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16 oct. 2016

Neruda y la persecusión gozosa

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 


El historiador inglés Paul Johnson publicó, a fines de los ochenta, “Intelectuales”, libro donde acusa a estos consejeros laicos de la humanidad, surgidos a contar del siglo XVIII en adelante, de encontrarse dominados por la mitomanía, el egocentrismo y la doble careta (Rousseau, Marx, Sartre, Brecht, entre otros). Al revisar sus biografías con acuciosidad, destreza y malicia, Johnson va tomando nota de conductas asociales, desprecio hacia el prójimo, mujeres humilladas y, pese a una militancia izquierdista, nula sintonía por la clase trabajadora. Si bien para el autor conservador no todos los novelistas, poetas, cuentistas, dramaturgos, guionistas o filósofos caben dentro de la definición de “intelectual”, la ágil lectura de su obra entrega una suerte de receta para desenmascararlos a través de preguntas referentes al cuidado con que examinaron las evidencias y respetaron la verdad y sobre cómo aplicaron los principios que pregonaban en su vida privada.

Aunque el poeta chileno Pablo Neruda no calce dentro del molde que entrega Paul Johnson –aún más: precisamente el antiintelectualismo y el desprecio a las abstracciones que presumió en vida, tienden a exonerar al vate de cualquier cargo al respecto-, de todos modos la reciente película “Neruda” del director Pablo Larraín Matte (“Tony Manero”, “Post mortem”, “No” y “El Club”), protagonizada por Luis Gnecco en el rol del escritor, me trajo a la memoria las ideas johnsonianas, en especial por la permanente tensión entre el deber ser de una figura pública, popular, emblemática y prácticamente santificada, y lo que realmente fue, un hombre de carne y hueso, cuya extensa biografía revela que no vivió, precisamente, como un monje del marxismo internacional. Sin embargo, sólo se trata de un punto de partida, puesto que la obra de Larraín no pretende ser un trabajo documental, sino más bien una fuente inagotable de ideas, sugerencias e interrogantes en las casi dos horas de proyección.  

“Neruda” desarrolla una etapa de la vida del Premio Nobel, hasta ahora escuchada en pasillos y sobremesas y, por lo tanto, para nada desconocida, pero que no había sido ficcionada. Las imágenes van cincelando un Neruda vividor, mujeriego, gozador, burgués, ególatra y egoísta, características alejadas del poeta sencillo, proletario, disciplinado, a lo más juguetón, imagen promovida con insistencia por la militancia comunista (y que por lo demás cuenta con su propia versión, una más cómoda y respetuosa, en la película del mismo nombre estrenada el año pasado, protagonizada por José Secall y dirigida Manuel Basoalto). Pero si lo que se quiere es tomar la realidad como una mera excusa para fantasear, elucubrar, discutir y remecerse en la butaca, la balanza se carga para el lado de Larraín, quien ha llegado a ser acusado, de manera delirante, de elaborar un discurso desde la elite para enlodar al cantor del pueblo. A partir de un hecho histórico cierto, como fue la persecución del gobierno del radical Gabriel González Videla (Alfredo Castro) al entonces senador del Partido Comunista, Pablo Neruda, el director -de la mano de su guionista Guillermo Calderón y de un equipo de lujo- va entregando con cuanto recurso cinematográfico tenga a su haber -diálogos alternados, saltos de imagen, juegos temporales, juegos de luces y sombras, ambientaciones cuidadas, grandes exteriores naturales, personajes discursivos y, en ocasiones, chilenísimos-, una historia de idas y vueltas, donde se mezclan los estilos desde la comedia, el cine negro, la sátira, el western, el biopics, la crónica de época, el costumbrismo, el thriller político y uno que otro toque onírico. Hubo momentos en que me figuraba estar presenciando una especie de cadencioso baile cinematográfico, de diferentes ritmos y tiempos, a semejanza del que disfrutaban con lascivia las parejas de mediados de los cuarenta (sobre todo en burdeles), en las fiestocas recreadas en varios pasajes del film. Durante este transitar, no deja de llamar la atención la gran cantidad de actores secundarios con que cuenta la película, algunos con apariciones breves pero memorables como Michael Silva (Álvaro Jara, sobrio guardaespaldas de Neruda), Amparo Noguera (mesera comunista que encara al poeta mientras disfruta de una distendida sobremesa), Jaime Vadell (Arturo Alessandri Palma), Roberto Farías (cantante travesti del burdel) y Marcelo Alonso (hacendado Pepe Rodríguez).


