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23 jun. 2015

Genuflexos, obsecuentes y besamanos

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Comer y ganar unas pesetas. He ahí las razones del escritor español Camilo José Cela a la pregunta de su secretario sobre su pasado como censor de la dictadura del general Francisco Franco, allá por 1944. Según el Premio Nobel, una manera inofensiva de buscar el sustento era hacer creer a los sabuesos del tirano que los ayudaba a seguir la pista de publicaciones con contenido subversivo. Importante el detalle ése de “hacer creer”, pues Cela le aseguraba a su discípulo que el mismo escogía las revistas que debía hojear para hacer sus informes exculpatorios o condenatorios, entre títulos como “Farmacia Nueva”, “El Boletín de Huérfanos” y “El Mensajero del Corazón de Jesús”. Haciendo gala de su cinismo práctico, el novelista dejó para la posteridad la siguiente frase que alteraría las brújulas de cualquier cientista político: “Yo siempre he dicho que el régimen de Franco no fue un régimen fuerte, era un régimen de fuerza, que no es lo mismo”. 

Independiente de si Cela envió a las mazmorras algún enemigo literario, lo cierto fue que aprovechó esta “liviandad” del caudillo con bigote de estampilla para hacer de las suyas en la burocracia censora. Acusó a muchos amigos de ser “rojos con posibilidad de redimirse” y, precisamente para generar ese cambio en sus consciencias, recomendó que se les publicase su obra y se les dieran suculentos adelantos por derechos de autor.

Esto de escritores que se han inclinado ante la sombra del poder político (y peor aún, el poder político autoritario) imagino que no es reciente. Infiero que se viene dando desde que las bellas letras nos acompañan sobre este valle de lágrimas y sangre. Pienso en lares de túnica blanca flexionados ante Pisistrato o ante César Augusto, haciendo caso omiso a sus bellaquerías omnipresentes. Otro lote de rodillas ante Carlos V o Felipe II con tal de ganar un cupito en la diplomacia o en una oficina pública, gozosas de las riquezas transoceánicas usurpadas a las Indias. 

Claro que no todos han tenido la buena estrella de Camilo José Cela con Franco o de Gabriel García Márquez (otro Premio Nobel con debilidad por las altas esferas) con el nepotismo verde olivo. Algunos escritores, dadas sus opciones políticas, padecieron ostracismo y abandono, como el francés Louis Ferdinand Céline, autor de la novela “Viaje al fondo de la noche” (1932). Su odio visceral a los judíos lo llevó a escribir panfletos llenos de rencor hacia esta comunidad. Por si fuera poco, saludó con alegría los logros de Adolf Hitler en Alemania y se volvió un despreciado colaboracionista del régimen de Vichy en Francia. La fortuna y algo de piedad le impidieron morir frente al pelotón de fusileros, pero no lo eximieron de la soledad y la pobreza en sus años finales, monologando eternamente sobre la desgracia del género humano para quienes quisieran oírlo.

Pienso en Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato tomando tecito con el dictador Rafael Videla y discurseando sobre la política cultural que debía aplicar el “Proceso de Organización Nacional”. Los sonidos de los cubiertos y la bajilla de porcelana de la Casa Rosada debieron ser superiores en decibeles -al menos en ese momento- a los gritos de dolor dados por montoneros y peronistas en la Escuela de Mecánica de la Armada. Años más tarde, Sábato pareció prestárles oídos a estos lamentos y redimió sus culpas encabezando la "Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas" que permitió la realización de juicios en contra de los criminales de la dictadura. Borges, por su lado, insistió hasta el final de sus días en juegos verbales donde mostraba su menosprecio por la democracia y la política de masas.

Y pienso en los escritores chilenos comiendo churrascos, bebiendo pisco de 40 grados y degustando cigarros, en una casona de Lo Curro que la escritora Mariana Callejas compartía con su ex marido, el sicario estadounidense Michael Townley. Durante las noches, descendiendo unos peldaños hacia el sótano, los libros y la lectura le cedían al paso a la corriente eléctrica y el gas sarín sobre prisioneros políticos del régimen. Algunos de los presentes de esas tertulias pasarían a formar parte la Nueva Narrativa Chilena a contar de 1990: Carlos Franz, Gonzalo Contreras y Carlos Iturra. Otros eran figuras consagradas como Enrique Lafourcade y el santón ecologista y antipoeta Nicanor Parra. La mayoría ha reconocido, con vergüenza, su ceguera de esos días y renegado de su amistad con la Callejas. Sólo Iturra se ha mantenido a su lado y la ha homenajeado literaria y fraternalmente, en tiempos en que resulta más cómodo condenarla en su desgracia (la justicia la ha declarado cómplice de Townley en los asesinatos del ex Comandante en Jefe del Ejército de Chile, Carlos Prats y del ex canciller del gobierno de Salvador Allende, Orlando Letelier). Otros escritores, en cambio, fueron más explícitos en el apoyo a Pinochet, como José Luis Rosasco, Sady Zañartu, Arturo Aldunate Phillips, Roque Esteban Scarpa y Braulio Arenas (todos, salvo el primero, galardonados con el Premio Nacional de Literatura).

Voy más allá. Pienso en los cortesanos del propio Pinochet, los escritores Enrique Campos Menéndez (el mismo sobre el cual Jorge Muzam escribiera una notable reseña hace un tiempo), Fernando Emmerich y Álvaro Puga (padre intelectual del montaje periodístico en torno a la "Operación Colombo", donde se intentó mostrar asesinatos políticos cometidos por agentes de seguridad como simples "ajustes de cuentas"), en su rol de alcahuetes de los delirios intelectuales del cruel dictador. No conforme con su acción devastadora a la cabeza de la Junta de Gobierno, Pinochet deseaba ser recordado como un gran historiador y experto en geopolítica… aunque fuese con textos mediocres y plagiados sin ningún pudor. 

Ahí están esas porquerías al alcance de todos quienes quieran hojearlas. Las arcadas y mofas correrán por cuenta del lector.

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