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6 nov. 2014

Marcelo Mellado: La Hediondez

JORGE MUZAM -.

Hace algunos días llegó a mi correo electrónico una versión en word de la novela La Hediondez, de Marcelo Mellado. No sé si será la versión definitiva, pero como no tengo el libro en mis manos deberé basarme en esta copia virtual para escribir mi breve punto de vista.

La Hediondez es una novela breve, compacta, hilarante, que se lee de un sopetón, y es a la vez una obra arriesgada, (aunque a estas alturas puede hablarse de un arriesgado estilo melladiano, que por cierto, suele salir airoso) que se adentra sin asco en los senderos de la inverosimilitud, aunque manteniendo siempre un cable a tierra respecto a ciertas prácticas relacionales de la provincia chilena.

La Hediondez trata sobre la pugna de dos agrupaciones de poetas. Una de ellas, representando a los chicos buenos y comandada por el poeta Prudencio Aguilar, y la otra, representando a los maldadosos, comandada por el Poetiso Caldera. ¿El escenario? La ciudad puerto de San Antonio y sus alrededores. ¿El motivo? Discrepancias irreconciliables sobre el rol que deben cumplir las instituciones culturales, y particularmente las bibliotecas públicas, dentro de la comunidad.

Pero, ¿por qué una obra sobre mochas poéticas se ambienta en una ciudad olvidada como San Antonio donde los poetas no parecen jugar ningún papel relevante en la forma como se estructura la convivencia social? Quizás porque los poetas, al no tener un rol clave ni formar parte interesada en los habituales grupos de poder, deben sobrevivir en el limbo de la precariedad, o más bien, en aquellos intersticios sociales no controlados pero que al menos cuentan con hendiduras donde afirmarse y no caerse definitivamente al hoyo de la inanición. Son, por tanto, especies de comodines excéntricos y propicios que el literaturalizador puede utilizar cuando quiera y para los fines que estime convenientes.

(Mientras leía, tuve también la idea loca que se esfumó por loca, de que el autor pretendía, o al menos soñaba con emular a los sistemas socialistas donde los poetas y grupos culturales adquieren un poder preponderante en la sociedad)

Los poetas -muchachos orgullosos, ególatras y sobretodo adictos a la leyenda del poeta maldito-, son a la vez difíciles de tratar pues no se suelen adecuar a las formas usuales de comportamiento, lo que los convierte en un pato Pekín narrativo. Son, asimismo, extraordinariamente susceptibles (delicados de lomo) y vagos por naturaleza (muy vagos). Son (salvo honrosas excepciones) envidiosos y maricones entre ellos. Maquinan (cahuinean) y socavan (pelan) gratuitamente a sus iguales. Hurtan las migajas de los mendigos que después aparecen en sus poemas, se arriman al potentado de turno y no tienen problemas en traicionarlo si otro potentado tiene un sol más caliente. Aunque políticamente son termocéfalos y oscilantes, esto no les quita la sed de poder, sed de algo, de significar algo para alguien más que no sea la propia mamá, y en esa búsqueda no tendrán problemas en engrosar el ejército de poetas-clones que pululan por decenas de miles a lo largo y ancho de Chile. Porque está demás decir que el 99,9% de ellos escriben de la misma forma las mismas huevadas de siempre.

Respecto a la sed de poder de los poetas y a lo que sucede cuando la logran saciar, recuerdo lo que ocurrió cuando el poeta Radovan Karadzic se autoproclamó presidente de la República Serbia de Bosnia-Herzegovina. O cuando el tierno poeta Chaumette coleccionaba cabezas guillotinadas durante la Revolución Francesa. O mejor aún, cuando el aspirante a poeta Iósiv Stalin se hizo del poder en la Unión Soviética.

Sin embargo, amo la buena poesía, la genuina, y por una añadidura emocional inevitable, amo a los que la han creado. Por lo mismo, aborrezco a los farsantes, a los que se quieren pasar de listos y vender gato por liebre. Detesto, además, la poesía intencionadamente erótica, feminista, academicista e indigenista (lo que no es lo mismo que la poesía nativa, que sí suele tener valor estético)

En Chile han existido y existen buenos poetas, no muchos, pero sí muy buenos, como Rolando Cárdenas, Juan Luis Martínez, Gabriela Mistral, Armando Uribe, Jorge Teillier, Pablo de Rokha, Rodrigo Lira, Rodrigo Verdugo, Violeta Parra (que como poeta bruta es inmensamente superior a su academicista hermano), y algunos poetas muy jóvenes, muy recientes, en plena producción (la mayoría provincianos), y que no nombraré para que no se les suban los humos a la cabeza y empiecen a escribir puras idioteces.

Hay varios más que no menciono, y que no obstante su condición de superestrellas del firmamento literario chileno, no escribieron más de una decena de poemas notables a lo largo de su vida. El resto fue sólo administrarlos adecuadamente, hasta conseguir incluso hacerse de un Nobel.