Sin embargo, en un rol tan o más preponderante que el propio Neruda, se encuentra ÓscarPeluchonneau (Gael García Bernal), un jocoso detective de vestir impecable, sombrero fedora, traje recortado y bigote, supuestamente hijo ilegítimo de uno de los fundadores de la Policía de Investigaciones de quien heredó su nombre (a la fuerza y tras “convencer a la burocracia”, según su propio decir), quien es a su vez el narrador (la voz en off) de la historia. Peluchonneau da rienda a un discurso alambicado, de momento resentido, en otro tenso, extrañamente poético, siempre informado, elucubrado, teórico, pero casi nunca acercado. Mezcla entre héroe bienintencionado, sabueso aplicado, petulante sin atributos y antihéroe torpe al estilo del Inspector Closeau de “La Pantera Rosa” (definido por unos peones del sur, cuando se encuentra más cerca de dar con su presa, como “medio leso, medio huevón”), Peluchonneau va siendo derrotado en cada uno de los intentos por atrapar a Neruda, en forma muchas veces hasta ridícula (la escena del policía motorizado por los caminos campestres es de antología), sin abandonar jamás la misión que le encomendara el mismísimo Presidente González Videla y, como lo reconoce el mismo, el gobierno de Estados Unidos, aún saltándose a su superior jerárquico, el Director General de Investigaciones (Cristian Campos). En más de una ocasión, Larraín sugiere la idea de que este policía podría tratarse de una invención más de Pablo Neruda en sus ansias de otorgarle a la cacería –un tanto floja, sin mucha emoción, deslucida, demasiado chilena- la grandilocuencia que un personaje de la talla de él, gigantesco en lo físico y creativo, con prestigio mundial, requiere, de manera de hacerla coincidir con las declaraciones del pintor Pablo Picasso en Francia sobre la despiadada persecución política de la que es víctima su amigo y tocayo. Divertido, el poeta se da el lujo de dejar en cada escondite que abandona una novela editada por la colección El Séptimo Círculo (aquella dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares), en alusión a su gusto por las novelas policiales (recurso utilizado por sus detractores en el mundillo literario para cuestionar su capacidad “intelectual”, otro punto más a favor de Neruda que a lo aleja del dedo acusador johnsoniano), para que Peluchonneau, cada vez más desconcertado, les vaya dando lectura sin comprenderlas demasiado, lo mismo que con fragmentos de su futura obra “Canto General”. Lo curioso es que quienes acompañan al poeta en su huida acaban sufriendo por él los contratiempos del transitar de un escondite a otro, aunque nunca demasiado (Peluchonneau es amable inclusive con quienes le mienten o lo insultan en los interrogatorios) partiendo por su propia esposa, la aristócrata argentina Delia del Carril (quien realmente pareciera disfrutar de lo que ocurre una vez que comprende la lógica nerudiana), los estoicos militantes del Partido Comunista (víctimas de una represión durísima y, por si fuera poco, de las extravagancias de su militante más ilustre), así como sus amigos y escritores que van quedando en el camino. 

“Neruda”, de Pablo Larraín -película esperpéntica, híbrida, discursiva- tiene el mérito de agregar un capítulo más a la particularísima obra de Pablo Larraín y, al hacerlo, deja tras de sí un reguero de jugadas arriesgadas cuyo conjunto constituyen una valiosa apuesta cinematográfica.



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11 oct. 2016

De recuerdos, mordidas y penas

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -. 

La conocí a través de un programa de radio de trasnoche donde los auditores dejaban su nombre y teléfono con la intención de encontrar una pareja. El locutor dio sus datos al aire, los anoté y antes que otro me ganara la partida, me armé de valor para bajar de dos en dos los escalones del cerro hacia el plan, buscar un teléfono público en la plaza Echaurren y marcar (En mi casa no teníamos aparato y, de tenerlo, tampoco me hubiese atrevido a darlo a través de la radio. Menudo escándalo que hubiese armado mi madre al enterarse que yo andaba exponiendo nuestro hogar en asuntos tan poco decorosos.)

Teníamos nuestras diferencias más allá de su mayoría de edad. Yo aún frecuentaba el liceo mientras que ella había dejado inconcluso este proceso. La crianza y las labores domésticas en casa de sus tíos (venía de San Felipe) absorbían todo su tiempo. Aparte que tampoco se mostraba muy proclive al aprendizaje formal, como dejarse caer en una escuela nocturna y mantener un mínimo de disciplina por dos años. De buen gusto yo la hubiese acompañado, pretexto ideal para pasar más tiempo juntos.

Cuando podía dejar a su hijo al cuidado de una amiga, se reunía conmigo en un viejo caserón dado de baja por una junta de vecinos del cerro Mariposas. Allí, en esas cuatro paredes, me enseñaba todo lo que sabía sobre la atracción de los cuerpos. Aunque debo agradecerle su ayuda para superar una virginidad preocupante, también es responsable de buenas cuotas de amargura. Después de cada cópula, no dejaba de referirse a ella misma como una mujer anorgásmica. “Mi gozo nunca irá junto al tuyo. Esto sólo lo hago para ver la cara divertida que pones –decía-. Pero, al final, debes asumir que eres un hombre como cualquier otro, como el vendedor del kiosco, el chofer de la micro, el conductor del ascensor o el paco que dirige el tránsito”.

