, ratones, chinches, pulgas y garrapatas. Reencontrarse con el propio inicio. La casa más vieja a pesar de los trabajos de hermoseamiento. Con sus ventanas ahora móviles, su estuco permanente, el adobe y el rechinar. Plomiza por vocación. Sin sus amorosos habitantes, eso sí, y ante eso, sólo resignación. Todos dispersos en ésta y otra vida. La abuela protectora, tías y tíos juguetones, primos leales, padres imberbes, el abuelo inmóvil (ya era hora). Yo mismo, sin ir más lejos, cuento con mi propia dispersión. Vecinos de aquel tiempo vueltos con los años personajes de culebrón, destino trágico para cada uno de ellos. ¡Cuidado! Hay riesgo en detener la viñeta. Desde las alturas, detrás de velos y ventanas, los nuevos habitantes me observan. Incluyendo a un perro ingrávido posado a metros de mi cabeza sobre unas planchas de zinc. Un intruso invadiendo el barrio, piensan de seguro, hay que corretearlo. No me entenderían, pienso yo, aunque se lo graficara en dibujos. El que se fue, se fue nomás, sentencian. Aun así, tomo asiento en el segundo peldaño. Con la cámara en tus manos, registras el instante. Se abre la compuerta nubosa y no queda más que lo esencial. Pañales de género hervidos a baño maría en fondos de hojalata. Viento marino helado haciendo el serpenteo ascendente de siempre. Lavadoras con manivela y espuma de Bio Luvil que se rebasa por el pasillo de madera. Calzones de goma, talco, chupete mosqueado y lleno pelusillas. Pero también consentimiento. Como en el aseo corporal paradito dentro de una tina de plástico, tetera de agua caliente, jabón y estropajo, los brazos serviciales de la abuela en fricción permanente, con algodón y colonia, toalla calientita sobre una estufa. Adiós a la piel de gallina, gustosa y regaloneada, con las prendas de vestir que esperan planchaditas sobre una silla. Sabrosa comida de emergencia, marraquetas gigantes y crujientes con mantequilla, huevo frito en paila pegado en costrones de aceite al metal, tostadas con paté de cerdo, té con cucharadas de azúcar, pescado frito en manteca, tortillas con chicharrones, tomate colorido y jugoso con cebolla, gaseosa Frambuesa Nobis para la sed, maicena con leche y chilenitos con manjar. Pobres pero bien comidos, sin tiempo para la sobremesa. Salgo volando y me reciben unos brazos. Vuelo de nuevo y caigo en otros. Como una suerte de vals, abuela, tíos, tías, padres, un vértigo que se detuvo sin aviso. Un camión de mudanza cargado de unas pocas cosas. Subo con mis padres a la máquina para emprender rumbo desconocido. Cuál de los dos más temeroso, toque de queda, nuevo empleo, cuidado con los soplones de la dictadura, convivir a solas con un niño y sus berrinches. Cada uno vuelto hacia dentro, sin toparse con el miedo del otro. Y yo, sobre sus faldas, sin saber de las razones poderosas para sumarme a ese caldero. Nos aprontamos al juego de la familia, la intimidad y autocontrol. Adiós a la casa vieja y al desbande. Viento seco y calor puentealtino. Otra ciudad. Ahora, al regresar a la dirección Ministro 294, quiero ser el mismo que partió. Tarea imposible. Me fusiono con la casa, sólo un instante, mientras me dice tú también has cambiado y para peor. Entonces, de qué me admiro tanto.

Imagen: http://static.panoramio.com/photos/original/32228758.jpg

Leer más...

16 mar. 2017

Sartre: angustia, libertad y acción

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Desde su muerte, tal vez un poco antes, apuntar en contra de Jean-Paul Charles Aymard Sartre (1905 – 1980) se volvió un verdadero deporte para la elite y la servidumbre satisfecha. De las huestes católicas, no podría esperarse otra cosa, a fin de cuentas este filósofo, novelista, ensayista, político, académico, dramaturgo y Premio Nobel de Literatura francés (galardón que rechazó en 1964 para no hipotecar su libertad) dedicó buena parte de sus escritos a lanzar paladas sobre la tumba de Dios. Sin embargo, la virulencia hacia él y su pensamiento también ha provenido de supuestos compañeros de ruta: marxistas, estructuralistas, existencialistas-arrepentidos, fenomenólogos, liberales-conversos, psicoanalistas y psicólogos sociales.

En Chile de hoy, donde hasta el aire tiende a volverse un bien de consumo, si Sartre fuese un personaje influyente, intentarían por todos los medios neutralizar sus palabras con caricaturas, chistes, mofas y persecuciones. Pero como somos un país donde el dominio conservador disfraza la ignorancia como sabiduría popular, las ideas del filósofo pueden seguir llenándose de polvo. En el resto del mundo, aquel dominado por las verdades austeras, oficiales y desde arriba, a Sartre se le recuerda un poco más, pero no necesariamente para bien. Resulta más rentable aludir a su apariencia física, a su excesiva verborrea, a sus cambios de opinión, a su debilidad por las faldas, a sus alucinaciones con barbitúricos, alcohol y café, a su misticismo senil, que a las potenciales consciencias removidas con sus ideas heréticas y radicales. No por nada, sobrevivió a varios atentados en contra de su vida por escribir, hablar y moverse más de la cuenta (se le permitió de todo, pero cuando se puso antinacionalista, muchos de sus compatriotas dijeron ¡basta!).

La cultura popular –de la cual Sartre supo usufructuar mejor que nadie- lo vinculó al pensamiento filosófico conocido como existencialismo. Aún más, le adjudicó la paternidad de éste, pese a que el mismo abjuraría del movimiento a partir de los años sesenta, justamente cuando se volvió una poderosa pero etérea moda entre intelectuales y artistas de impermeable y jovencitas emancipadas (si es alrededor de una mesa de un café parisiense, con el tiempo convertido en aliado, tanto mejor). En honor a la verdad, Sartre fue el principal publicista del existencialismo, pero no de cualquiera, sino uno ateo, comprometido y vociferante.

HUÉRFANO, LECTOR Y POCO AGRACIADO

La fiebre le arrebató a su padre, el oficial naval Jean-Baptiste Sartre, cuando Jean-Paul apenas contaba con un año de vida. Su plácida infancia transcurrió junto a su madre Anne-Marie Schweitzer (hermana del  médico filántropo Albert Schweitzer) y su abuelo Charles. Este último ocuparía el rol paterno enseñándole tempranamente matemáticas y literatura clásica. Tanto a su madre como a su abuelo, Sartre los responsabilizaría, años más tarde, de la primera desilusión de su vida: darse cuenta que, contrario al trato recibido de parte de ellos, a sus rizos largos  y a su vestimenta de niño consentido, no contaba con una apariencia agraciada. Sus compañeros de escuela se lo hicieron notar volviéndolo objeto de sus burlas. Un resfrió lo empeoró todo, dejándole un ojo desviado de por vida. Pero también le dio la motivación suficiente para encantar al resto del mundo a través de su principal arma: el pensamiento.