Pero volviendo a la forma narrativa de La Hediondez, es posible afirmar que la historia se desliza vertiginosamente por un tobogán, economizando al máximo los recursos literarios o al menos camuflándolos con astucia. Parece haber sido escrita apresuradamente, como contra el tiempo, y el narratario así lo deja entrever (al menos en la versión que yo tengo) asumiendo los costos de la economía del relato. ( En algún momento, y no tengo como argumentarlo certeramente, me recordó a Simenon, por cuanto el escritor belga no se complicaba en detalles para sacar adelante multitud de obras)

La temática de la historia -y en este punto puedo estar equivocado- me parece poco atractiva para un foráneo que no esté al tanto ni le interesen los chismoteos behind the scenes de la provincia chilena.

No obstante, debo reconocer que Chéjov, Bulgákov, nuestro Claudio Rodríguez, y hasta el mismo Milan Kundera han retratado con profusión estas temáticas sobre el enrarecimiento que exuda el bajo poder (que en modalidad o pestilencia no es muy diferente al de las altas esferas del poder) Lo que hace distinto a Mellado del resto es la explicitez de su ira, su feroz resentimiento (si bien siempre me ha parecido que los escritores resentidos son los mejores. O si no, sólo vuelvan a echarle un vistazo a Céline).

Sin embargo, el gusto final que me queda tras terminar la obra es el de un ajuste de cuentas más que el de una premeditada obra literaria (aunque por cierto que las obras literarias no siempre son pensadas a priori como tales).

He leído abundantes críticas sobre La Hediondez que me han dejado con un gusto a yogurt light, críticas que (como es lo usual en Chile) siempre tienden a la adulación estándar y al palmoteo amigable de nunca quedar mal con nadie. Mellado es tan querido como denostado en Chile. Mellado es transversal, (si bien sus temáticas son bien circunscritas y hasta obsesivas), por cuanto se le lee y valora tanto desde la academia conservadora, pasando por el snobismo huevón de ciertas elites intelectualizadas, la izquierda exquisita inútil y amariconada, los cabezas de feca que compran, leen, ríen y comentan las vulgaridades de The Clinic hasta el zarrapastroso poetaje que succiona la teta estatal o que sobrevive bajo los puentes. No sé qué espera Mellado que le digan sobre su obra. Como escritor inteligente sabe que las interpretaciones a que uno se expone son innumerables y no siempre concordantes con la motivación original que nos impulsa a escribir una obra. Lo he conocido en persona, hemos intercambiado algunas palabras y me ha parecido un buen tipo, un tipo limpio, idealista, culto y muy generoso. Más allá sólo elucubraría sobre su carácter, porque los novelistas solemos ser particularmente inescrutables en nuestro espacio más íntimo.

Pero si hay algo efectivo que ha conseguido Mellado en todos estos años es estar siempre en boca de amigos y enemigos. Es difícil encontrar una tertulia donde no se toque el asunto Mellado. Los interlocutores preguntan y se preguntan si acaso el escritor es realmente así, o si siempre está hueveando, porque lo que escribe, incluso lo posiblemente dramático, suele resultar muy jocoso. Al apreciador común, acostumbrado a temáticas excelsas, europeizantes, indigenistas desde arriba y sumamente pretenciosas, le cuesta aún aceptar que un escritor del talento de Mellado le guste tanto enlodarse con temáticas tan poco glamorosas como esas peleas chicas de la baja burocracia y sus quiltros rastreros que esperan gruñéndose los huesos fiscales ya sumamente roídos.

Pero volviendo al asunto Mellado y su pertinaz empeño en culturizar literariamente a las masas, no puedo sino atribuirlo a un quijotesco frenesí de su carácter, pues (y reconozco que desde hace rato conforma parte de mi profundamente decepcionada percepción de la realidad social chilena) ni aunque una cuadrilla de Premios Nobel ingresara casa por casa a disuadir a las familias de leer algo más que un amarillista periódico con violaciones y monas piluchas, pues al marcharse, las familias seguirían prefiriendo la comodidad idiotizante de un programa televisivo de farándula.

Retomo La Hediondez. Es innegable que Mellado logra sobreponer territorialmente a sus seguidores y amigos, y por un inevitable efecto narrativo, también a sus enemigos, quienes a través de su obra, pasan a jugar un papel realmente relevante en la provincia. Mellado impone en su obra una suerte de territorialidad nominal, pues los apodos literaturalizados por él se superponen a los nombres y apodos hasta entonces utilizados en la cotidianeidad portuaria. Es decir, Mellado usa, consciente o inconscientemente, el subterfugio literario para investir de poder a su cuadrilla poética, y a la vez degrada hasta una condición de baratas contaminantes y entorpecedoras a la burocratería oficial y sus ladillas lamesuelas.