Aunque mi confusión iba en aumento a medida que más la frecuentaba, era mucho peor cuando decidía ausentarse por semanas, supongo que con el padre de su hijo. Luego se aparecía como si nada a la salida de mi liceo, hablándome de lo mal que me veía con uniforme o de lo atractivos que le resultaban algunos de mis compañeros.

Después de una cita más en la sede abandonada, me comunicó con frialdad su decisión de irse a San Felipe para siempre. No había argumento que la retuviera. “Ni mucho menos tú”, aseguraba. Cuando la acompañé al terminal rodoviario por última vez, a minutos de la salida del bus, intenté convencerla que, con un poco de paciencia, yo podría darle una vida más estable para ella y su hijo. Pese a que me expresé como nunca y creo que con bastante fluidez, no logré alterar su opción de otros rumbos. Para no perderlo todo, le pedí que me dejara algún recuerdo, por pequeño que fuera, para atesorarlo como reliquia. Me miró con esa perversión que tan bien distribuía y tomó mi brazo con fuerza. Luego levantó la manga de la camisa para darme un mordisco capaz de fijar su dentadura en mi piel y de suspender mi boca en el aire por varios segundos. “Ahí tenís tu recuerdo”, comentó burlesca, mientras las personas de las boletarías miraban como me sobaba el brazo con angustia.

Tono morado, infección y buenos lagrimones se sucedieron pasadas las semanas. Mi madre quería que la denunciara por agresión y yo por dejarme abandonado a mi suerte. 
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27 sept. 2016

Tessio, afectuoso traidor

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .-

Rescatado de un casting caótico previo a una filmación también caótica. Un director a punto de ser despedido por los productores y aún así capaz de detectar el talento de un veterano actor de teatro dispuesto a darle vida a un secundario entrañable: Salvatore Tessio, capo de Brooklyn del padrino Vito Corleone. Sus apariciones en la pantalla, contadas y breves, se graban a fuego. En conjunto, se vuelven contradictorias y hasta dolientes. Bailando con una pequeña sobre sus pies en el matrimonio de la hija del Don. Lanzando al aire una naranja como jugueteando con la maldición. Velando por la seguridad del hijo del Don para que pueda aniquilar a un mafioso entrometido y a su guardaespaldas -un policía corrupto-, mientras cenan en un restaurante y huir con presteza. Manifestando diplomáticamente su disconformidad por las decisiones del nuevo jefe de familia, el mismo hijo del Don, a quien hasta hace un par de años consideraba casi un sobrino. Pactando secretamente con el enemigo, en pleno funeral de su padrino, una propuesta inteligente en contra de los suyos. Finalmente, ya descubierto, pidiendo ayuda al Consiglieri para salvar su vida con la calma de todo hombre de honor. Como era de esperarse, éste se la niega y Tessio acepta resignado las consecuencias de su traición. (Abe Vegoda, 1921 - 2016)
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9 sept. 2016

Acerca del relato "Patos borrachos" de Jorge Muzam



PABLO MENDIETA PAZ-.

“Patos borrachos” es un preciso escrito para detenerse a explorar muy brevemente la prosa del escritor e historiador chileno Jorge Muzam. La lectura de cada frase, de cada palabra, no nos permite quedar solo tibios ante un estilo de mármol de aquello que narra. No es posible. Es más. Quizás lo mayormente vistoso y sugerente sea que, en lo formal, Jorge Muzam alumbre sus escritos –este en particular- con una singular policromía, pues así como compone, ordena, coloca con método y disposición su narrativa, así mismo trasmite una plétora de sentimientos, sensaciones e impresiones que delata una exquisita actitud lírica, una carga poética que, deliberada o no, se aproxima a un carácter rebosante de simbolismo que atrae macizamente. Este es su arte, como el de un músico, que no solo expresa ideas y formas, sino sentimientos y colores. Precisamente ahí está lo esencial en toda la obra de Jorge Muzam: o el aliento poético arrincona al propósito de narrar, o, en otros momentos, el relato lo sobrepasa. Esta sugestiva ambigüedad, muy propia de un Cortázar de cronopios y famas, o de un iluminado y vasto Rimbaud, es el manantial inagotable en la literatura de este extraordinario autor. Cercano a Bolivia, Jorge Muzam no ahorra alabanzas por las cualidades literarias de autores nacionales, en especial de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, de quien dice ser un nombre mayor de la literatura hispana; como nombre mayor ya lo es Jorge Muzam.

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Patos borrachos 

JORGE MUZAM

“El verano se sigue destiñendo en amarillos pálidos. Indisciplinados patos salvajes vuelan río arriba. Parecen perdidos tras una gran resaca. Escudriño las piedras. Palpo sus cavidades, su tersura, su desgaste de milenios. Hay verdes que parecen esmeraldas, lapislázulis probables y dorados engañosos que habrían deslumbrado a piratas ignorantes. Invento sentidos a las aleaciones ígneas, algún lenguaje encriptado. Sólo para perder el tiempo, porque de cualquier forma no hay cómo ganarlo. El resto es cielo azul, aire tibio, murmullo de brisa entre los coigües y recuerdos detonados como bombas atómicas. Es un abrumador presente. Los patos borrachos ahora vuelan río abajo. Siguen sin encontrar su nido.”


http://cuadernosdelaira.blogspot.cl/2014/01/patos-borrachos-cuadernos-de-san-fabian.html?spref=fb

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21 ago. 2016

La poesía no se inventa (entrevista al poeta Claudio Bertoni)

JUAN PABLO JIMÉNEZ -.
 