Su amor a la filosofía nació de la lectura adolescente de Ensayo sobre los datos inmediatos de la consciencia de Henri Bergson. Siguió luego con las obras de Immanuel Kant, George Wilhelm, Georg Wilhelm Friedrich HegelSøren KierkegaardEdmund Husserl, y Martin Heidegger. Al atrasarse un año en la École Normale Supérieure (lugar destinado a jóvenes de la elite francesa) pudo conocer a la escritora Simone de Beauvoir, alumna brillante y su futura pareja sexual e intelectual (una pareja a su modo, en completa libertad para sostener ambos pequeñas relaciones paralelas, sin escándalos de por medio, sino sólo consejos y buenas vibras). También conoció al escritor Raymond Aron, amigo personal y luego detractor (proceso vital que también experimentó con Albert Camus y Boris Vian). En 1929, Jean-Paul Sartre se graduó de doctor en filosofía con la intención de ganarse la vida como maestro. Y dedicar el mayor tiempo posible a la escritura, aunque aún estuviese lejos del reconocimiento masivo que le aguardaría en el futuro.

SIN DIOS NI PERMISO

Sus detractores han considerado al existencialismo y sus cultores como una verdadera bolsa de gatos. Demasiado revueltos y demasiado diferentes, ha sido la queja permanente para desacreditarlos. Como corriente filosófica, el existencialismo surgió en el siglo XIX en las obras de Søren Kierkegaard y Friedrich Nietzsche, el primero conservador católico y el segundo ateo y nihilista. Durante el siglo XX se vincularon con esta corriente, además de filósofos como el mismo Sartre, Martin Heidegger (nacionalista) y Miguel de Unamuno (ateo o creyente según la hora del día), un dramaturgo como Gabriel Marcel (católico), un siquiatra como Karl Jasper (liberal) y novelistas como Albert Camus (liberal), Mario Vargas Llosa (en su juventud socialista y en su madurez neoliberal), Ernesto Sábato (comunista y luego anarquista), Juan Carlos Onetti (adormilado nihilista), Boris Vian (existencialista por contagio) y hasta el cineasta Ingmar Bergman (agnóstico torturado).

Dentro de la herencia intelectual de Jean-Paul Sartre, se encuentra la utilización de la filosofía (además de la literatura y el arte en general) como un arma de compromiso político para hacerle frente a los problemas en tiempo presente. Sartre sostenía que la filosofía no estaba para apoltronarse en las aulas de las universidades ni en los anaqueles de las bibliotecas, sino para sacarla a las calles y avenidas (si son las calles de París, cruzadas por el río Sena y contempladas desde la torre Eiffel, más los labios de Brigitte Bardot, los orgasmos de Jean Birkin y los susurros de Juliette Greco, saldríamos gustosos a vender periódicos y a repartir panfletos, como lo hizo el mismo Sartre hasta edad avanzada, ya convertido en un marxista humanista). En palabras del filósofo, novelista y guionista argentino Juan Pablo Feinmann, para Sartre la filosofía estaba para comprometerse con el barro de la historia y ensuciarse con ella, ideas alejadas por completo de lo enseñado hasta ese momento en escuelas, liceos y universidades. Pero para acercarse a este barro de la historia, había que atreverse a cruzar la calle y quedarse muy atento en la vereda de enfrente (ahí, precisamente donde está amontonado el barrito fresco y ensuciador), pero no por capricho, sino como ejercicio de libertad. Si hoy vivimos alienados es porque alguna vez fuimos libres, aseguraba Sartre, por lo que invitaba a reconquistar esa libertad.

El novelista ruso Fiodor Dostoievski advirtió de manera indirecta en su novela Los hermanos Karamazov, a fines del siglo XIX, en una conversación de dos personajes, lo siguiente: “¿qué será del hombre, después, sin Dios y sin vida futura? ¿Así, ahora todo está permitido, es posible hacer lo que uno quiera?” Décadas más tarde, en pleno siglo XX, Jean-Paul Sartre le respondió: si Dios no existe, no todo está permitido, sino que todo es posible. Se tiene una libertad absoluta que sume al ser humano en una angustia que no debe ser paralizante, sino motivadora hacia la libertad.

¿Cómo llegó el francés a semejante deducción? Vámonos al principio. La afirmación más tajante de Sartre, y sobre la cual se basa buena parte de su filosofía, es que la existencia precede a la esencia (aunque, en realidad, la frase la dijo primero Heidegger). Estamos ante un cambio en la filosofía tradicional, aquella que sostenía que el ser humano corresponde a un proyecto establecido de antemano, donde se ha definido desde el principio (incluso antes) lo que tiene que ser y hacer durante su vida. Bajo esta idea, el ser humano puede verse como algo anterior a la existencia, ya sea como sueño, aspiración o al menos como proyecto. Antes de su llegada al mundo, hay un molde perfectito que lo está esperando para que se acomode en él. Con Sartre este molde se cae y hace mil pedazos. Ni padres, hermanos, tíos, abuelos, amantes, líderes, profetas, Dios, ni nadie anterior ni contemporáneo al sujeto, puede indicarle su proyecto de vida. Yo, tú, él, todos nosotros somos los constructores de nuestra propia vida, repitió Sartre desde el aula, el podio, el café, el bar y la calle. Ya no servirá hablar de falta de oportunidades, ignorancia, enfermedad, injusticias, dolor, mala suerte o errores. No habrá justificación ni lloriqueo posible, pues la obligación de ser libre está por encima de todo.

Aunque Sartre no fue el creador de la filosofía existencialista, la definió de manera elocuente en la siguiente afirmación: la verdadera esencia del hombre es su existencia. Es decir, la condición, identidad y manera de entender de un sujeto corresponde a lo que hace. El sujeto, por lo tanto, se realiza a través de la existencia, debiendo evitar cualquier condicionante, pues sólo así alcanzará su libertad de manera absoluta. Pero reconozcámoslo -dijo Sartre- este ejercicio de existir continuamente para llegar a ser uno mismo, sin pausa ni respiro, supone una angustia existencial enorme y que definió como hastío, asco o náusea. Cada gesto, por mínimo que sea, constituye presente y humanidad. La otra parte de esta angustia se refiere a cómo, con esa responsabilidad frente a las infinitas posibilidades sin condicionamiento alguno, elegimos un determinado camino y no otro. 

Sartre ubica, entonces, la libertad en el centro de las preocupaciones del ser humano. Por lo tanto, se está condenado a ser libre. Incluso, cuando no elige, el sujeto está decidiendo no elegir.  Esto lleva a una libertad vivida que debe evitar las llamadas conductas de mala fe que ocurren cuando el sujeto se deja engañar. Si los individuos se quedan callados y aseguran que no ocurrirá nada con esta omisión, según Sartre, se está cometiendo un acto de mala fe. Aunque se insista en la ceguera, sí pasan cosas y muchas. Si no se asume la responsabilidad de realizar el propio proyecto de vida, como individuos y como sociedad, alguien lo hará de todos modos. El silencio y la inacción ante las injusticias y las catástrofes sociales conllevan un ejercicio de complicidad con el estado de las cosas. Por lo tanto, no queda otro remedio que actuar en el presente. La libertad absoluta del sujeto es intervenir en su propia vida, porque de lo contrario caerá en una conducta de mala fe, dejándose llevar por el otro y renunciando a su propia libertad.

OPINIÓN GLOBAL

Entre 1929 y 1931, Jean Paul Sartre formó parte del Ejército Francés. En 1939, durante la Segunda Guerra Mundial, cumplió funciones de meteorólogo –debía lanzar globos meteorológicos hacia los cielos, lo que le daba la posibilidad de divagar con el infinito como fondo- hasta ser capturado por las tropas alemanas en 1940. Pasó nueve meses como prisionero en dos centros de detención. El mismo reconoció que nunca abandonó el estudio de la filosofía ni siquiera en los momentos más duros de su confinamiento. Su consuelo fue llenar las hojas de una libreta que logró conservar una vez alcanzada la libertad.

