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11 feb. 2014

Pasaje con nihilismo barato

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Algunos amigos se compadecen al saber que debo tomar dos microbuses y el metro para movilizarme de lunes a viernes. Consideran que es un padecimiento imposible de soportar e injusto de sobrellevar. Más aún porque la mayoría de ellos cuenta con un automóvil que los traslada de un punto a otro de la ciudad, mientras miles de peatones esperan, en diferentes paraderos, la llegada del detestable transporte público metropolitano. La incomodidad les nace al saber que uno de esos peatones es alguien de carne y hueso, con quien han compartido brindis y comidas, palmoteos y abrazos, además de uno que otro favor.

Pese a que les he dicho que para mí significa poco y nada, no me creen. Y es cierto. Considero que el trayecto no me toma demasiado tiempo en comparación con personas que viven en comunas más apartadas. Media hora si el tráfico es fluido y cuarenta y cinco si es muy crítico. En los días de lluvia, un poco de agua que se capea con sombrero, impermeable y abrigo. El problema principal –si es que lo podemos llamar problema- es el microbús que me traslada desde la rotonda Grecia hasta el cruce de Marathon por la avenida Rodrigo de Araya. El servicio se caracteriza por su desprolijidad en cuanto a los tiempos de espera, el mal estado y tamaño de las máquinas y, en ocasiones, la mala actitud de los choferes (dada la tensión de su trabajo diario, no los juzgo. Por menos ya me habría acriminado con unos cuantos paisanos, empresarios microbuseros y policías de tránsito). Eso sí, jamás he visto algo por el estilo de parte de los pasajeros, en su mayoría trabajadores y estudiantes de la población Santa Julia. Si surge algún problema, optan por la risa a flor de piel en vez de la agresión simiesca, tan común en otras partes de la ciudad.


Insisto: nada de todo aquello significa demasiado sufrimiento ni me altera el estado de ánimo. Una de las razones de por qué no me dejo llevar por la lamentación, es que sé muy bien lo que significa perder parte de la vida arriba de un microbús. Durante mis años de liceo y universidad pasé largas horas cruzando las avenidas Concha y Toro, Santa Rosa, Las Vizcachas, Macul, Pedro de Valdivia y Vicuña Mackenna para llegar a algún destino (en la mayoría de las veces incierto). Ya fuera un taco, arreglos en el camino, otro vehículo en pana, semáforos en desperfecto, un allanamiento militar, un aviso de bomba del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, el trayecto podía prolongarse, fácil, unas dos horas y media. Como dijo el Chicho Allende “no tengo condiciones de mártir”, por lo que este recuerdo sólo me genera un ligero fastidio. Esta sensación se revierte, en parte, cuando pienso en las siestas sobre la carcasa del motor del Monobloco Mercedes Benz 362 “Mapocho - Puente Alto”, en el viaje de regreso tras las tertulias de Cinzano y hallullas con mortadela, animadas por Jorge Muzam en los patios de Macul. En los empujones intencionados a las estudiantes del Liceo Carmela Carvajal de Prat, todos con su consentimiento, entre frenazo y frenazo. En los agarrones de una señora regordeta y de excesiva pintura en la cara con especial predilección por las nalgas púberes de los alumnos del Instituto Nacional. Sin olvidar, por cierto, las cientos de novelas que leí cuando lograba un mínimo espacio donde tirarme, entre tanta gente queriendo lo mismo que yo: llegar en buenas condiciones a su destino. 

Esto de no saber conducir me hace un permanente copiloto en los automóviles de los amigos. Alberto me comentó, mientras regresábamos de una reunión de los Búfalos Mojados, la molestia que le ocasionó una mujer que no respetó su zona de confort (en una situación ideal, este espacio puede ir de los dos a los cinco metros), cuando intentaba sacar dinero de un cajero electrónico del centro comercial Apumanque. Mi amigo le hizo presente a la mujer lo incomodo que se sentía por su ubicación espacial y ella le respondió con un garabato. Le dije que, sin aprobarla, entendía la reacción de la ciudadana. “Yo creo que ella nunca quiso pasarte a llevar en tu espacio –agregué-. En el fondo, tú para ella no eras un igual, ni siquiera un ser humano, sino un obstáculo, el último después de haberlos sorteado casi todos, antes de poder sacar el dinero que tanta falta le hacía”.

Alberto, dada su cortesía extrema, siempre se muestra atentos a mis reflexiones. Esta vez no fue la excepción. Aún más, divagó en las ocasiones en que el resto de los santiaguinos se convierten para él en obstáculos, en molestos baches puesto allí para entorpecer su correcto avance: otros conductores con automóviles más feos que el suyo (él es un amante de los coches lujosos, así como yo de los juguetes antiguos), los abogados de la contraparte, los carabineros y detectives porfiados que se niegan a corregir los procedimientos, los funcionarios de los tribunales displicentes, otros maratonistas de fin de semana por los alrededores del Cerro Manquehue impidiéndole ganar unos metros. Alberto concluyó, justo cuando me disponía a bajar frente a mi casa, que el tema era más complejo de lo que pensaba. Conociéndolo, de seguro siguió dándole vuelta con su almohada. 

Yo también hice mi ejercicio mental. Recordé aquella vez en que todos los que esperábamos el microbús en la Rotonda Grecia, en su mayoría conocidos, casi amigos de tantas veces estando en las mismas circunstancias (la mujer fogosa escondida dentro de su disfraz de madre trabajadora; las decenas de señoras replicando el look de la Presidenta Bachelet con corte y teñido de pelo, más anteojos; el muchacho pioneta que fuma marihuana, oye reggaetón y vive con su cuerpo accidentado; la estudiante de incansable masticar chicle; el señor de la pierna ortopédica; la muchacha que sólo espera la llegada de un sujeto con dinero –no importa la edad- para abandonar su trabajo de porquería…), logramos, por fin, ingresar a una máquina casi repleta. También recordé el placer que nos causó ver, ya dentro de la carrocería, como las personas de los paraderos siguientes no lograban subir, ya fuera porque el microbús no se detenía, no abría sus puertas o simplemente porque no avanzábamos hacia el pasillo para darles la oportunidad de cruzar más allá de los peldaños de la pisadera. 

Miradas de odio nacidas desde las profundidades de la calle nos convertían en cortapisas. Para nosotros, en cambio, ellas eran las responsables del atraso que estábamos experimentando. 

Bien podrían podrirse esperando el siguiente microbús.

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