JP: ¿Aló?...

Claudio Bertoni: Sí… ¿con quién?...

JP: Con bla bla bla soy periodista y bla bla bla…

CB: Ah…

JP: La UTalca lanzó recientemente tu libro “Que culpa tengo yo”, compilado de poesía tuya. Entre paréntesis, yo te leo hace mucho y bla bla bla…

CB: Llámame y me avisas que me vas a enviar las preguntas. No tengo internet así que de esa manera me preparo para conseguir un sitio con internet y te respondo.

(Pasan algunos días. Llamada de aviso de rigor. Correo. Comienzo como calcetinera contándole al poeta y fotógrafo chileno que hace tiempo que lo leo. Leo el mail y eso parece no interesarle. Aquí van las preguntas con sus respectivas respuestas).

¿Cómo nace este proyecto de que te publiquen en la UTalca?
 “Marcela Albornoz –directora de la Editorial Universitaria de la UTalca– me pidió hacer un libro con la universidad. Le propuse una antología y le pareció bien. Hablamos de honorarios. Eso fue todo”.

¿De qué manera trabajaste para compilar los poemas y hacer la antología? 

“Fui leyendo algunos de mis libros y dejando los poemas que me parecían bien (He publicado más de un poema que ahora no me parece bien). No me di cuenta que el libro quedaría tan grande”.

Tú hablas, a partir de las cosas simples y cotidianas que nos ocurren cualquier día, de cosas inmensas, como el amor, la muerte, Dios. “Es que las cosas inmensas de las que hablas: la muerte, el amor, Dios, la vida, están encarnadas –día tras día– en las que tú llamas ‘las cosas simples’”.
Algunos dicen que el rock & roll ha muerto porque ya se ha hecho todo. ¿En la poesía ya se ha hecho todo?

 “No creo que en poesía, ni en nada, se haya hecho todo. Y si así fuera me importaría un pito. La poesía que vale la pena no se escribe para que sea nueva o sorprendente, la poesía no se ‘inventa’, la poesía se escribe por necesidad y como gato de espaldas para defenderse de todas esas cosas inmensas de las que tú hablas: el amor, el dolor, etc. y la muerte. Y el rock & roll, by the way, no ha muerto ni morirá jamás, porque el blues no morirá jamás, y el blues es el rock & roll y el rhythm and blues y el jazz y el funk y la música gospel y porque siempre habrá hombres y mujeres con soul que lo practiquen hasta que ya no quede piedra sobre piedra y se nos muera el sol. Es absolutamente imposible que se acaben el blues y la poesía: habría que dejar de sentir”.

(Vuelven a pasar algunos días. El libro de Bertoni es grande y en él muchos de los poemas parecen estar escritos en formatos mínimos. Da lo mismo: hablan de cosas grandes).

En “Que culpa tengo yo” el poeta chileno hace un viaje por algunas de sus creaciones a su juicio más importantes de sus libros. No… tal vez ni tan importantes para él desde el prisma del criterio que utilizó para compilar sus escritos.

Aquí está hablándole a la belleza de una muchacha, a su desgano, a su solitariedad, a lo que ve en la calle, a la vida, a los días, a Dios, a la muerte esquiva, al no creer, al deseo, a la inmensidad oceánica inscrita en las cosas más sencillas.

El libro es gordo y grande. Como una biblia. Uno termina la última página y, como decía Jorge Teillier sobre darse cuenta de que un libro es un buen libro, que te produce la misma sensación que cortarse con una prestobarba, bueno, tuve que ponerme un trocito de papel higiénico en la cara para cortar el flujo de sangre.

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21 jul. 2016

Des-via-dos

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .-

He estado imaginando más que nunca, prima, su llegada a la ciudad tras un viaje incómodo, de cuatro horas y más, desde esas lejanías. Bajará la escalerilla del bus cubierta (porque más que vestirse, usted se cubre, eso lo tengo claro) por ropa de invierno, gorro, bufanda, camisa de franela, jeans y botas, impregnada de carbón, tierra y humedad. Se acomodará una mochila ennegrecida por el uso y redonda de tanto relleno inútil: cuadernos arrepollados, papeles sueltos, fotocopias dobladas, libros a medio leer, hojas secas, piedrecitas de colores modeladas por la corriente del río. Seguirá impávida, inmóvil, displicente y menuda, como siempre la he visto, aún cuando haya notado mi presencia en tierra firme (¿ha notado mi presencia alguna vez? olvídelo, siempre exagero; imagínese que le estoy hablando como si usted hubiese descendido de un barco, como nuestras abuelas y bisabuelas, qué ridiculez más grande). Me pasará un papel arrugado y apuntará con el dedo hacia la parte baja del bus para que yo acuda a retirar su bolso. Obedeceré, por supuesto, y cuando lo reciba de parte del auxiliar, lo notaré mucho más pesado, incómodo e inútil que la mochila que usted carga consigo.