Durante la Segunda Guerra Mundial, pese a que se declararse contrario al Nazismo, pudo escribir y montar piezas teatrales en las narices de estos invasores. En la puesta en escena de la obra antibélica Las moscas, de 1943, contó sin ir más lejos con varios oficiales nazis como espectadores (no entenderlas no les impidió, en todo caso, aplaudirla de pie). Más tarde, Sartre apoyó a los argelinos en la guerra contra Francia (1954 – 1962) y cinco mil veteranos de guerra marcharon por los Campos Eliseos coreando su muerte, por lo que debió buscar un refugio que pronto fue descubierto. Opositor al gobierno de Charles de Gaulle, éste se negó a encarcelarlo pese al consejo de sus asesores, comparándolo con el mismísimo Voltaire. Durante los inicios de la Guerra Fría, se alineó junto a la Unión Soviética hasta la invasión de este país a Hungría en 1957. Apoyó la Revolución Cubana en sus inicios, visitó la isla, se entrevistó, bebió whisky y fumó con el Che Guevara y luego se distanció de una burocratizada dictadura de los hermanos Castro. Alentó las revueltas de Mayo del 68 en París y se le acusó de ser su inspirador. Apoyó causas de extrema izquierda en el mundo, inclusive ciertos atentados terroristas, como único camino de los marginados por contrapesar el poder que los aplasta. Antes de morir, ciego, enfermo y manipulado por una pareja de discípulos judíos, le pareció que su vida no podía ser fruto de la casualidad y la presencia de Dios, después de todo, ya no le era tan descabellada.
Leer más...

9 mar. 2017

Sábato: grandilocuente, depresivo y pirómano


CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Ernesto Sábato (1911 - 2011) a quien más tomó en serio en la vida fue a Ernesto Sábato. Y bien en serio. Tanto en el decir como en el hacer. Imposible determinar la cantidad de hojas que el escritor argentino lanzó a la hoguera en sus 99 años de existencia. Lo hizo movido por arrebatos de autocrítica, autodestrucción y también de vanidad. Sin ir más lejos, su reconocida novela Sobre héroes y tumbas fue salvada de chamuscarse entre las llamas por la diligencia de su esposa Matilde. Sábato reconoció en el programa televisivo del español Joaquín Soler, en 1977, su vocación de pirómano, oportunidad en que brindó una de sus pocas sonrisas al público para indicar que se trataba de un chiste.

No era un tipo fácil. Los periodistas debían solicitarle entrevistas con meses y hasta años de anticipación. El propio Soler contó frente a las cámaras lo dificultoso que fue traerlo al programa y Sábato lo corroboró con un gesto de “y bueh, qué más se puede hacer”. Por principios, el escritor rechazaba cualquier requerimiento de la prensa. A los más insistentes -como lo fue la escritora Isabel Allende en sus tiempos de joven reportera de la revista Paula-, les daba una remota posibilidad, siempre que le enviasen previamente una pauta de preguntas. En el caso de que accediera a conversar, estaba el riesgo de un cambio de parecer por el más mínimo inconveniente: una mala cara, una impertinencia y hasta un mal día. Después se sucedían los intentos de Sábato por hacer rectificaciones y agregados a las declaraciones preliminares, eliminando con ello cualquier intento de espontaneidad. No era raro que todo el proceso derivara, tras la publicación de la entrevista, en una pelea entre el medio periodístico y el propio Sábato, más los desmentidos de un lado y de otro.

A partir de la década del sesenta, Ernesto Sábato gozó de una amplia popularidad por su obra de ficción y ensayística. Se le consideró un integrante especial del Boom Latinoamericano junto con los escritores Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y su compatriota Julio Cortázar (cuando Sábato no aparecía mencionado entre ellos, su puesto lo ocupaba el chileno José Donoso, quien reconoció en la lectura de Sobre héroes y tumbas la inspiración necesaria para concluir su novela El obsceno pájaro de la noche). Sin embargo, cada vez que pudo, Sábato desestimó su inclusión dentro de este grupo selecto, negándose a ser considerado un "fetiche comercial”. De paso, deslizaba una crítica solapada al resto de sus colegas por recurrir a herramientas del marketing y a la ayuda del editor Carlos Barral y de la agente Carmen Balcells para promocionar su trabajo.

Purismo
Como ha ocurrido con tantos escritores, el paso del tiempo se ha vuelto un juez un tanto severo con la obra de Ernesto Sábato. En los últimos años, ha comenzado a ser cuestionado el aporte de sus narraciones existencialistas, metafísicas, sombrías, filosóficas y alegóricas a la literatura universal. Luego de un par de artículos literarios publicados en medios escritos, apadrinado por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Victoria Ocampo, Ernesto Sábato publicó en 1948 la novela corta El túnel, donde el pintor Juan Pablo Castel relata, con una minuciosidad enfermiza, los motivos que lo llevaron a asesinar a su amante María Iribarne. Tras un largo y expectante silencio, vino el turno de Sobre héroes y tumbas en 1961 y en ella aborda en clave gótica la historia de una familia aristocrática argentina, intercalando episodios de la guerra de Independencia y el célebre capítulo Informe sobre ciegos, publicado después de manera autónoma (las malas lenguas, que en literatura nunca faltan, relacionaron el título y la trama de este relato con el escritor Jorge Luis Borges, por esos años casi completamente ciego, con quien Sábato mantuvo una amistad en permanente tensión). Finalizó su trabajo novelístico en 1974, con la publicación de la obra experimental Abaddón el exterminador. Así, de ser considerado un clásico a la altura de autores como Franz Kafka, Fiodor Dostoievski, Graham Greene, Albert Camus y Jean Paul Sartre, han comenzado a oírse en los últimos tiempos críticas a su escritura -se la califica de alambicada, redundante y forzada- y a su autoasignado rol de consejero de la humanidad.

El cuentista César Aira, en una entrevista otorgada al medio electrónico El Gusto por leer, contó cómo en su juventud acostumbraba a burlarse junto a sus amigos del supuesto malditismo de Sábato, fantaseando que el escritor poseía un contestador telefónico con el siguiente mensaje: “Esta es la casa de Ernesto Sábato. En este momento no puedo atenderlo porque estoy muy angustiado. Vuelva a llamar o deje su número y lo atenderé cuando esté menos deprimido. Al menos Sábato sirvió para darle alegría a la gente”, concluye Aira con malicia.

La propia biografía del autor está llena de episodios dramáticos, grandilocuentes y sobre todo contradictorios. Por ejemplo, cuando decidió abandonar la física, pese a su prometedora carrera académica y profesional en Europa, para abrazar las ideas surrealistas, haciéndose merecedor -según él- del desprecio de la comunidad de científica. O cuando escribió los primeros capítulos de El túnel en la estación de Zurich, durante una espera de seis horas del siguiente tren, con hambre y frío a cuestas. Para qué decir de su relación de amor y odio con el justicialismo, considerando un demagogo calculador al Presidente Juan Domingo Perón y una auténtica revolucionaria a su esposa Eva Duarte. Sus frustrados intentos de suicidio, su relación martirizante con su esposa Matilde, la temprana muerte de su hijo Jorge en un accidente. Su obsesión con la ceguera (sus últimos días los terminó con muy poca capacidad visual al punto de dejar de leer y escribir y dedicarse sólo a pintar). Sus puestos de burócrata en regímenes de diverso calibre, su apoyo a cruentos golpes de Estado, su ruptura con el comunismo, su apoyo a la causa anarquista, sus consejos al dictador Jorge Videla para instaurar una censura televisiva, al che Guevara para hacer una auténtica revolución en América Latina y a Raúl Alfonsín sobre cómo hacer justicia a las violaciones a los derechos humanos cometidas por el propio Videla… Suma y sigue.

