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17 ene. 2017

Scorsese, temblorosa cinefilia

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

De niño, joven, adulto o viejo, Martin Scorsese, siempre nervioso. Tembló en el confesionario al contarle al sacerdote pecados como envidiar la vida apasionante de los gangsters de la cuadra, contemplar las pantorrillas de las liceanas de faldas plisadas que paseaban por Little Italy y masturbarse pensando en ellas bajo las sábanas de su cama. Tembló frente a la pantalla del cine viendo películas extremas en emociones y temperatura corporal para su corta edad, como Ben-Hur y Un verano con Mónica de Ingmar Bergman (con desnudo incluido). Tembló mientras estaba en su cama recuperándose del asma u otra dolencia (que no fueron pocas). O escuchando a sus padres Charles y Catherine (ambos trabajadores de la industria textil) advertirle sobre los peligros de vagar demasiado por las calles, lejos de casa, con tantas pandillas de inmigrantes pululando por todos lados. Al descartar el seminario que lo llevaría al sacerdocio e iniciar estudios de cine en la Universidad de Nueva York. Más tarde, con su hijo pequeño llorando en sus brazos, frustrado de no poder concretar sus planes de consolidarse como autor de una obra personal y única. Por no disponer de recursos para mantener a su familia (el rol de asistente de director, las clases en la universidad y los documentales le daban algo de dinero, pero nunca lo suficiente; por lo que decidió probar suerte en el cine por encargo, a las órdenes de Roger Corman, el maestro del bajo presupuesto). Oyendo embobado a su amigo, el también director de su generación (la del 70), Francis Ford Coppola, cuando le prometía que conquistarían el mundo si persistían detrás de las cámaras. Admirando la obra de su maestro, el forjador del cine alternativo, John Cassavetes, a través de sus películas Shadows y Faces, siendo instado por éste a concretar sus propios proyectos y dejar afuera los ajenos. Mirando con la boca abierta a las aspirantes a actriz desnudas, bañándose o tomando sol, en la mansión de algún productor, una relajada tarde californiana de principios de los setentas. Dando vuelta las hojas de un guion, rayándolas con un bolígrafo, para regresar sobre las mismas, sin convencerse del todo. Instando, tartamudeo mediante, a los discípulos del Actors Studio a improvisar alguna genialidad con la cual alcanzar la gloria (¿Me hablas a mí?). En la sala de edición planificando escenas, tiempos y sonidos. En alguna habitación escogiendo, con los ojos cerrados, una banda sonora específica, recurriendo a su ranking personal, recuerdos de su propia vida, lleno de góspel, rhythm’ and blues y al rock’ n roll. Esnifando cocaína hasta eliminar casi todas las plaquetas de su cuerpo quedando al borde de la muerte, decepcionado del curso que tomaba su carrera, entre farras por París, Roma, Londres, Nueva York, largas hospitalizaciones, sin alcanzar el éxito esperado (al menos eso le decían los productores), con ganas de retirarse para dedicar sus días a realizar documentales sobre santos cristianos. Frente a sus diferentes parejas, siendo cuestionado por su dedicación casi exclusiva al cine, dejando de lado la vida fuera de las butacas. En el plató, junto a sus actores y técnicos, durante el rodaje de Malas calles, Taxi Driver, Toro Salvaje, El color del dinero, Cabo de miedo, Buenos muchachos, Casino, Pandillas de Nueva York, La isla siniestra, Lobo de Wall Street, por decir algunas. Al momento de la restauración de joyas del Séptimo Arte que se creían perdidas, a la cabeza de una institución dedicada el rescate del patrimonio fílmico mundial (World Cinema Project). En todas y cada unas de ellas, Martin Scorsese, siempre tembloroso.

A medida que envejece, su obra mantiene y aún incrementa los niveles de neurosis. Pese a la llegada del reconocimiento de los estudios y los premios. De la conjunción del respeto del público y la crítica. De la experimentación y el entretenimiento. Lo han catalogado de gran creador de personajes, por sobre el desarrollo de tramas. Atormentados, disconformes, místicos, en plena crisis, al borde de o en plena insania. De diferentes épocas, pero en especial de la ciudad moderna, con alienación, aislamiento y angustia. Una repasada rasante al respecto: el maleante juvenil Johnny Boy intentando ser rescatado por su amigo, Charlie, mientras juega con un arma en lo alto del Empire State. Big Bill Shelly y Boxcar Bertha, ladrones de trenes vueltos sindicalistas revolucionarios. El taxista y veterano de guerra, Travis Bickle, apelando a su propio código justiciero, mesiánico y fascista. Jake La Motta, boxeador troglodita, regente de un club nocturno, dinosaurio en pleno derrumbe. El psicótico cuenta-chistes Rupert Pupkin raptando a su ídolo Jerry Langford para que lo incluya como número estelar en su programa. “El Carnicero” Bill Cutting de las cuatro esquinas de Nueva York imponiendo la justicia en su territorio. El desesperado chofer de ambulancia, Frank Pierce, sin poder salvar la vida de sus pasajeros desangrados. Suma y sigue.

Decenas de colaboradores le han permitido a Scorsese plasmar sus obsesiones tras las cámaras, con o sin el apoyo de los grandes estudios. Casi siempre saliendo victorioso. Colaboradores de largas temporadas como Robert De Niro, Harvy Keitel, Leonardo Di Caprio, Joe Pesci, Victor Argo (actores), Paul Schrader (guionista), Barbara De Fina (ex esposa y productora), Thelma Schoonmaker (montajista). Colaboradores de (gran y única) ocasión como los actores David Carradine, Ray Liotta, Nicolas Cage, Jack Nicholson, Ellen Burstyn, Daniel Day-Lewis, Paul Newman. Siempre, aunque se trate de sus creaciones más débiles, Scorsese se las ingeniará para hacer sus tomas peculiares, de cortes intempestivos, de cámara lenta, saltos temporales, fusión perfecta de imagen y sonido. Y con ello concretar su ya indiscutida contribución a la historia del cine, pero no uno cualquiera. Un cine personal, neurótico, existencialista, fármaco-dependiente y de raíces cristianas. El cine de Martin Scorsese.

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