¡Ay, prima! Parece que la estoy viendo responder con monosílabos a mis preguntas de cortesía: ¿qué tal el viaje?, ¿pudo dormir?, ¿le sirvieron algo de comer?, ¿había algún desvío o atochamiento en el camino?, ¿cómo están todos por allá? Típica reacción suya cuando se siente superada por las convenciones de vivir en sociedad, tema recurrente de pasadas tertulias familiares, con participación de padres, hermanos, primos, tíos, abuelos, amigos cercanos y, por cierto, el pretendiente. Es a que usted, prima, le gusta ir de contradicción en contradicción, como decían todos en casa, alentados por el tío psicoanalista, para después asentir con la cabeza por el bien del linaje y sellarlo todo con un “¡salud!” (se lo cuento para que vea que no soy ningún traidor, aunque haya estado presente en esas sobremesas). Por eso mismo, me preguntaré varias veces, al tenerla al frente, de qué tanto me sorprendo si la conozco de memoria. De no mediar algún incidente, su comportamiento será similar a cuando se acicaló de blanco para recibir un anillo y, al rato, mezclarse conmigo frente al bufete de comida, bebidas y tragos, los dos con la vista pegada en los senos y nalgas de las garzonas -muestra excelsa de la buena alimentación y del trabajo físico de nuestros campos, convenimos-, en esa farsa organizada por ese señor propietario de un viñedo, rotario de renombre, candidato a alcalde permanente, hijo ilustre, deseoso de poner fin a su soltería (quien diría que en pleno siglo XXI, aún se siguen arreglando matrimonios y usted se haya prestado para algo semejante). O igual a su viaje de un día a Santiago para recorrer, tal como lo hacíamos en la infancia, el cerro San Cristóbal, oportunidad en que apenas alcanzamos a beber usted una gaseosa y yo un café (no he olvidado el teleférico ni el funicular, entonces de reparaciones, espacios en alturas donde me enseñó a disfrutar del placer, aún cuando estuviera sólo, a lo más acompañado de una fotografía suya revelada y después en digital), antes que emprendiera el regreso a sus tierras para cumplir con sus deberes maritales y me sacara en cara que yo no había sido capaz de escribirle un miserable correo electrónico o WhatsApp, por último una llamadita a su celular que tiene muy buena señal, incluso entre las montañas (ojo, que no reduzco sus deberes sólo a la cama; imagino que en el campo se subyuga a las mujeres más que en la ciudad; por acá, en cambio, usted ya sabe de las barrabasadas posibles de cometer con la excusa de su desviación, mis ansias de complacerla y las costumbres relajadas de la urbe). 



Caminaremos en silencio por la periferia del terminal de buses –barrio peligroso, maltrecho, hostil, maloliente, estamos de acuerdo, nada que ver con las cuadras de nuestros primeros años, ahora vueltas el botín de las constructoras, para perjuicio de las hermosas casonas emplazadas en ellas y beneficio de la rotada con plata, qué le vamos a hacer-, hasta cansarnos de las arremetidas, empujones, codazos y puntapiés de la gentuza. Usted no alegará lo más mínimo, pero yo igual sabré que estos primeros instantes tras la llegada, la tendrán más que podrida y no querré, bajo ninguna circunstancia, que se espante, pare la cola, divina, menudita, morochita, de gacela, y se vaya por donde vino. Nos sentaremos en el patio de comidas de lo más alto del centro comercial, para que consuma cualquier cosa, sin muchas ganas, y yo esperaré, nervioso, haciendo un barquito con la boleta, agrupando las migas como pala mecánica, volcando el vaso de gaseosa sobre la mesa, mencionándole uno que otro escritor publicado por Anagrama y cómo ha crecido nuestra biblioteca virtual desde que se fuera de la ciudad, el momento preciso para hablarle del motivo de su viaje. Logrará, usted, como otras veces, hacerme sentir inseguro, en lucha conmigo mismo, esforzándome por superar trancas, pero, al mismo tiempo, recurriendo a sus propios argumentos para darme aliento: ya no soy el muchachito que dejó sólo, con las manos ocupadas, para hacer su vida en esas lejanías. A modo de referencia, recordaré mis propias visitas a sus campos, caminatas a lo largo de sembrados, junto a la hileras de álamos, dentro de una gruta inexplorada, justo cuando el terrateniente daba vuelta la espalda, sin saber -o queriendo no saber-, confundido por el ruido de la cascada de agua, de nuestras correrías por la hierba, de sus desnudos en el granero, de lecturas compartidas en el regazo, del recordatorio sobre cómo satisfacerse uno mismo sin depender de otro ser humano (por ejemplo, cabalgando sin montura, para sentir ese cosquilleo entre las piernas, según me ha contado, o poniendo terrones de remolacha debajo de su pancita para provocar la lengua del labrador), pero sobre todo de sus dedicados correos, como si me considerase alguien importante en su tan ocupada vida. Le garantizaré, por mi parte, el disfrute a plenitud de su tour fantaseado, contando con los recursos suficientes –pertenecemos a una muy buena familia, nunca lo olvide-, habiendo pedido previamente discreción a los involucrados, que no son muchos, pierda cuidado en eso. 

