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15 jun. 2012

Luis Durand: la “Frontera” que se fue

MARTA LUZ MANRÍQUEZ -.

Cuando Luis Durand escribió su novela “Frontera" en 1948, lo que hizo fue recorrer noveladamente la historia de su pueblo natal, Traiguén.

Enclavada entre cerros, Traiguén, del mapudungún “Agua que cae “(Trayen-co) fue fundada como fuerte por el coronel Gregorio Urrutia el 2 de diciembre de 1878 en lo que habían sido territorios del cacique Quilapán.

Durand, hijo de doña Cruz Durán, nació y se crió en esta pequeña ciudad y conoció muy de cerca la vida de estos contornos.

Estas tierras fronterizas en las que el escritor vivió su juventud, fueron una vez ricas para el sembradío, produciendo gran cantidad de trigo que llegaba a cubrir parte importante de la demanda del país. Por esta razón era llamada con orgullo “El granero de Chile”.


El empresario y comerciante, José Bunster, instaló un molino (El globo) en 1884, y puso las vías para el primer ferrocarril eléctrico que recorría desde el molino a la estación para transportar el importante cereal. Este notable hombre fundó su propio banco y es considerado uno de los pilares de la historia del pueblo. En su novela, Durand hace constante mención de él. Pero su verdadero protagonista es Anselmo Mendoza, nombre que esconde a don Andrés Manríquez Oliva, hermano del primer alcalde, Juan Manuel Manríquez.

La novela nos cuenta que este personaje habría llegado a la frontera como suche de un comerciante español , y que tras su imprevista y violenta muerte, se quedó con la pulpería y la abundante clientela, entre la  cual había numerosos mapuches que cambiaban sus terrenos, sus ovichas (ovejas) y bueyes (mansún) por comida y alcohol. Esta es una cruda realidad que Durand cuenta sin sentir la menor empatía por el pueblo mapuche. Era común que los campesinos y los indígenas fueran engañados por los colonos y por los avispados comerciantes quienes los despojaban de sus tierras y sus animales vendiéndoles alcohol hasta hacerlos perder su norte y, aprovechando su ignorancia, haciendo que firmaran pagarés que luego cambiaban por sus mapus ( tierras)

Sin embargo, esta tierra abundante y pródiga no logró ser bien aprovechada ya que la nación mapuche nunca se doblegó del todo y abundaron en estos lugares los salteadores de caminos, los cuatreros y las bandas que asaltaban a los convoyes del ejército chileno.

La vida era muy dura y por eso el gobierno repartió tierras a colonos extranjeros, principalmente suizos, alemanes y franceses, para los que el trabajo agotador no era algo del otro mundo y poblaron con gusto estas vastas tierras.

La vida del pueblo y sus alrededores es relatada con gran colorido por el escritor. Es fácil reconocer las personas y los lugares que indica la historia. Mi abuelo Don Carlos Manríquez Castillo se reía picaronamente pues había conocido a “las gringas Schindler", que aparecen en el relato, y los lugares de “Remolienda" donde se juntaban ricos y pobres, mapuches, chilenos y colonos a beber y disfrutar de hembras sabrosas que compensaban su vida ardua y les servían de desahogo a las pasiones contenidas tanto tiempo.

Hasta hoy en día se sabe que los padres franciscanos solían también visitar las casas de las “niñocas” como les llamaba la gente antigua a las meretrices y que los gringos eran verdaderos potros produciendo gran cantidad de guachitos en las empleadas de la casa paterna con la venia de la madre que prefería que el niño se “desahogara “con alguien conocido y no con cualquier “China”. Abundaban los chicos morenos de ojos claros que gozaban de los favores del patrón y que muchas veces llegaron a ser a su vez dueños de parcelitas y hasta bolichitos.

En lo único que discrepo con Durand, que describe con maestría a la gente que reconozco, es su visión del pueblo mapuche.

Aparte del noble cacique Domingo Melín, un hombre leal y fiel como un perro, es visto como flojo y borracho.

En lo de borracho estamos de acuerdo que es un vicio sin raza, ni condición social, ni tiempo…es común tanto aquí en el sur como en el norte y las malas costumbres se aprenden con rapidez.

Pero el mapuche no es flojo. Su cosmovisión lo hace trabajar la tierra lo justo y necesario para obtener su sustento. No va más allá, no le interesa acumular riquezas, vive al día.

Los comerciantes que llegaron a esta zona enriquecieron rápidamente porque beber es una forma de convivencia social. Invitar una copa es una forma de relacionarse con el otro, de establecer vínculos. No soy socióloga pero creo que es una conducta universal.

El libro es extenso pero entretenido. Una especie de epopeya de este hacendado que fue esposo de Cruz Durán, la madre del escritor.

Como buenos chilenos, decía José Donoso, ocultamos las verdades desagradables o poco adecuadas bajo un “tupido velo”

Un tupido velo es el que cubre el origen de Luis Durand quien fue un hijo natural de doña Cruz. ¿Quien fue el padre?

Esa es una verdad que no me incumbe descubrir.

La novela habla de un pueblo que es el mío, de gente que vivió junto a don Exequiel Manríquez, mi bisabuelo y que este era un pariente pobre de los Manríquez ricos. Mi abuelo hablaba de la “Abuela Pancha", refiriéndose a Doña Francisca Oliva, madre de Juan Manuel Manríquez, primer alcalde de Traiguén, y de Andrés Manríquez, el Anselmo Mendoza de la novela. ¿Qué hilos me unen con el escritor? Nunca lo sabré, no conocí a mi abuelo y mi padre nunca se extendió en el tema.

Sólo sé que “Frontera" es la historia de mi pueblo, de mis raíces.

Marta Manríquez Morales
Traiguén , Mayo del 2012.

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