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20 ago. 2013

Viva a pesar de todo

JUAN PABLO JIMÉNEZ -.

Ojalá que nunca más suceda. Ojalá que nunca más se incruste en el pecho de una mujer, justo al centro, el paso por el infierno. Ojalá que nunca más una mujer se pase encerrada sin esperanzas, destinos ni pasados, en una celda fría, ajena y espantosa.

Nubia supo del dolor; del dolor físico para arrancar palabras y del dolor del alma, ese que retuerce como en las tripas dañadas.

Nubia estuvo encerrada, junto a otras compañeras, junto a otros compañeros, solo por pensar que el mundo podía ser distinto, de otro color. Que a partir de la solidaridad más profunda entre seres humanos, se podía hacer de este paso por el mundo, algo mucho más llevadero en justicia, paz y amor.

“Una Mujer en Villa Grimaldi”, de Nubia Becker Eguiluz, es un testimonio a veces aterrador. Otras veces desolador. Un testimonio para decir estoy viva y logré sobreponerme a la crueldad, el abandono y la traición.

Viva a pesar de todo. De los insultos, las cachetadas, los escupitajos, la electricidad que desgarra músculos y sentimientos. A pesar de las vejaciones, del agua sucia para beber, de las patadas en el vientre, de los combos en los senos.

Nubia mantuvo silencio. Otros no. Y ella intentando entenderlos. Vio el amor desangrándose. Un niño de tres años torturado en frente de su padre para que este hablara. Escuchó el llanto desesperado de personas que sentían que la vida les aplastaba con burla.

Pasó largas horas de pie, en el suelo, sin comer, sin esperar nada. Desconectada de los días, el reloj, las fechas, el clima, los diarios. Escuchando la música clásica y AM fuerte, muy fuerte, en el intento de aplacar los alaridos de quienes estaban dispuestos a dar la vida por sus convicciones.

Vio las esperanzas quebradas, la tristeza en los ojos, estados catatónicos de incertidumbre. Sintió cómo Chile, a través de esa furia de compatriotas, se estaba viniendo abajo y nadie sin hacer algo por evitarlo.

Las páginas de “Una Mujer en Villa Grimaldi” están teñidas de odio, no de la autora, sino de los otros protagonistas. Es un grito silencioso en la esperanza de que nunca más esto vuelva a suceder. Que nunca más seres humanos inocentes sean tratados peor que estropajos o perros tiñosos.

En las páginas de este libro hay dolores que conmueven, pero también, mucho amor, mucha ternura, mucha delicadeza. Hay alma, hay espíritu. Hay, digámoslo de nuevo: esperanza.

Uno no quisiera que esto hubiese sucedido, pero sucedió y Nubia, a pesar de sentir muchas veces que perdía las fuerzas, rescató de su memoria esos recuerdos terribles, justamente en el esfuerzo de construir memoria en un país que tiene muy mala memoria.

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