Aprovechando que estamos en el centro comercial, iremos de compras. Después, usted se probará las prendas adquiridas, frente al espejo de la habitación del hotel. Podré contemplarla en paños menores y ayudarla con la espuma y cremas corporales para quitarse el “olor a bosta”, como usted llama a esos parajes que heredará por derecho propio. La estoy imaginando, prima, ponerse la camisa de colleras y el pantalón de tela, cruzarse el cinturón con hebilla, calzar los zapatos brillantes y quedarse pensativa frente al espejo, con su melena fijada al casco por efecto del gel. Aprovecharemos, por supuesto, el frío de la calle para que un abrigo elegante cubra lo poco que vaya quedando de mi prima en usted. Primero de malagana, después algo convencida, más tarde con algo de curiosidad y, finalmente, con evidente entusiasmo, saldremos hasta la esquina, sin importarnos la llovizna cayendo de lado, como cortada con un cedazo, para abordar un taxi que nos conducirá hasta el centro mismo de su anhelo. Verá una calle larguísima, flanqueada por una barrera de cemento que separa la vereda de la autopista (qué gran posibilidad de ser víctimas de un asalto en ese encajonamiento, excitante sin duda, más aún si descubren su camuflaje), con faroles en perspectiva formando una sola línea en diagonal hasta donde alcance la vista -somos un par de cegatones de tanto leer con luz débil y ahora usted continúa haciéndolo con velas y palmatorias-, frente al juego multicolor del neón en toda la cuadra. Ya dentro, en medio de la penumbra, sentados en una mesa, usted optará por lo sano, rozagante y curvo, no necesariamente perfecto, representado en el cuerpo de quien se acercara, diligente, para atendernos (tal como lo dejaré establecido, no se tratará de ninguna novata que vaya a improvisar jueguitos, esto será en serio) y se desaparecerán en la privacidad del fondo. 

Pasado cinco minutos, decidiré intervenir. Me pondré de pie, dejaré atrás los baños y avanzaré hacia una tela de gasa floreada puesta a modo de cortina. Es en esta parte donde surge la interferencia, querida prima. Ciertamente que puedo imaginar más cosas, pero tienen demasiado de mi antojo y, por el contrario, pierden parte importante del suyo. Ayúdeme a recuperarlo, por favor, si entre primos todos se puede, incluso retenerme en sus profundidades ya de regreso en el hotel, entre sábanas suaves, para ponerle punto final a tanta especulación que de gratuita no tiene nada.  








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12 jul. 2016

Scorsese, temblorosa cinefilia

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -. 

De niño, joven, adulto o viejo, Martin Scorsese, siempre nervioso. Tembló en el confesionario al contarle al sacerdote pecados como envidiar la vida apasionante de los gangsters de la cuadra, contemplar las pantorrillas de las liceanas de faldas plisadas que paseaban por Little Italy y masturbarse pensando en ellas bajo las sábanas de su cama. Tembló frente a la pantalla del cine viendo películas extremas en emociones y temperatura corporal para su corta edad, como Ben-Hur y Un verano con Mónica de Ingmar Bergman (con desnudo incluido). Tembló mientras estaba en su cama recuperándose del asma u otra dolencia (que no fueron pocas). O escuchando a sus padres Charles y Catherine (ambos trabajadores de la industria textil) advertirle sobre los peligros de vagar demasiado por las calles, lejos de casa, con tantas pandillas de inmigrantes pululando por todos lados. Al descartar el seminario que lo llevaría al sacerdocio e iniciar estudios de cine en la Universidad de Nueva York. Más tarde, con su hijo pequeño llorando en sus brazos, frustrado de no poder concretar sus planes de consolidarse como autor de una obra personal y única. Por no disponer de recursos para mantener a su familia (el rol de asistente de director, las clases en la universidad y los documentales le daban algo de dinero, pero nunca lo suficiente; por lo que decidió probar suerte en el cine por encargo, a las órdenes de Roger Corman, el maestro del bajo presupuesto). Oyendo embobado a su amigo, el también director de su generación (la del 70), Francis Ford Coppola, cuando le prometía que conquistarían el mundo si persistían detrás de las cámaras. Admirando la obra de su maestro, el forjador del cine alternativo, John Cassavetes, a través de sus películas Shadows y Faces, siendo instado por éste a concretar sus propios proyectos y dejar afuera los ajenos. Mirando con la boca abierta a las aspirantes a actriz desnudas, bañándose o tomando sol, en la mansión de algún productor, una relajada tarde californiana de principios de los setentas. Dando vuelta las hojas de un guión, rayándolas con un bolígrafo, para regresar sobre las mismas, sin convencerse del todo. Instando, tartamudeo mediante, a los discípulos del Actors Studio a improvisar alguna genialidad con la cual alcanzar la gloria (¿Me hablas a mí?). En la sala de edición planificando escenas, tiempos y sonidos. En alguna habitación escogiendo, con los ojos cerrados, una banda sonora específica, recurriendo a su ranking personal, recuerdos de su propia vida, lleno de góspel, rhythm’ and blues y al rock’ n roll. Esnifando cocaína hasta eliminar casi todas las plaquetas de su cuerpo quedando al borde de la muerte, decepcionado del curso que tomaba su carrera, entre farras por París, Roma, Londres, Nueva York, largas hospitalizaciones, sin alcanzar el éxito esperado (al menos eso le decían los productores), con ganas de retirarse para dedicar sus días a realizar documentales sobre santos cristianos. Frente a sus diferentes parejas, siendo cuestionado por su dedicación casi exclusiva  al cine, dejando de lado la vida fuera de las butacas. En el plató, junto a sus actores y técnicos, durante el rodaje de Malas calles, Taxi Driver, Toro Salvaje, El color del dinero, Cabo de miedo, Buenos muchachos, Casino, Pandillas de Nueva York, La isla siniestra, Lobo de Wall Street, por decir algunas. Al momento de la restauración de joyas del Séptimo Arte que se creían perdidas, a la cabeza de una institución dedicada el rescate del patrimonio fílmico mundial (World Cinema Project). En todas y cada unas de ellas, Martin Scorsese, siempre tembloroso.