La personalidad de Sábato no le impidió, sin embargo, reconocer que su obra se encuentra plagada de errores. Pero también aseguró sentirse muy bien acompañado en esta carencia, pues las obras de Cervantes y Dostoievski también están plagadas de errores. Ilustres errores.
Leer más...

2 mar. 2017

"Carrascal boca abajo", de reportaje a novela

Leonidas Rubio

Es la primera novela del periodista Claudio Rodríguez Morales. No por eso es una novela primeriza ya que su autor es narrador nato, cuentero a tiempo completo, consumado contador de historias. Así mismo es un omnívoro de géneros, lenguajes, relatos, autores, sin plan ni concierto, insaciablemente, como un pac-man de datos, argumentos, personajes, bromas, imágenes, magazine, política, chismes. Es un depredador de historias, un todólogo, un amateur de tout la chose, un experto en divagaciones mediana o altamente fundadas, un cronista insomne que se da cuerda solo, un expeledor, un regurgitador, un ventilador de cuentologías que tiene en la cabeza una sola forma de entender la realidad: introducción-desarrollo-desenlace, sin obstáculo de alterar el orden o saltárselo o reinventarlo en introrollos, desenrollos, introlaces, etc., desde que se levanta hasta que se acuesta y con toda probabilidad mientras escasamente duerme, como dice él mismo, "por capítulos", y así por años, años y años.

A Claudio lo conocí en 1991 cuando ambos empezábamos a acumular deserciones académicas, decepciones políticas, desatinos sentimentales y mucho pasto de campus anarquista en los zapatos, olor a axila y humedad en mochilas y mezclillas percudidas, comida libre de vitaminas, amigos regulares, clases irregulares, paros sistemáticos, guerras campales de camotes y lacrimógenas. También algunos profesores excelentemente mal aprovechados a los cuales nos gustaba estropear la clase con aspavientos roqueros a lo Jim Morrison, que estaba recién resucitado por el cine y se desplazaba como zombie encabezando la marcha de los nietos y bisnietos del hipismo. A Claudio le encanta recordarme que una vez dije que Octavio Paz era un escritor fascista. A mí me encanta fingir que no me acuerdo. En esos mismos pasillos la mayoría hablaba en un horroroso coa revolucionario con 20 años de retraso que a veces -yo más que él- repetíamos bajo el sopor de la transición en un aire contaminado de guzmanes asesinados, pinochos comandantes, amnistías purgantes, Jonhy cien pesos, comisiones en la medida de lo posible, cacharpaya illapop, inti illi-money, lambada y la primera temporada de un reality show a escala global llamado guerra del golfo. Allí leía sus poemas de "El Bello Charco" el inefable Dago Pérez y yo los que después serían parte de "Cuadernos de Emergencia" ante una variopinta jungla de tránsfugas semi adolescentes de actitud felina, canina, marsupial y más de alguno reptante.

En ese tiempo todavía llovía con alevosía y en Grecia con Macul frente al poder fáctico de un supermercado de teletónico liderazgo se acopiaban enseres para los damnificados de turno en el eterno "Chile Ayuda a Chile". ¿Y quién ayuda a los poetas? decíamos con indolencia nosotros, los verdaderos vulnerables del crédito fiscal y el tiquet de casino para una bandeja plástica con olor a comida digerida. ¿Qué tienen que estar ayudando a viejas picantes que juntan y juntan mediaguas y colchonetas y después las venden y las vuelven a pedir? Era injusto, pensábamos nosotros, dejando pasar las clases tirados en los pastos, viendo pasar a nuestros profesores con sus libros rumbo a la sala. ¿A quién le harán clases si todo el curso está tirado en el pasto por una, dos, tres, cuatro horas? Y así hasta que empieza a hacer frío y hay que irse a casa con las tías que le dan buenas cenas a uno para reponerse de la agotadora jornada de aplanamiento de pasto y prepararse para el pasto del día siguiente.

La mayoría le decía "Pedagógico" a ese lugar. Creo que Claudio también. Yo me jactaba de no decirle sino UMCE, así como nunca me gustaron los Beatles y nunca le dije "patriótico" al Frente. En ese tiempo Claudio era tímido, de sonrisa fácil y palabra medio difícil, atento, gran escuchador, sigiloso apuntador de cosas, memorión, de ojos somnolientos. Parecía que siempre estaba a punto de decir algo grandioso y otra cosa lo interrumpía.

¿Y qué ha ocurrido 30 años después? Mucho como para que valga la pena contarlo. Pero hay una cosa espléndida: Claudio salió de allí periodista, escritor -por suerte no poeta pero con buen olfato de poesía-, sabueso político, coleccionista de expedientes. "Carrascal boca abajo" es el resultado de eso. 30 años para una primera novela parece mucho y 280 páginas parecen poco, pero hay 3000 páginas anteriores y simultáneas de crónicas, cuentos -micros y macros-, borradores, informes y hasta conversaciones de chat donde -¿debo repetirlo hasta el cansancio?- siempre está contando su historia -cada una mejor que la otra- como monito de organillero.

"Carrascal boca abajo" es una ficción con 80% de historia real, surgida de los entresijos del asesinato de Luis Mesa Bell. Se instala en el agitado, acaso caótico año 1932 de un Chile con caudillos protofascistas, milicias republicanas, sindicatos sovietizados, predicadores de toda laya, mesiánicos, trogloditas, infames de izquierda sólo superados por infames de derecha y con turno aleatorio. Es el año del golpe de estado de Marmaduke Grove, el fundador de un Partido de genética fachista -en el decir de Alfredo Jocelyn-Holt- ya que su primer líder fue un oficial de la FACH así como su más redituable líder actual -dos veces PresidentE- es heredera de la misma tradición que marca desde el aire. En Chile los golpes de Estado se hacen con aviones, eso es cosa meridiana. Sin embargo se legó a la posteridad una insólita consigna: "¿Quién comanda el buque? ¡Marmaduque!". Pero el buque de la nación lo comandó por 12 días sin pies ni cabeza y luego se fue en buque a Isla de Pascua. El golpe tuvo su autogolpe con su consiguiente tirano autoproclamado: un Carlos Dávila sin carisma ni dedos para el piano de alianzas necesarias en el poder. Su gobierno duró 100 días. Contra todo lo previsto, Marmaduke obtuvo un remoto pero significativo segundo lugar con un 17% contra un 54 de Alessandri en la elección de 1932. Era el período en que todo podía pasar en Chile, y pasaba.

