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6 feb. 2017

Svengali

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Gema rarísima, de desconcertante belleza. Svengali, película de 1931, dirigida por Archie Mayo y producida por los estudios Warnes Brothers bajo el sistema Vitaphone. Protagonizada por John Barrymore y una adolescente Marian Marsh (la dueña de esa mirada adorable e insana de la imagen), está basada en la novela de George du Maurier de nombre Trilby, publicada a fines del siglo XIX a modo de folletín y considerada, una vez convertida en libro, como el primer best sellers de la historia. Sin la resonancia de otros clásicos del cine de la época como Drácula o Frankenstein, la base de la historia es el mito de Pigmalión -señor maduro educa y se enamora de joven sencilla- recreado ahora en clave gótica, con elementos del impresionismo alemán (decorados deformes, luces y sombras generadoras de angustias, ángulos peculiares incitando al abismo), en los días de la bohemia parisiense. Svengali (Barrymore) es un profesor de música excéntrico, desastrado, inestable, manipulador, que se gana la vida haciendo clases, en su mayoría a mujeres solitarias, parloteando un francés con acento germano de toque malévolo. Cuando conoce a una joven de nombre Trilby (Marsh), modelo nudista tan despreciada socialmente como él, utiliza su habilidad para hipnotizarla y así manejarla a su arbitrio. La escena en que Svengali ejerce su poder a distancia sobre su víctima, con sus ojos convertidos en dos bolas luminosas, cruzando ventanas, tejados y calles, es una de las más recordadas del film. Gracias a los poderes mentales de Svengali, Trilby se convierte en una exitosa cantante lírica. Junto con ello, la vida de la muchacha se va ligando a la del músico de una manera indeleble, mientras un pintorcillo insufrible intenta impedirlo. La obra causó (y sigue causando) la molestia del gremio de los psiquiatras por darle a la hipnosis una fama ligada a los chapuceros y a las ferias de diversiones, por sobre la práctica médica dedicada al bienestar mental de los pacientes. Vi esta cinta por primera vez una madrugada de fines de los ochenta, en la señal cultural del canal del estado, tiempos en que uno podía toparse con estos programas en la televisión abierta. Vaya insomnio que me provocara.

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