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8 mar. 2015

Corazón de Rockero



JUAN PABLO JIMÉNEZ -.

“Detrás de esta máscara
hay un chico asustado”
(Pedro Aznar)

La música, los discos, las películas. Es probable que nadie lo entienda. Ni tu mamá ni tus ex esposas que ocuparán eso como uno de los argumentos para haberte cortado la cabeza para siempre. Y de reírse de ti para siempre.

¿Qué se puede hacer? ¿Qué se puede hacer para que la fascinación de ver un disco girar no sea parte de tu vida? 

¿Qué se puede hacer para no sentir murciélagos en la guata durante los conciertos en vivo?

Allí están los discos. La música. La creación. Una letra que habla de nosotros; de uno. La escribió un grupo a miles de kilómetros. Pero parece la historia de uno.

Correr a una disquería a comprar el último cassette del grupo que amas. Del solista que amas. Tomar con las manos un vinilo usado. Una iniciación. Un ritual secreto llevado a cabo en el templo interior que nos compone a cada uno.

Una canción. Un álbum. Una música que coloreó la vida del planeta. Una canción que nos habló de todo aquello que no se habla. Porque no conviene, porque no sirve, porque no es rentable. Una canción que haga pensar al mundo y que sea más potente que una bomba atómica.

La sala de ensayo de un grupo de músicos famosos, que han vendido miles de discos. Que aparecen como dioses en las fotos de las revistas. Se ríen. Dicen garabatos. Contestan el teléfono. Han perdido a un ser querido. Se emborracharon la noche anterior. Uno de ellos dejó para siempre de tomar.

La historia del rock como la historia de nuestra propia vida. Hablar de nuestra propia existencia a través de discos y conciertos. De canciones malas y grupos que tuvieron sus quince minutos de fama.

La banda sonora de todo lo que nos ha sucedido. De todo lo que quisimos que nos sucediera. Un disco y en él contenido el recuerdo de tiempos malos. O de tiempos dulces, como las canciones que se parecen a nuestros papás cuando jóvenes. Como las canciones que escuchábamos involuntariamente cuando niños porque algún tío colocaba un vinilo y esas melodías se incrustaban en nuestro inconsciente aflorando décadas después como recuerdos que nos definieron.

Un rockero que odiamos, pero no podemos dejar de admirar. Un rockero que generalmente amamos, sabiendo que es casi más humano que uno. Un rockero que sin tener idea, hizo que uno enamorara a una chica que años más tarde no recordaría ni el título de esa canción ni menos el apellido de ese rockero.

Uno mismo siendo un rockero sin serlo, por el solo hecho de amar el rock y tener el corazón inundado de rabia y a la vez de todas las esperanzas; inundado de todo aquello que soñamos.

El rock como una forma de ser.







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