Al periodista Luis Mesa Bell lo asesina la policía política entrenada en el gobierno de Ibáñez: el dudoso Servicio de Seguridad de Investigaciones, en una maraña que incluye narcotráfico y corruptela de mediana y baja estofa, suponiendo que la alta estofa sea ese nivel de politiqueo que no pasa de las redes, el cohecho suave, el tráfico de influencias y no de sustancias, digamos, lo justo y necesario para que las instituciones funcionen -como dice el ex-Presidente de las concesiones de agua y carreteras, ese Sr. Lagos. Pero la secuencia del asesinato de Bell ya la ha consignado el autor de "Carrascal boca abajo" en el blog "Plumas hispanoamericanas", en la entrada del 2 de enero de 2012 (ver enlace: http://plumaslatinoamericanas.blogspot.cl/2012/01/luis-mesa-bell-de-la-trinchera-al.html). Con esto damos cuenta de que este libro lleva gestándose como mínimo 5 años.

La novela de Claudio Rodríguez tiene personajes verosímiles, viables, no empantanados en densidad psicológica. Con ello se instala la principal virtud de "Carrascal boca abajo". Se trata de una novela donde no hay polarización aditiva al relato, no hay idealización de los personajes, no hay concesiones ideológicas a los bandos. Todos son charlatanes, risibles, fantoches, oportunistas, revanchistas, hedonistas sin escrúpulos, arribistas que oscilan entre la falta total de principios y el dogmatismo caprichoso, rebuscado, charcha, sólo basado en las desconfianzas y limitaciones individuales. Es la verdad cruda donde desfilan Pedro Sienna, Coke Délano, Carlos Cariola, Roque Blaya y el propio protagonista. Los personajes secundarios brillan con funcionalidad y consistencia, sin quedarse ni pasarse dentro del relato. Y en un despliegue de pericia el autor se permite describir la situación dando la palabra a madres y padres de los personajes, seres humildes e ingenuos parecidos a "El Padre" de Olegario Lazo Baeza, no salidos de su elemento ni magnificados por el romanticismo populista. He aquí entonces la que podría ser segunda gran virtud de la novela: una estrategia narrativa hábil de hablantes corales, multifocales como las miradas de enfoque diferido, panorámicos por tanto, polifónicos. Su tercera virtud: tampoco es una novela higiénica, asexuada, políticamente correcta, ni cómoda para los buscadores de heroísmos de capa y espada, ni fácil para los buscadores de amenidades folletinescas.

El libro de Claudio Rodríguez está en la estirpe de novela histórica chilena donde fungen Gillermo Atías ("A la sombra de los días") o Walter Garib ("Festín para inválidos"). Es novela reportaje que viene de vuelta de la novela social sin dejar de serlo, que no escatima el humor, sin paisajismo, justificadamente pintoresca -sin frivolidad-, con alto equilibrio entre realismo e imaginación. Damos la entusiasta acogida a este libro y esperamos contagiar el entusiasmo.

Aunque es imposible no lamentar la poca dedicación del editor en tapa y solapa, es mucho más interesante esperar que Claudio Rodríguez no se demore otros 30 años en publicar su próxima entrega, que no deje de ser ese cuentero no cuenteado, ese concentrado-distraído que no deja de hilvanar historias. Pero que no haga una novela sobre las mil formas de evadir las clases en 1991. Todo menos eso.


*Publicado originalmente en blog Actas de (mala) Fe, 2/3/2017
Leer más...

28 feb. 2017

Carlos Droguett: narrar desde el purgatorio


CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Nunca dio por terminada sus obras. Cada cierto tiempo, se sabía de nuevas ediciones. Las ampliaba, reducía, alteraba. Las reescribía con un sentido infinito del deber. Sin afán comercial, más bien con una porfía rabiosa y ética. Si desde la dedicatoria generaban problemas, mucho mejor. Como aquellas primeras líneas de su novela Matar a los viejos dedicadas al Presidente Salvador Allende, donde llama asesinos a los militares que lo derrocaron en 1973.

A Carlos Droguett (1912) le bastaba un lápiz cualquiera y un cuaderno cuadriculado. Llenaba sus hojas de punta a cabo con una caligrafía de leves toques orientales. Además de económicas, eran herramientas prácticas, indispensables para su quehacer. El cuaderno podía doblarlo, meterlo en el bolsillo del vestón o del abrigo. Sacarlos en la fila del pago de la luz, el agua o el banco. También sentado en un paradero o en el viaje en microbús por Santiago. Siempre que algo amenazara con quitarle el tiempo que requerían sus abultadas letras para salir al mundo.

Por las noches traspasaba los textos a la máquina de escribir. Se mantenía alerta a posibles nuevas perspectivas en sus historias. Si aumentaban en complejidad, se daba por satisfecho. No quería anécdotas baratas. Para eso estaban los folletines, las novelas rosas y las aventuras del Oeste. Esto significaba un ruido infernal hasta altas horas de la madrugada. Nunca algún vecino le reclamó por el escándalo que se filtraba a través de las paredes y las cañerías. El caballero se veía un hombre de malas pulgas, así que mejor no meterse con él, pensarían en los alrededores del barrio del Matadero Franklin. Gente modesta, humillada y dolida. Precisamente la materia prima del dueño de casa, con la cual deseaba incendiar –junto a su amigo Pablo de Rokha- los cimientos de las letras chilenas burguesas.

Como una forma de superar la necesidad de trabajar a toda hora y con más comodidad, amarró la máquina de escribir a su pecho con sendos nudos ciegos (al leer sus novelas, uno piensa que aquello fue no sólo cierto, si no necesario). Dentro de su casa, los hijos contemplaban extrañados su silueta de androide avanzando con dificultad, chocando con las paredes: “Mamá, ¿qué le pasa al papá?”, preguntaban al principio. Isabel intentaba esbozar una explicación acorde con la edad de los muchachos. Ya entendería que su devoto padre, fuera de casa y de su trabajo de burócrata en Ferrocarriles del Estado, era uno de los escritores más conflictivos de Chile. Con obras consideradas dinamita pura. Alabadas y condenas por igual. Dispuesto a cumplir su misión, aunque tuviese que metamorfosearse en un androide que ni siquiera deja de escribir mientras come.

“Te imaginas lo que habrían logrado estos viejos si hubiesen contado con la tecnología de hoy”, me comentó el escritor Juan Ignacio Colil, cuando supo de esta anécdota literaria. También me hizo pensar que Carlos Droguett siempre escribió la misma obra, un mismo narrador que, manteniendo el estilo, aborda diferentes historias con un denominador común. Una voz angustiada, incomoda, que busca agotar su discurso, repasar todos los puntos de vista. Presentar la historia y, al mismo tiempo, interpretarla. Revisarla, diseminarla y hasta cuestionarla.

Para los anales de nuestra literatura –que incluye una exposición en la Biblioteca Nacional de Santiago de Chile por los cien años de su natalicio-, Carlos Droguett será recordado como un escritor notable, de culto, de estilo complejo, solo para iniciados. Con fama de cascarrabias, violento y agresivo. Y precisamente esto último habría contribuido a su desaparición por décadas de las primeras planas. Personalmente, tengo mis dudas de esta tesis. Existe una pléyade de escritores chilenos, mucho más afables y pacíficos que Droguett, que han corrido su misma suerte. El olvido es más bien una conducta permanente de nuestra nación, no sólo en literatura, sino también en genocidios (algo que nuestro reseñado sabía muy bien con uno de sus hijos torturados por los servicios secretos de Pinochet y que lo instó a exiliarse en Suiza hasta su muerte en 1996).

Un profesor de castellano, gruñón y comunista, comentó en una sala de clases de 1989, que el mejor novelista chileno todos los tiempos era Carlos Droguett. En la biblioteca del liceo me facilitaron Eloy. Novela breve que narra las últimas horas de un bandolero rural antes de morir acribillado por la policía. Una pieza donde la corriente de la consciencia es el instrumento para contar una historia desde dentro. Con la violencia y la muerte alternándose. Una constante en la creación del autor.