A medida que envejece, su obra mantiene y aún incrementa los niveles de neurosis. Pese a la llegada del reconocimiento de los estudios y los premios. De la conjunción del respeto del público y la crítica. De la experimentación y el entretenimiento. Lo han catalogado de gran creador de personajes, por sobre el desarrollo de tramas. Atormentados, disconformes, místicos, en plena crisis, al borde de o en plena insania. De diferentes épocas, pero en especial de la ciudad moderna, con alienación, aislamiento y angustia. Una repasada rasante al respecto: el maleante juvenil Johnny Boy intentando ser rescatado por su amigo, Charlie, mientras juega con un arma en lo alto del Empire State. Big Bill Shelly y Boxcar  Bertha, ladrones de trenes vueltos sindicalistas revolucionarios. El taxista y veterano de guerra, Travis Bickle, apelando a su propio código justiciero, mesiánico y fascista. Jake La Motta, boxeador troglodita, regente de un club nocturno, dinosaurio en pleno derrumbe. El psicótico cuenta-chistes Rupert Pupkin raptando a su ídolo Jerry Langford para que lo incluya como número estelar en su programa. “El Carnicero” Bill Cutting de las cuatro esquinas de Nueva York imponiendo la justicia en su territorio. El desesperado chofer de ambulancia, Frank Pierce, sin poder salvar la vida de sus pasajeros desangrados. Suma y sigue.

Decenas de colaboradores le han permitido a Scorsese plasmar sus obsesiones tras las cámaras, con o sin el apoyo de los grandes estudios. Casi siempre saliendo victorioso. Colaboradores de largas temporadas como Robert De Niro, Harvy Keitel, Leonardo Di Caprio, Joe Pesci, Victor Argo (actores), Paul Schrader (guionista), Barbara De Fina (ex esposa y productora), Thelma Schoonmaker (montajista). Colaboradores de (gran y única) ocasión como los actores David Carradine, Ray Liotta, Nicolas Cage, Jack Nicholson, Ellen Burstyn, Daniel Day-Lewis, Paul Newman. Siempre, aunque se trate de sus creaciones más débiles, Scorsese se las ingeniará para hacer sus tomas peculiares, de cortes intempestivos, de cámara lenta, saltos temporales, fusión perfecta de imagen y sonido. Y con ello concretar su ya indiscutida contribución a la historia del cine, pero no uno cualquiera. Un cine personal, neurótico, existencialista, fármaco-dependiente y de raíces cristianas. El cine de Martin Scorsese.   
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10 jun. 2016

