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8 may. 2014

Pornostar chileno rompe récord mundial

JORGE MUZAM -.

En el verano francés de 1997, un relato de mi autoría titulado Pornostar chileno rompe récord mundial se impuso unánimemente en Le Grand Prix de Littérature Erótique de Montpellier.

Narraba un suceso ocurrido en una población periférica de San Carlos durante la primavera de 1989.

La población Once de Septiembre es una agrupación de 200 casas de material liviano y techumbre de pizarreño. Fueron levantadas en 1982, detrás del cementerio de San Carlos. 

Habían llegado a vivir allí los desplazados capitalinos del general Augusto Pinochet. Decenas de miles de personas que sobrevivían cerca de los barrios más acomodados de la República y que con la fealdad de su pobreza ensuciaban el horizonte, ocupaban territorios que iban adquiriendo alta plusvalía y se convertían casi sin quererlo en una potencial amenaza para los más ricos.

Pinochet cercenó ese problema acarreando a las personas en camiones militares y buses viejos hasta los lugares más apartados del país con la excusa de que se debía poblar estratégicamente el territorio y colonizar lugares inhóspitos para incorporarlos plenamente a la soberanía nacional.

Gran parte de esas personas no encontraron forma de sobrevivir y volvieron al poco tiempo. Pero al regresar vieron que sus casas habían sido demolidas y que en sus antiguos patios se levantaban ahora imponentes edificios. Sólo les quedaba allegarse en torno a las comunas más pobres, levantando carpas de nylon, campamentos y rancheríos miserables. 

Otros, como las personas acarreadas hasta San Carlos, pudieron adaptarse medianamente, apenas sobreviviendo con lo que se lograba rasguñar en el día a día y con el estigma de no ser más que lacra humana y nido de delincuentes y mendigos.

Pero no nos alejemos tanto de lo que estábamos hablando. Sucedió que pasó por ese denostado rincón de Chile un estudiante de comunicación audiovisual talquino que andaba en busca de actores improvisados para filmar el motivo de su tesis de grado.

Como buen chileno, tenía tías de primero, segundo y tercer grado repartidas en cada villa a lo largo de los cuatro mil kilómetros de Chile continental. Una de estas tías, algo suelta de cascos, acabó por convencer al inocente sobrino camarógrafo de que la mejor forma de ganarse la vida era filmar y editar películas pornográficas. La abundancia de tipos desempleados y aproblemadas madres solteras que supervivían en esa población otorgaba un amplio registro de potenciales actores y actrices.

Las cosas se dieron sin mayores inconvenientes.

Rápidamente surgieron varios voluntarios y no menos de una decena de mujeres dispuestas a hacer lo que se les pidiera por poco dinero. Se estableció que las locaciones serían al aire libre, en los extensos y solitarios campos que colindaban con la población, para aprovechar la fuerte luminosidad de esos días de octubre.

Nuestro cineasta se abocó prontamente a la idea de articular un guión interesante. Leyó cuanta revistilla pornográfica encontró y repasó una y otra vez su repertorio de películas privadas almacenadas detrás de un viejo armario en su casa talquina. Alemanas, holandesas, norteamericanas, argentinas y brasileñas. Puso atención en cada historia, en cada encuadre, en cada ambientación, en cada gesto y sonido. Luego se sentó a escribir el guión que terminó al cabo de dos horas. Algo más tarde, compró una batería nueva para su cámara, le sustrajo a su padre un poderoso foco de caza, pidió un pequeño préstamo a su madre y se devolvió a San Carlos.

Lo que sucedió en esa ciudad del centro-sur chileno está narrado detalladamente en el relato antes mencionado y no es de mi interés volver a comentarlo, sino sólo resaltar lo extraño que me parece que haya tenido el éxito que tuvo y que fuera publicado en varias antologías de cuentos eróticos, particularmente húngaras, rumanas y lituanas.

Aprovechando mi rutilante estadía en el sur de Francia para recibir los honores correspondientes, se me instó por parte de tres importantes editoriales a escribir uno o más libros de contenido erótico para su inmediata publicación, lo cual me pareció muy bien.

Sin embargo, al volver a Chile y sentarme a escribir me di cuenta que nada me resultaba, que los relatos que me salían eran insípidos, artificiosos y cursis. No era un buen ficcionador ni lo suficientemente pervertido como para escribir algo exitoso. Las novelas del Marques de Sade que leí con tanta fruición como asco, no me ayudaron, y las obras de Henry Miller, George Bataille, Witold Gombrowicz, Anaïs Nin, D.H.Lawrence y Charles Bukowski más bien me convirtieron en una especie de filósofo de un abatido erotismo existencialista. Claramente mi filosofía no fue del agrado de los editores y allí mismo fui sepultado como aspirante a escritor erótico.

El relato sancarlino previo sólo pude narrarlo a partir de mi experiencia como espectador de los sucesos, pues mi imaginación por sí sola no era suficiente para crear esa pesadilla de carne, sudor y quejidos. Hasta el día de hoy, cuando se lo cuento a alguien, recibo de vuelta incómodas felicitaciones por mi capacidad inventiva, pero nadie osa creerlo.

Imagen: Vladimir Fedot

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