Más tarde vino una lectura en los fríos salones de la Biblioteca Nacional de la novela Sesenta muertos en la escalera, fusión de dos historias escritas y ocurridas en diferentes épocas. El asesinato por parte de Carabineros, en el edificio del Seguro Obrero, de un grupo de jóvenes nacistas que pretendían dar un golpe de Estado en 1938; por otro lado, aborda un hecho de sangre puntual conocido como el crimen de la calle Lord Cochrane. Una pareja asesina a un anciano para robarle su dinero. El enlace de ambas historias se encuentra en la pluma de un primerizo Carlos que, junto con los horrores de ambas matanzas, recuerda sus primeros días con Isabel, su mujer. Recostada, un poco enferma en casa y tal vez embarazada. Mientras él intentaba ganarse la vida como empleado de una imprenta, comiendo todos los días un asado asqueroso y una lechuga aceitosa.

De sus influencias, aquellas que iniciaron su combustión interior, habría que mencionar a Dostoievski, Knut Hamsun,. Marcel Proust, Freud, Joyce, Kafka y Faulkner, más los laberintos del Fondo Medina y de la Biblioteca del Congreso Nacional. También los relatos históricos de Crescente Errázuriz, Vicente Pérez Rosales y otros cronistas olvidados.

Sus novelas fundamentales son Sesenta muertos en la escalera (1953), Eloy (1960), Patas de perro (1965), El compadre (1967), El hombre que había olvidado (1968), Todas esas muertes (1971) y su cuento Magallanes (1967), considerado una pieza clave de la narrativa chilena.
Leer más...

27 feb. 2017

Carlos León: Valparaíso colgante y nublado

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Privado, silencioso y porteño. Observador, melancólico y también porteño. Algo malicioso, medio tirado a existencialista, pero siempre porteño. Noble, distante y, ni que decir, porteño. Carlos León Alvarado, Coquimbo, 1916. Le siguieron Ovalle, Santiago e Iquique, hábitats insuficientes para lo que, aún sin saberlo, requería. Datos de almanaque, incompletos, pero necesarios para comprender la muletilla del inicio. El verdadero Carlos León pertenece a Valparaíso. Es decir, a todos los chiflados con cadenas imaginarias al puerto más puerto de todos los puertos. Y Valparaíso es parte del patrimonio que él se llevó consigo –sumido en un cortés silencio- en 1988. Su herencia: ficciones amables y reposadas. Adheridas a esta ciudad en ambientación y trama. Gemas únicas, excepcionales, provincianamente universales.

Autor escueto y tardío, si vemos el asunto como una carrera de cien metros planos. Pero esencial para los que buscan suavizar esta vida amarga con bellas letras (de las grandes y de papel amarillo, antes de las reediciones de Bruguera y Alfaguara). Cuando no llenaba sus cuadernos con su caligrafía redonda –grafito amarillo con goma en el extremo y hojas de líneas horizontales-, León se ganaba la vida como abogado de la plaza, pero más precisamente como formador de abogados, en su cátedra de filosofía del derecho en la Universidad de Valparaíso (curioso islote de cemento que mira hacia la avenida Errázuriz y al mar). Materia que le venía de perillas, acorde con su ritmo y su tendencia a la divagación. Partidario de exámenes orales nocturnos, sin hora de término, forzosa coincidencia para prolongar las tertulias con sus colegas de comisión en algún boliche del puerto. Lo imaginamos, sin dificultad, sentado de brazos cruzados, de abrigo largo, algo encogido, siempre abstemio, impávido la mayoría de las veces, sonriendo de vez en cuando, poniendo máxima atención a las conversaciones para convertirlas, luego, en material creativo.
Su primer libro, Sobrino único lo publicó casi a los cuarenta años, en 1954; el segundo, Las viejas amistades, dos años más tarde. La trilogía se completó, en 1964, con Sueldo vital. Todos tan breves que Zig-Zag optó por fundirlas en un único volumen al año siguiente. No existe consenso de si se tratan de novelas cortas (más que cortas, escuetas), cuentos o crónicas. Tienen de todo un poco. Creación de un mundo paralelo, concisión en sus líneas y divagaciones colaterales (nunca para aburrir o perderse en el camino). Personajes sencillos en apariencia, pero universos complejos en su interioridad, son dados a conocer a través de un par de líneas descriptivas o de sus propias palabras (diálogos mediante). Si bien Sobrino único aparece ambientado en un poblado rural del naciente siglo XX (Copiapó lo más probable, con sus tierras de chirimoyas, papayas y papas gigantescas, más esos seres secundarios por antonomasia, las tías de la familia, solteronas y hacendosas, inmortalizadas merecidamente en la literatura de Léon), las otras dos narraciones se insertan a cabalidad en su particular Valparaíso, ese que mira hacia los cerros, dándole la espalda a la bahía, a su arquitectura de colgajo, entre cuatro paredes de caserones húmedos (se me ocurre hermanar al autor con el cine de Joris Ivens, Aldo Francia y la dupla de José Donoso y Silvio Caiozzi y con las páginas de Manuel Peña Muñoz), alejados de las epopeyas de altarmar de Salvador Reyes o Francisco Coloane. Dinámica del fracaso asumido y la inutilidad de cualquier gesto de heroísmo. Historias minúsculas de empleados públicos, correligionarios políticos, comerciantes de poca monta, amigos barriales, esposas devotas, hijos descarriados, solteronas que perdieron el tren, cesantes desdentados, jovencitas de sueños cursis y amantes de segunda, reducidas a no más de un centenar de páginas, donde el narrador, un tal Carlos, se limita a su papel de taciturno observador. Sin embargo, cuando pareciera que esta rigidez se apodera de todo, llega la broma un tanto cruel, mas sin consecuencias, suavizada pronto por la gran piedad del narrador hacia estos seres que, en el fondo, son incapaces de matar una mosca. La misma sensibilidad ambiental, aún más perfecta, se recrea en la magnífica colección de cuentos Retrato hablado.

Por edad, Carlos León se aviene a la generación del 38, la de su tocayo y antónimo Carlos Droguett (donde uno es pausa y reflexión, el otro es velocidad y mucha ira). Entre explayarse o contenerse, León prefería lo último. Treinta páginas para una historia bastaban. Si eran menos, mejor. Un matutino amarillo lo llamó, en una forma bastante burda, el escritor que hacía adelgazar sus novelas. Nosotros le diremos Carlos León Alvarado, narrador del puerto en día nublado. 

León fundamental: Sobrino único (1954), Las viejas amistades (1956), Sueldo vital (1964), Retrato hablado (1971), Algunos días (1977), Hombres de Palabras (1979), Todavía (1981), El Hombre de Playa Ancha (1984), Memorias de un sonámbulo y Regreso a casa (ambas de 1994).

Leer más...

26 feb. 2017

Enrique Lafourcade: el olvido del bufón


CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

El volumen de la producción literaria de Enrique Lafourcade (1927) hace pensar en un libro por año en su mejor momento. Tal vez dos. Incluye novelas, cuentos y crónicas. No todas semejantes en extensión, aspiraciones ni calidad. No todas de la misma casa editorial. Algunas publicadas en México, otras en España y las más en Chile. Con dineros ajenos y propios. Por amor al arte y por encargo. Es que Lafourcade se paseaba por editoriales con la fluidez de un turista. Lo mismo como estudiante, académico universitario y agregado cultural. Actitud de gozador, de lúdico a tiempo completo por diferentes capitales del mundo.

