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13 ago. 2014

El Harold Bloom de la poesía chilena

JORGE MUZAM -.

Era un perro culiao, feo y ordinario como mosca de desagüe, un rechuchesumadre mala clase que merecía más que nadie unas buenas y correctivas patás en la raja por arrogante, desubicado y puntudo. El detalle que lo salvaba de tan ejemplificadora lección era que sabía de poesía chilena. Y lo que es peor, sabía bastante. Pero de escribir ni hablar, no escribía más que frases zalameras a sus amantes de turno, cual de todas más vieja, guatona y alcohólica, pero que lo acicalaban y mantenían como a un perrito de aguas. Tampoco provenía de una familia de poetas o intelectuales. Ni siquiera leían en su familia, ni habían leído sus ancestros, ni los patrones de sus ancestros. Pero este saco de güeas leía, y leía sistemáticamente. Poesía y crítica literaria, filosofía del lenguaje, algo de antropología e historia de las ideas. En el resto de los temas del conocimiento era un ignorante de mierda. No solía visitar bibliotecas, no tenía estudios formales, no asistía a conferencias, sólo robaba libros de las casas donde se hacía invitar. Gracias a su fortaleza para resistir el alcohol solía ser el último en emborracharse. Esto le permitía recorrer las casas a su antojo y extraer impunemente de las bibliotecas los mejores libros, los que cabían en su morral o en los bolsillos de su saco. Así fue como se hizo de los valiosos libros de Enrique Gómez Correa, Braulio Arenas y Juan Luis Martínez. Sin embargo, no comulgaba con Diego Maquieira. Decía que era un clon de otros clones, poesía de viejas que tomaban tecito a las cuatro de la tarde, que no sacudía a nadie, que no conmovía a nadie. Afirmaba además que Jorge Teillier era una reverberación de Esenin, que si Pablo Neruda no hubiese escrito las Residencias sería sólo el inspirador de Ricardo Arjona, que Nicanor Parra era el más sobrevalorado pastiche de la historia patria, y que Gonzalo Rojas era más reiterativo y agotador que una babosa con asma. Tenía cierta simpatía, eso sí, por las huevadas que escribía Claudio Bertoni, o la solemnidad de Rolando Cárdenas. Afirmaba que Gabriela Mistral merecía una tumba negra en un cielo sin nubes y que Pablo de Rokha era el mismo Dios personificando al hombre. Mis amigos me susurraban al oído su disgusto ante ese piojento que vulneraba el prestigio de tantos próceres de la creación nacional y se ofrecían, individual y colectivamente, para sacarle la chucha. Pero yo los calmaba instándolos a cultivar la noble tolerancia, pues en el reino del señor había pendejos aún peores que ese.

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