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25 feb. 2017

Tracking: el cine y la vida como nos dé la gana


CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Disfrutar del mundo del cine de la manera que al lector más le acomode es la invitación que se desprende de las páginas de Tracking de Gonzalo Frías (Vía X Ediciones, 2014). Lejano a la postura de cinéfilo pedante y experto, la propuesta del también conductor de televisión y documentalista es dejarse llevar por las emociones primarias, intuitivas y puras que sólo puede brindar un amor incondicional al Séptimo Arte. Una vez logrado el primer objetivo, no queda más que intoxicarse con películas (todo tipo de películas, sin ningún criterio discriminatorio) y acabar confundiendo lo que pasa dentro y fuera de la pantalla. A partir de la proyección de cintas de diferente calibre –sea en una sala de cine, en un reproductor Betamax, VHS, DVD, o Blu-Ray- surge una nueva manera de interpretar la vida, tan o más intensa que las historias en “carne y hueso” de todos los días. Sucesos cotidianos buscando su explicación en una escena, una toma, un encuadre, un diálogo o una banda sonora y, al mismo tiempo, la trama de una película reinterpretándose a través de las percepciones de un niño inquieto y pensante sentado sobre las rocas de una playa de Las Cruces.

Con una escritura mutable, juguetona, acondicionada al tipo de personaje y su historia, pero siempre certera y deleitable, Frías entrega su historia personal con el cine (pasión heredada de sus padres y abuelos, pero también transformada y devuelta a ellos a modo de regalo), vinculando diferentes obras del celuloide con sucesos personales y familiares. Ya sea Superman uno, ET El Extraterrestre, La Guerra de los Goonies, Star War, Julio comienza en Julio, el autor siempre se las ingenia para buscar ese vínculo personal que recibe de su entorno y de quienes le acompañan. Se trata de momentos únicos, que sólo a él le pertenecen, pero, al mismo tiempo, que se vuelven una invitación al lector a repasar su propia vida y su relación con las películas. El alcance de lo propuesto por Frías despega de tal forma que hace suponer, al menos mientras dura la lectura, que es posible alcanzar la inmortalidad con dosis extra de cine: se existe no sólo viendo películas, sino extrayendo de éstas nuevas verdades.

Personajes, ambiente, historias, todo en Tracking se vuelve entrañable. Evitando caer en un proceso bucólico e idealizado, Frías retrata en detalle la personalidad de sus seres queridos, incluyendo, por cierto, las falencias de cada uno, como también sus grandezas. A través de este ejercicio, por momentos duro y hasta cruel, logra crear atmósferas emotivas y estremecedoras. Un pueblo costero fantasma como Las Cruces, una zapatería con una cineteca escondida en la trastienda, una madre dedicando su poco tiempo a ver películas con su hijo hasta morir de cáncer, abuelos imperfectos, cinéfilos y chiflados, un padre ausente y delirante.

Tracking puede ser leído como una serie de retratos de personajes y su vínculo con el cine. El narrador es una suerte de enlace con todos ellos, encargándose de captar los momentos más gravitantes de su vida, una galería propia del siglo XX, el de la imagen y el sonido. Un libro supuestamente destinado a entregar una visión del Séptimo Arte de alguien vinculado al área como profesional y fanático, acaba siendo un crisol de experiencias humanas profundas, nostálgicas, dolorosas, pero siempre interesantes, de un grupo de amantes del cine a su manera.

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