Harald Beyer en Hipocrilandia

JORGE MUZAM -.

Jenaro Prieto, político, periodista y escritor satírico chileno, autor de la novela El socio, solía referirse a nuestro país como Tontilandia. Estoy seguro que en su momento encontró abundantes motivos para legitimar ese apelativo. Pues hoy, si contemplara el infecundo espectáculo que ofrece nuestra clase política llamaría a nuestro país Hipocrilandia.

El circo político chileno, el de los apitutados (porque no hay quien no sea político) se debate en una contienda fratricida digna de los Tres Chiflados. Las acusaciones van y vienen, y la guinda de la torta, el Caupolicán de turno, es el ministro de Educación, Harald Beyer.

La opositora concertación necesita que sus nueces hagan mucho ruido justiciero antes que el lodo del descontento ciudadano la salpique demasiado. Porque es un hecho que volverán al gobierno agarrándose de la falda de Michelle Bachelet.

Por esto, la imagen es lo primero que hay que limpiar (al menos hasta donde se pueda) Porque hay casos donde la imagen ya está tan pegoteada de porquería que limpiarla por completo parece un sueño imposible.

La hipocresía gobierna las horas de mi país, domina las formas, se mete a las casas, por ventanas abiertas o televisores encendidos. La hipocresía es casi la esencia de nuestra forma de relacionarnos.

Hoy se debate el lucro en la educación. Quienes lo debaten son los mismos chanchos que se han comido el afrecho del lucro por treinta años. Desde todos los partidos políticos chilenos, desde la extrema derecha a la extrema izquierda, han aflorado empresarios muy dispuestos a llenarse los bolsillos con nuestro corrompido sistema educacional.

 Se asumió como normal que estafar a los jóvenes y sus familias era el camino idóneo para que nuestro sistema educacional se mantuviese vigoroso. Y durante 30 años "nadie dijo nada". Y los chanchos habrían seguido igual de calladitos si cientos de miles de jóvenes estafados no hubiesen puesto el grito en el cielo.

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