Si bien la historia está narrada a ratos como un preciosista cómic o como una noticia policial de pasquín, incluso incorporando pasajes de realismo mágico (Chucho Velázquez intentando salvar en su tabla de surf a su culona amada) no es menos cierto que las motivaciones de los personajes para enfrascarse en tan peculiar conflicto son absolutamente creíbles, reales y hasta usuales. La novela trata sobre seres pequeños, mediocres, cuyo único sentido de existencia se remite a disputar un magro botín, y en ese afán pueden llegar a ser efectivamente muy peligrosos.

No puedo dejar pasar ciertos ruidos que al menos a mí me hicieron fruncir las cejas, como la intercalación de construcciones conceptuales de tipo sociológico retorcidos de acuerdo al temperamento del narratario. Definitivamente innecesarias a mi entender. Mellado es potente cuando se va por un torrente narrativo, cuando desnuda a sus amigos o se mofa de sus enemigos. Entonces su pulso no da tregua. Embiste, rodea, hace zancadillas, espía a los espías y les desbarata sus planes.

Deliciosos resultan los pasajes donde interviene la Portentosa, poeta de Lo Gallardo que inocentemente teoriza sobre el ser femenino y la sexualidad, mientras a su alrededor es recurrentemente joteada por los compulsivos machos que no se resisten ante su hermoso culo:

“La mujer del baño que comienza a ser penetrada, le solicita, en pleno embate y jadeando que por favor no la penetre por el ano; concretamente le dice, sin renunciar al tono deseoso, que por el chico no. Y es precisamente lo que el hombre procede a hacer, lo que hace pensar a Elizabeth que esa negativa fue un modo de petición, haciéndole parecer que el ser humano es muy paradojal, y prometiéndose a sí misma que si salía de este trance complicado escribiría un poema sobre el asunto”.

Para finalizar, creo vislumbrar un tema de fondo en la novela: la envidia. La gran mayoría de las personas solemos ser algo o muy fanfarrones, ególatras y mentirosos. El problema adquiere ribetes peligrosos cuando a estas características se suma la envidia descontrolada, pues esta cuenta con un pasadizo secreto aunque muy expedito hacia el mariconeo.

3 comentarios :

  1. Excelente reseña... deshuesa a nuestro escritor Mellado con dedicación, esmero y dosis de crueldad. La prosa de Mellado da que hablar, estremece, desconcierta, así que comparto los juicios que mi amigo Muzam expone.
    Los comentarios al margen sobre nuestra poesía son notables. Gracias por incluirme tan generosamente. Así vale la pena tener amigos. Aún lo esperamos por Santiago.

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  2. He leído con mucha atención su crónica sobre Marcelo Mellado y con concuerdo plenamente en con Claudio al decir que es excelente y por cierto, he disfrutado tremendamente. Usted sabe que desde hace muy poco tiempo estoy rondando las filas literarias, ya que mi embrutecimiento humano me mantenía oculta en los cimientos de la ignorancia. Pero movida por un gran instinto he comenzado a divagar en la poesía, y claro por ello también sentí la necesidad de conocer cómo se desenvuelven los expertos literatos en sus ambientes más lúdicos y sociales.

    Justamente anoche estuve en un lugar de aquellos en donde puse muchas expectativas idealizadas, pero muy por al contrario de lo que pensé, encontré una “Hediondez fatal a egos”. Una especie de duelo de conocimiento y estilo, una verborrea de huevadas en post del arte y en especial la literatura. Parecían estar en una especie de trance, como el de los canutos y lo digo con mucho respeto.

    Bailaban como si tuvieran espasmos y la boca dormida de tanto chupar y fumar puchos intentando convencerte de los visionarios que son de que los demás valen hongo y obviamente buscando retroalimentarse de adulaciones y satisfacer su vanidad hasta que llego el punto en que me cuestione ¡¡Que mierda hacia ahí!!, ingenuamente pensaba que encontraría una especie de generación del 27 en donde podría oír buena poesía y anotar sugerencias o detallitos para el fortalecimiento de mi crecimiento literario y cuando digo crecimiento, me refiero a la madures real y aunque no nunca leí a Mellado, claramente yo de algún modo me identifico con su opinión tan certera sobre esta estirpe literaria snob, en sus estado de idiotez casi farandulera del cual quiere prefiero mantener en lo posible distancia.
    Increíblemente aprendí mas leyendo esta sagaz y honesta nota que en esa fétida verbena de presunciones.


    Un abrazo y mis respetos querido Muzam

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  3. Tempranamente me percaté de que todo lo que brilla no es oro, mi querida Alexandra, aunque tardé décadas y miles de lecturas de narradores y poetas de todo el mundo para llegar a las preconclusiones actuales.
    No suelo juntarme con poetas porque no tengo capacidad de tolerar comportamientos idiotas. Sé reconocer a los auténticos excéntricos y a los valores poéticos, y ellos tampoco toleran a quienes dicen ser poetas sin tener dedos para el piano.
    Mellado es un buen escritor, necesario, valiente, distinto. Pero las percepciones sobre poetas que aparecen en mi reseña son arbitrariedades mías.

    Un fuerte abrazo.

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