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13 ago. 2014

Un primo lejano de Céline

JORGE MUZAM -.

Se llamaba Lamberto. Era un feo nombre, así que sólo le decíamos Lambert, pues de esa forma se asemejaba más a Christopher Lambert, el highlander escocés. Con el tiempo sólo le dijimos Cris. Creo que le hicimos un favor en ese sentido, pues conociendo la picardía malintencionada de los chilenos, con el tiempo su nombre habría derivado a lame-raja, o cosas aún peores. No podríamos decir que era un mal muchacho, sólo porfiado como asno, llevado de sus ideas como abuelito de 80 años que no está dispuesto a cambiar un ápice su rutina. En este caso se trataba de sus percepciones literarias. De alguna forma se había quedado estancado en sus primeros acercamientos a la literatura allá por los 18 años. Desde entonces sintió que con eso le bastaba para convertirse en un literato hecho y derecho y dar cátedra por la vida. En cierto remoto sentido tenía razón, pero no estábamos dispuestos a reconocerle ese mérito. Sus padrinos literarios eran García Márquez, Manuel Rojas, Cervantes y Neruda. Lo único que había leído con cierto agrado posteriormente era Cortázar. No eran malos padrinos, y quizás sólo con Cervantes ya le bastaba.

Cris, Lambert, Lamberto o Lame-raja (aún no se decide este modesto narrador por el apelativo de su personaje central, pero ténganme paciencia) había comenzado a escribir cuentos y poemas desde su primer y único año de universidad. Parecía que no le había ido tan mal, pues ya había ganado dos concursos municipales de poesía y tres provinciales de cuentos. Pero como hablamos de Chile, esto no significaba bajo ningún punto de vista un mérito entre sus pares, pues, como muy bien sabemos, en Chile cualquier idiota del pueblo puede hacerse de un galardón literario menor. Los jurados usualmente están conformados por alcaldes, asesores de alcaldes, jefes de gabinete, concejales, rotarios, periodistas lameculos, académicos de provincia y rectores de colegio, lo que equivale a decir, muy posibles analfabetos. Cris, Lambert, Lamberto o Lame-raja carecía de autocrítica. Y no es que se creyera demasiado bueno, pero era incapaz de reconocer o siquiera reparar en sus debilidades narrativas. La mayor parte del tiempo era sólo correcto. Es decir, sabía hilvanar oraciones hasta llegar a contar una historia medianamente entretenida. No tenía faltas de ortografía y su sintaxis era aceptable. Pero si hubiera decidido nunca escribir nada habría dado exactamente lo mismo. Era uno del montón. Sin embargo (y sólo por esto escribo este texto) podía llegar a ser muy bueno cuando retrataba su propia miseria, marcada hasta cierto punto por su incapacidad o por su cobardía para zafarse de cualquier convención, o sus delirios de amante frustrado por todas esas mujeres que lo volvían loco y a las que no era capaz de tocarle un pelo. También era espectacular cuando recordaba su infancia, más bien la ternura que emanaba de los fantasmas de su niñez, los tipos que le dieron un aventón, los riachuelos que se llevaron sus barcos de papel. También era muy bueno cuando reñía con su esposa, con sus hijos, sus jefes, sus colegas, con el chofer del microbús, el boletero del metro, el panadero y la ascensorista. Entonces se recluía en su terraza que daba a un estrecho callejón que no visitaban ni los gatos, abría su botella de pisco Mistral, se bebía la mitad al seco y la otra mitad se la iba bebiendo lentamente mientras sumaba maldiciones en su ordenador. Pues esas maldiciones eran lo mejor que escribía, su peculiar diamante literario. Allí, en esos momentos, sin proponérselo, era un primo lejano de Céline, un primo borracho, un primo tímido, un monstruo mental.

El problema es que tras la borrachera volvía a ser un mediocre, sobre todo cuando intentaba parecerse a los clásicos del boom, o cuando intentaba parecer divertido o bukowskiano. Entonces los diálogos se le daban forzados, como de culebrón de la tarde, carecían de rudeza, de dobles intenciones, como corteses diplomáticos interpretando el papel de rufiancillos travestis. Si bien su estilo era camaleónico, difícilmente encasillable, casi nunca se despojaba de cierta tibieza narrativa o de una exasperante circunspección en las formas en que se desenvolvían sus personajes.

Pudo haber sido un gran escritor. Tenía dedos para el piano literario, pero carecía de cojones para cortar el cordón umbilical de las convenciones, para imponer sus criterios a sus pares, incluso para imponer su presencia en cualquier lugar, y aunque eso lo torturaba mentalmente, era incapaz de mover una pestaña contra sus adustos vigilantes. Su jefe tenía más poder que Atila, su esposa cabriolaba sobre su cabeza como una Margareth Thatcher y sus dos hijos, cuales Hitler y Stalin, lo tenían pa la patá y el combo, como una Polonia con los pantalones abajo. El final ya puedes imaginarlo. Los tipos así, tan geniales como descojonados, suelen tener temprana cita con la pelada.

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