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4 ago. 2012

Alberto Fuguet. En medio de la nada

JUAN PABLO JIMÉNEZ -.

Son muchas cosas las que odio, pero una en particular: los tiempos muertos en los aeropuertos. Sobre todo si no has dormido. Sobre todo si no te has bañado. Sobre todo si son las 12 de la noche y el vuelo sale a las 6 de la mañana. Sobre todo si estás haciendo escala y debes sentarte a ver pasar nada 4 horas. Sobre todo si darías tu reino por una cerveza helada a precio de ser humano.

En los aeropuertos lo que se vive generalmente es olvidable. Desechable. En “Aeropuertos” (2010), Alberto Fuguet hace un paralelo con los estados en la vida de dos adolescentes: Francisca y Álvaro y lo que sucede alrededor de un mundo llamado nosotros o llamado Chile.

Fuguet pone a estos dos personajes en una época: los noventa. Esos mismos personajes uno pudiera situarlos mentalmente en los ochenta. El embarazo a los diecisiete años. Tal vez la música que hubiera escuchado Álvaro no hubiese sido Radiohead, sino “Signos” de Soda Stereo o lo último de The Cure.

Vamos al grano: será por la conciencia social, será por los intereses distintos, será porque a los doce años muchos estábamos leyendo libros por entretención. Pero esta pareja de pendejos situada en los noventa se construye a partir de un discurso vacío, falto de espíritu.

Los dos están más o menos conscientes de lo sucedido. Lo que les jode es el ver trunco el futuro laboral; el salir de la U encontrando trabajo gracias a los contactos y ganar dinero porque así se es exitoso en estos tiempos: por lo menos eso es lo que nos han metido en la cabeza esos señores en la era de los Monstruo-Supermercados.

En “Aeropuertos” todo es nada. Todo es a medias. El embarazo de Francisca, la vida que vive Pablo, el hijo; la relación de este último con Álvaro; las apariciones del padre casi siempre ausente y si está presente no lo está del todo.

Estos tres personajes podrían ser todo lo que sucede en estos tiempos de dinero plástico en que el cheque está en retirada. Todo lo que podría ser pero tal vez no puede ser porque es más fácil que todo sea relativo. Recordemos que esos señores dicen que mirar el pasado es una pérdida de tiempo. Es más fácil vender la pomada diciendo que no se es político aun cuando se tenga un cargo en el gobierno de turno o se caliente un sillón en el parlamento.

A veces uno va avanzando en las páginas de esta rápida novela de Fuguet y siente ese vacío, esa necesidad de que suceda algo. Y eso es justamente un mérito en el autor, que denota el desgano de una generación engañada. Porque pese a que Francisca y Álvaro nacieron el ’76, pareciera que nunca hubiesen pasado por ese capítulo de la historia de Chile llamado los ’80 y que se adelantaron para ser gestores de un ser que se instala en los noventa con unos putos fonos consumidos en las orejas como evadiendo toda la basura que le rodea.

En el libro encontramos a ratos al Fuguet de “Mala Onda”, de “Sobredosis”, en el intento de comunicarnos los pobres –o bueno, “distintos” – mundos interiores de personajes incrustados cómodamente sin saberlo en una generación que es como los aeropuertos: sin tiempos claros, con la posibilidad de que un vuelo se retrase y nos deje la cagada en nuestros compromisos. Una generación en trance, heredera de la transición en Chile, donde no pasó nada después que esperamos tanto.

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