Nuestro reseñado ha hecho gala de un talento dispar y de una suerte de hemorragia literaria, acorde con ciertos credos que ha abrazado en su vida. Escritura a modo de respiración, influido tal vez por el automatismo, teorías del inconsciente y el surrealismo.

Se siente más a gusto en el barroquismo, con imágenes modernistas al estilo de Rubén Darío, un poco de lenguaje coloquial y, por sobre todo, una tendencia a las enumeraciones que le permitieran hacer gala de su amplísimo acervo cultural. Igual principio aplicaba en sus ficciones y crónicas, aunque reconocía en estas últimas no limitarse en absoluto. Llenaba páginas hasta el delirio, teniendo sólo presente el espacio disponible en la sección dominical de “El Mercurio”. En ocasiones, bromas sólo para iniciados, gente de su círculo, ilegibles para el resto de los mortales.

Su debut coincidió con el surgimiento de la generación del cincuenta (para algunos un invento del propio Lafourcade y para otros, el punto de partida de escritores como José Donoso y Jorge Edwards) y ha continuado de manera progresiva hasta hace un par de años. Hasta el comienzo de la tragedia personal. El insuperable olvido involuntario. La mente de Lafourcade hoy se deshace de lo vano y sólo le da espacio a sus dibujos y lecturas de Gabriela Mistral, a la compañía de su esposa, además del oleaje de La Serena.

Libros y cámaras
Enrique Lafourcade es uno de los pocos autores chilenos con éxito de ventas y ediciones. Lo logró con su novela Palomita blanca de 1971. Una jovencita que habita un populoso conventillo santiaguino recrea en su diario de vida su amorío con un muchacho de clase acomodada, seguidor del filósofo Silo, teniendo de telón de fondo el gobierno de la Unidad Popular y la revolución de las flores en Santiago de Chile. Sucesivas generaciones han debido leer Palomita blanca como parte de los programas de lectura obligatoria del Ministerio de Educación, motivo por el cual pasó a ser la credencial oficial de Lafourcade. Dato curioso para una obra escrita en un par de semanas y sin mucho empeño.

Las directrices comerciales no han estado ajenas a su quehacer. La Editorial Del Pacífico, vinculada a la Democracia Cristiana, le encargó escribir una novela en un par de meses durante 1959. El resultado fue La fiesta del Rey Acab, donde relata la caída de un ficticio dictador centroamericano de apellido Carrillo, en manos en un grupo de revolucionarios adolescentes y lascivos. La idea era incentivar la cultura democrática en los países del continente, en el marco de uno de los tantos congresos multinacionales que se han realizado en nuestras capitales.

La debilidad de Lafourcade por las cámaras (y por ser centro de mesa que, en definitiva, es lo mismo) lo convirtió en un personaje conocido a nivel masivo. Comenzó con programas de televisión donde enjuiciaba el talento literario de sus pares. No existen registros de aquello. A partir de ese momento, su participación en diferentes misceláneos se volvió recurrente. Por ejemplo, a fines de la década de los 80, fue jurado en un programa de busca talentos, donde sometía a los concursantes a preguntas de conocimiento, a cambio de un ejemplar de algunas de sus novelas. También dentro de su currículum figura haber participado en uno de los experimentos más olvidables de la televisión chilena junto a su ex novia, la socialité Marie Rosa Mc Gill: el programa de conversación Travesía.

Los productores sabían de lo rentable que resultaba tenerlo como villano invitado ante las cámaras. Lafourcade, sin aceptar los retoques de un maquillador, hacía suya las posiciones más incómodas y rechazadas por la mayoría. Sus adversarios -que él llamaba contradictores- suman una poderosa legión: el animador Don Francisco, la cantante Patricia Maldonado, La Teletón, El Festival de Viña, Pinochet (por escribir su novela El gran taimado, basada en el dictador, buscó asilo en Argentina), el ex Presidente argentino Carlos Menem, entre otros.

Aún su nombre sirve para arrugar narices de literatos, literatosos y literateros. No es bueno decir que se le lee y, más encima, con agrado y placer. Es que Lafourcade forjó el mismo la mitad de su mala fama, mientras que la otra mitad quedó en manos de sus contradictores. Su papel de payaso y polemista fue dejando casi en el olvido a una obra escrita a la velocidad del rayo.

Pero ahí está disponible. Es cosa de buscarla y juzgarla en su mérito a través de la lectura. Quienes lo hagan se encontrarán con historias urbanas de personajes soñadores, cruzando los diferentes estratos sociales de Chile. Conspiraciones comunistas en bares de mala muerte. Una banda de pelusitas cobrando revancha a un explotador. Un marino extranjero haciendo de las suyas en los cerros de Valparaíso y en los salones de Viña del Mar. Recién nacidos gigantes apoderándose de la ciudad mientras sus padres buscan refugio seguro. Artistas afeminados relajándose en una caleta de pescadores machos y sensibles. Libros que ya tienen la condición de clásicos, de hojas amarillas, ediciones añosas. Al igual que su colección de muñecas de porcelana con las que gustaba fotografiarse acostado en su cama, cuando concedía alguna entrevista.

“Siga adelante, joven, con confianza –me dijo cuando me atreví a mostrarle un par de cuentos escritos en hojas de cuaderno-. No es lo mismo redactar a escribir. Usted redacta de manera deficiente, pero escribe muy bien. Siga escribiendo. Lo invito al taller que dirijo, El Paraíso Perdido”.

Por miedo a la crítica, no seguí su consejo de sumarme a sus huestes reunidas en una sala de su librería del paseo Lastarria de Santiago. A cambio de eso, seguí leyendo su copiosa bibliografía, siempre con el miedo a ser sorprendido por otros aspirantes a escritores y me enviaran al destierro de los payasos.

Lafourcade primordial: Pena de muerte (1952), Para subir al cielo (1958), La fiesta del Rey Acab (1959), Novela de Navidad (1965), Frecuencia modulada (1968) novelas, y Fábulas de Lafourcade (1963), cuentos.
Leer más...

Watchmen: trancados, sistémicos, apocalípticos

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .-


Si me lo cuentan, habría pensado que no era nada nuevo bajo el sol. Un cómic por entregas sobre seis personajes que conforman una especie de liga para combatir el crimen, herederos de otro grupo que los antecede (en realidad son siete personajes, si se considera al veterano que los convoca y que pronto es hecho a un lado).

Los identificaremos por sus señas y nombres de batalla: un soldado comando adicto a los puros, cínico y burlón, muy afín a la política de Estados Unidos (El Comediante); un científico con poderes omnímodos y una visión global del tiempo luego de sufrir un accidente cuántico en un laboratorio, motivo por el cual el resto de la humanidad lo considera Dios (Doctor Manhattan); un solterón de buen pasar y estudioso de las aves que cuida el vecindario de las pandillas vistiendo una capucha inspirada en el plumaje de un búho (Búho Nocturno II); un paladín admirador de Alejandro Magno, con habilidad para los negocios, inteligencia superior y cuerpo cultivado como atleta, afanado en salvar al mundo de su aniquilación (Ozymandias); un detective de sombrero e impermeable, protector de mujeres indefensas, con una máscara que revela, a través de manchas de tinta móviles, su estado mental, por lo general malhumorado (Rorschach); y una hija de paladines entrenada por su propia madre, cumpliendo el sueño de ésta de que su retoño siga sus pasos como luchadora contra el crimen (Espectro de Seda II).