George Reeves: la vida como sala de espera

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .-


Si nuestros planes están lejos de la realidad, ¿qué hacer mientras tanto? El actor George Reeves, al parecer, lo tenía claro. Y si no, al menos procedió como tal. Mientras esperaba el ofrecimiento de su vida de parte de los grandes estudios cinematográficos, trabajó interpretando a Superman/Clark Kent para un programa de la naciente televisión de Estados Unidos, a inicios de los cincuenta. Asumiendo que su participación en la Segunda Guerra Mundial había interrumpido su carrera (contaba con un rol secundario en “Lo que el viento se llevó”, además de actuaciones en películas de aventuras, bélicas y westerns, en su mayoría de bajo presupuesto, más la promesa de un papel importante en el próximo proyecto de un veterano director que falleciera antes de poder llevarlo a cabo), apostó por la paciencia como aliada. Aunque le parecía un tanto ridículo calzarse el trajecito con la letra ese de insignia, cinturón brillante, calzón a la vista y capa –vestimentas que ni siquiera tenían los colores originales del personaje del cómic, ya que la emisión era en blanco y negro-, de todos modos George Reeves se esmeró en interpretar al paladín de Metrópoli de la mejor manera posible. Más aún cuando el programa “Las aventuras de Superman” se convirtió en todo un fenómeno comercial, liderando el horario destinado a la programación para la familia, con una importante marca de cereales de auspiciador, hechos que volvieron al actor una celebridad reconocida por el público.

Siempre que podía, Reeves les daba en el gusto a sus fanáticos: se ponía los brazos “en jarra” y levantaba la mano para saludar al estilo de Superman (fueron contadas las ocasiones en que confesó que el asunto lo fastidiaba), desatando la locura entre los niños y sus padres (sí, los padres, los mismos que, en el futuro, lo estancarían como la versión de carne y hueso del personaje de la DC Comics, obligando a los estudios a cortar sus escenas en la película “De aquí a la eternidad” para evitar que corearan desde las butacas de los cines la clásica presentación: más rápido que una bala, más potente que una locomotora…). Si para darse ánimo en esta espera, debía apoyarse en tragos de whisky matutinos de su petaca dentro de su camarín, George Reeves lo haría. Si debía dejar el tabaco -o al menos degustarlo en privado como el alcohol- pues un superhéroe no fumaba, lo haría. Si debía calzarse el traje (ahora sí con los colores originales) para absurdas presentaciones en vivo y enfrentar a cuatreros del oeste que le significaban más dinero que el sueldo recibido en la misma serie, lo haría. Si debía prestar su imagen para alguna campaña de recolección de impuesto y uso de estampillas, lo haría. Si debía defender con su influencia la persecución paranoica del macartismo a un colega acusado de comunista, lo haría. Si debía reclamar la repartición equitativa de los sueldos entre todo el equipo, haciendo a un lado su condición de "estrella", lo haría. Si debía lanzar chistes de doble sentido para aligerar el ambiente de las grabaciones, con efectos especiales que fallaban y libretos defectuosos, lo haría. Claro, hasta que la paciencia se le agotó (o pareció agotarse) y creyó ser capaz de tomar las riendas de su destino. Si las grandes interpretaciones no llegaban, tal vez dirigiendo y produciendo su propia serie de televisión, le iría mejor. Pero, como siempre, nada fue definitivo para Reeves. Dejó, regresó y volvió a dejar el programa que le había granjeado su particular fama (una fama que, en cierta forma, jamás logró comprender ni menos valorar), mientras la televisión mutaba del blanco y negro al color y adquiría más importancia como negocio en la industria cultural. 

¿Dónde radicaba el problema que le impedía a Reeves dar ese paso decisivo hacia adelante? En este permanente intento, las puertas siempre se le cerraban y las negativas se sumaban, como si su única misión en la vida fuera interpretar al Hombre de Acero. Reeves sospechaba que había alguien detrás de todo este infortunio. Su ex amante tal vez o el marido de ésta, un magnate – mafioso de la Metro Goldwyn Mayer. En este ir y venir, entre defender sus propias ideas y volver a vestir el traje de hijo de Kriptón por una temporada más, lo sorprendió la muerte producto de un disparo –cuyo origen aún no está aclarado- en su departamento. 


La película “Hollywoodland” (2006, dirigida por Allen Coulter) hace suya esta tesis del complot. Protagonizada de manera certera, creativa y entrañable por Ben Affleck en el rol de George Reeves, la trama agota todas y cada una de las posibilidades sobre la muerte del actor. ¿Crimen pasional? ¿Ajuste de cuentas? ¿Suicidio? ¿Accidente? ¿Todas a la vez? El detective privado Lou Simo (Adrien Brody), primero por dinero y después por desafío personal, se adentra en el mundo subterráneo de las luminarias del espectáculo, de sus secretos, bajezas, vicios y delitos, con el correspondiente deterioro físico y emocional de su propia vida, coincidente con el lazo fraterno que comenzó a unirlo al actor una vez que contempló su cadáver en la morgue. Sonreír y ser generoso en medio de la cloaca, volvía a Reeves mejor que muchos que aún gozaban de la vida, parece ser la conclusión de Simo - Brody. “Hollywoodland” es una honda reflexión respecto a lo que hacemos con nuestra vida mientras los planes -lejanos, descabellados, grandilocuentes, altruistas- se materializan o se hacen humo. Reeves - Affleck supo qué hacer en ese intermezzo. Calzarse un traje de superhéroe para llevar alegría a los corazones de los niños y ser motivo de risa de sus padres cerveceros, crueles y americanos; abuelos, tal vez, de los votantes de Donald Trump.




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