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17 oct. 2014

Grandísima puta

JORGE MUZAM -.

Debe ser una puta- pensé. De buenas a primeras no entendía por qué tenía esa impresión. La muchacha caminaba apresuradamente calle arriba, esquivando hoyos y adoquines sueltos. No había nadie más a la vista a esa hora de la mañana. Yo estaba estacionado justo en medio de un enorme charco de agua lodosa acumulada con la lluvia de la anoche anterior. Mi mujer y mis hijos querían ir al mall a comprar un juguete de moda. No quise acompañarlos y me quedé en el auto, observando a las posibles almas solitarias que eligieran esa vía y leyendo un libro de Roberto Bolaño. No quise ir porque consideré que mi cara de antisocial muy enojado con el mundo no encajaba con las caritas alegres y distendidas que acostumbran recorrer los relucientes pasillos de los centros comerciales.

La muchacha se seguía alejando, casi al trote, intentando ponerse torpemente un chaleco para resguardarse del intenso frío. Era alta y esbelta y llevaba jeans ajustados. Era definitivamente hermosa. La seguí con la mirada intentando resolver el enigma de mi primera apreciación. Resolví que tenía culo de puta, largas piernas de puta, tacones de aguja de puta, pechos de puta, cabello largo, teñido y recién mojado de puta, manos finas de puta y rostro de puta (algo que es difícil de explicar, pero que es una cualidad casi pitonisa que nos atribuimos ciertos hombres y que nos permite identificar a las mujeres más licenciosas. Por cierto que el nivel de acierto suele ser bajo).

No obstante ser bella, la muchacha carecía de sensualidad, sus glúteos no iban danzando, sus caderas parecían rígidas y no caminaba dando pasitos de pasarela, sino que era más bien vulgar, como si no le importara ir matando hormigas o chanchitos de tierra. Pero qué diablos me importaba a mí lo que ella hiciera con su vida. Cada uno hace lo que quiere, o más bien lo que puede con su tiempo. Si yo hubiese sido mujer, lo más probable es que hubiese sido una grandísima puta caminando cuesta arriba por esa misma calle y a esa misma hora. Como hombre a veces he tenido mis deslices con más de una mujer a la vez (aunque nunca he cobrado ni pagado un peso) Pero eso no es lo importante ahora.

La muchacha tenía la edad de muchas de mis ex alumnas de secundaria. Pensé en cuántas de ellas se habrían transformado en prostitutas. Pocas tenían padres o parientes en condiciones de financiarles una educación superior. Varias andaban incluso desnutridas. La mayoría venía con la vida jodida desde la cuna. Imaginé la expresión que pondrían ante el señor profesor visitando de improviso sus lenocinios. Qué estupidez. De cualquier forma sabía que eran buenas personas. Nunca conocí malas personas entre mis alumnos.

Cabía también la posibilidad de que la muchacha no fuera formalmente puta, sino cajera, administradora o supervisora de un night club. Quizás hasta podía ser una enfermera o auxiliar paramédico que salía de su turno nocturno. Podía, igualmente, ser la solitaria esposa de algún minero, internado durante meses en la alta cordillera, que saciaba sus ansias sexuales con algún amante de turno. Era tan alta que también podía ser guardia de seguridad nocturna de algún banco o financiera. Talvez hasta era policía. De cualquier forma, todas las posibilidades estaban abiertas, podían conjugarse, ser todas ciertas a la vez o derechamente falsas, dada la debilidad con que mi brújula perceptiva se había manifestado durante los últimos años. Sin embargo, y no bien contemplar cada alternativa anterior, predominó en mí la sutil certeza de que esa muchacha era una deslumbrante puta.

Supuse que la muchacha iba a su casa, a dormir o a alimentar a su bebé. Quizás sólo a darse una segunda ducha descontaminante, a borrarse las huellas dactilares de sus últimos clientes, a desprenderse de sudores ajenos, humos de cigarro y alientos alcohólicos, a embetunarse con jabones desinfectantes, a hacer repetidas gárgaras con enjuagues bucales, a esparcirse espermicidas en las zonas ocupadas, quizás a jugar a creer que durante el día sería otra, disociada de la nocturna, más higiénica, más normal, capaz de sonreír a cambio de nada, otra muy diferente a aquella actriz que interpreta cada noche el mismo triste papel de fingidora de orgasmos, de aduladora de borrachos enfiestados, de saciadora de los puercos solitarios de la noche.

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