Si no conoce del asunto, es probable que haya pensado como yo que se trata de una burda copia de superhéroes clásicos de las compañías DC o Marvel y concluya que estos adefesios no tienen nada nuevo que decir. Si es así, al igual que yo, se equivocó medio a medio. Tienen mucho que decir y lo hacen bajo el rótulo de Watchmen.

A medida que vamos conociendo más detalles de esta obra creada entre 1986 y 1987 por los ingleses Alan Moore (guion) y Dave Gibbons (dibujo), el asunto se desordena, se vuelve tenebroso y muy peliagudo. La historia parte cuando la existencia de estos “policías particulares” se encuentra prohibida por ley en Estados Unidos, luego de desórdenes callejeros y casi una guerra civil, en una suerte de universo paralelo a lo que ocurría durante los años sesentas. En vez de avanzar de manera lineal, la trama va y viene en sucesivos flashback y raccontos, más otros recursos narrativos que trascienden la técnica del cómic usada hasta entonces: la autobiografía, los recortes de prensa, los informes científicos, las alusiones culturales, los detalles escondidos, encuadres cinematográficos y un largo etcétera que vuelven imprescindibles las relecturas si lo que se desea es valorar la obra en toda su dimensión.

En los primeros recuadros se muestra como el Comediante -el mayor del grupo y enlace de dos generaciones de paladines- es lanzado desde el balcón de su departamento en caída libre, a varios metros de altura, hasta reventarse en la acera. Motivos dio de sobra a muchas personas para realizar esta acción: intentó violar a Espectro de Seda I cuando ambos formaban parte de una liga de justicieros primigenia llamada Minutemen (aún más: él es el padre de Espectro de Seda II, fruto de una breve relación con su colega, posterior al vejamen). Vuelto agente del gobierno, el Comediante participa en la guerra de Vietnam donde embaraza a una nativa. Cuando la muchacha le exige que responda por su paternidad, él se niega y la desprecia. Ella reacciona hiriéndolo en el rostro con el filo de una botella cortada, dejándole una marca de por vida. El Comediante hace uso de su arma de fuego sobre su amante y el hijo en gestación, ante la mirada pasiva del Doctor Manhattan.

Como era de esperarse, tanto el Comediante como el Doctor Manhattan arrasan con las tropas vietnamitas, lo que le permite a este último darse cuenta de su pérdida de interés por la especie humana, la misma que lo considera Dios. Años antes, apenas conoce a Espectro de Seda II -por aquel entonces una adolescente en quien su madre intenta superar la frustración de haber transitado de cabaretera a integrante de Minutemen, para terminar de actriz de películas para adultos y modelo de historietas de contenido pornográfico-, Manhattan la hace su amante. De manera paralela, abandona a su novia, quien en el futuro enferma de cáncer, responsabilizándolo a él de aquello, dada la composición química de su organismo azulado, motivo por el cual decide autoexiliarse en el Planeta Marte.

Búho Nocturno II es un admirador y, antes de la prohibición, heredero natural del primer justiciero del mismo nombre. Este último, también retirado, se dedica a reparar automóviles y es autor de una autobiografía sobre su paso como Minutemen, donde no omite infidencias de sus colegas, en especial de carácter psicológico, económico y sexual. En su condición de civil solitario, Búho Nocturno II asume como paño de lágrimas de Espectro de Seda II tras su ruptura con Manhattan (ella toma esa decisión cuando se percata que el ex científico crea varias imágenes de sí mismo para entretenerla en la cama y así poder continuar con las investigaciones en su laboratorio) y la recibe en su departamento lleno de artilugios inútiles de su época de justiciero. Sin embargo, el dueño de casa sólo puede responder sexualmente a las insinuaciones de su alojada cuando ambos vuelven a vestir sus respectivos trajes, dados de baja por imperio de la ley.

Rorschach, el único de los vigilantes de la segunda generación que se niega a colgar la máscara tras la prohibición, vaga por la ciudad buscando al asesino del Comediante, rompiendo chapas de puertas y torturando a los sospechosos que encuentra en bares, tugurios y en sus propias casas (su especialidad es la fractura de dedos) y rellenando con su caligrafía y sintaxis enrevesada una suerte de diario de vida lleno de resentimiento y prejuicio. Pese a su credo puritano, con fobia al sexo, moralista, conservador y pro imperialista, marcado a fuego por su condición de hijo maltratado de una prostituta arrepentida de no haberlo abortado, Rorschach justifica la conducta del Comediante de una manera cándida, incluyendo el intento de violación a Espectro de Seda, el mismo delito por el cual acaba descuartizando al asesino de una niña. Tal es la admiración que el enmascarado le profesa a su colega asesinado, que no descansará hasta dar con su verdugo.

Los consumidores en cómics reconocen en Watchmen una obra revolucionaria en temática, estructura, guion y narración. Corroboro este juicio tras haber devorado en cuestión de días los seis tomos de una edición económica adquirida en un quiosco de Santiago y siendo un lector ocasional del género. Moore y Gibbons, los padres de esta criatura considerada la primera novela gráfica publicada, han revelado que su gestación fue desde la distancia, con premura, apelando a la espontaneidad y por encargo. Originalmente, se trataba de personajes ya creados que la empresa DC proyectaba darles tiraje por una cuestión contractual, pero el guion de Moore resultó demasiado prometedor y radical como para negarle su autonomía. Partiendo de cero, Moore procedió a reescribir las historias por etapas y enviarlas de inmediato por correo a Gibbons para que éste las convirtiera a imágenes. Muchas veces el primero sólo vio el resultado una vez publicado. Difícil imaginar esta situación en un cómic que parece haber sido planificado hasta el último detalle, viñeta por viñeta, como un mecanismo de relojería, profesión del padre del Doctor Manhattan, así que la comparación no es casual ni menos original. Los expertos dicen que Watchmen cuentan con un par de cabos sueltos. Siendo sincero, yo no le encontré ninguno.

Pasadas casi tres décadas desde la publicación de Watchmen –que incluye una adaptación cinematográfica de 2008 del director Zack Snyder que generó opiniones divididas entre los fanáticos, más el desprecio de Moore y la venia de Gibbons- las interpretaciones de su verdadero significado suman y siguen. Filosóficas, políticas, esotéricas, sociales, teológicas, revolucionarias, existencialista y belicistas. Sin desmerecer el aporte sobrio y a la vez experimental de Gibbons en cada viñeta dibujada, la personalidad del escritor Alan Moore –reconocido anarquista, además de mago ocultista, enemigo declarado de los superhéroes y defensor de las minorías: durante un tiempo convivió con su esposa bisexual, los hijos de ambos y la amante de esta última- hace pensar en cualquier cosa menos en inocencia pequeñoburguesa, pasividad conformista ni menos un atisbo de apoyo al orden mundial. Yo intento tener mi propia interpretación de este galimatías de hojas, colores y palabras, pero poco importa. Lo que sí importa es animarle a usted a empaparse de esta novela gráfica única en su estilo. Y si ya lo hizo y todo esto que le digo es chiste repetido, reléala porque, de seguro, algo se le quedó en el camino.
Leer más...

Contribuye a la continuidad de este sitio cultural.