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12 dic. 2014

Al jardín

JUAN PABLO JIMÉNEZ -.

“Llegaste y tocaste en mí
Lo que no conocía”
(Francisca Valenzuela)

Los jardines parecen ser pasadizos a dimensiones paralelas. Son como otro planeta. Especialmente si somos niños. Está el mundo allá afuera de los papás y los tíos y el interior del jardín, con su olor a tierra húmeda de verano y sus insectos que, por más amenazantes que parezcan, son amigos con quienes jugar.

Los jardines a veces acompañan soledades. Es la explicación de por qué los jardines de las solteronas son tan hermosos o las rosas de la abuela viuda hace ocho años están tan repletas de vida.

Don Corleone murió en medio de la belleza de su jardín. Daniel López solía regar con esmero las plantas de su jardín.

Estos espacios reducidos en terreno pero infinitos en vida y color, a veces definen incluso el rostro de una casa; la esencia y la energía de una familia.

El padre puede estar reflejado en un filodendro, la madre en una orquídea, la hermana en un macetero, un hermano en la maleza y el otro hermano en las espinas de las rosas. 

En “jardín”, la última novela de Pablo Simonetti, ese espacio, ese pasadizo, es la excusa para contar la historia de la familia de Luisa Barbaglia.

Se vende la casa en donde pasó sus últimos 40 años con su esposo, ya muerto. El jardín de esa morada era no solo el alma de la misma, sino además, aquella prolongación de la bondad de una madre que cuida sus flores como si se tratara de más hijos.

Y de ahí el debate: vender o no la casa, dónde se irá mamá, casa o departamento. Respetar o no sus decisiones, qué hacer con todas esas plantas, cómo lograr una mayor suma de dinero, a quién pedirle un buen consejo, dónde está la unión de la familia, el hijo matón, la hermana en las nubes, el sensible que es homosexual (y que por eso se le margina), la madre que no quiere herir a nadie pero que se muere de cansancio.

En fin. Al jardín de Simonetti va a parar todo lo bello, pero también parte de lo malo. Es el escaner a una familia tipo de estos tiempos, donde la dulzura de la mamá anclada en un pasado (anclada en sus flores), no se condice con los delirios de grandeza de sus hijos tontos.

El hijo más pelotudo que decide por todos. El que no se atreve a dejar la cagada para poner las cosas en orden. La hermana cero al lado de un cero. La madre que está dispuesta renunciar a su máximo tesoro para alivianar un poco las cosas, sabiendo que nunca se aliviarán.

En “jardín” Simonetti muestra cómo somos a partir de la familia. La gente realmente leal a uno está muchas veces fuera de la familia. Si tenemos en la familia varios imbéciles que por desgracia llevan un poco de nuestra sangre, la tranquilidad es que nunca los elegimos nosotros.

Así como siempre en medio de la vorágine de la vida diaria llegamos a casa y corremos a refugiarnos en nuestros nintendos, bibliotecas, bares, platos sucios que lavar, algunas abuelas cansadas de la vida se refugian en sus jardines. Y su felicidad es envidiable.



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