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29 ene. 2014

Las cuitas de un escritor chileno

JORGE MUZAM -.

Se llamaba Lamberto. Era un feo nombre, así que sólo le decíamos Lambert, pues de esa forma se asemejaba más a Christopher Lambert, el highlander escocés. Con el tiempo sólo le dijimos Cris. Creo que le hicimos un favor en ese sentido, pues de otra forma su nombre habría derivado a Lame-raja, o cosas aún peores. Se allegaba a nuestro grupo cuando bebíamos en el bar de la tía Daisy, en el barrio República. No podríamos decir que era un mal muchacho, sólo porfiado como asno, llevado de sus ideas, como abuelito de 80 años que no está dispuesto a cambiar un ápice su rutina. En este caso se trataba de sus percepciones literarias. De alguna forma se había quedado estancado en sus primeros acercamientos a la literatura allá por los 18 años. Desde entonces sintió que con eso le bastaba para convertirse en un literato hecho y derecho y dar cátedra por la vida. En cierto remoto sentido tenía razón, pero no estábamos dispuestos a reconocerle ese mérito. Sus influencias o padrinos literarios eran García Márquez, Manuel Rojas, Cervantes, Benedetti y Neruda. Lo único que había leído con cierto agrado posteriormente eran los cuentos de Cortázar. No eran malos padrinos, y quizás sólo con Cervantes ya le habría bastado.

Cris, Lambert, Lamberto o Lame-raja (aún no se decide este modesto narrador por el apelativo definitivo de su personaje central, pero ténganme paciencia) había comenzado a escribir cuentos y poemas desde su primer y único año de universidad. Parecía que no le había ido tan mal, pues ya había ganado dos concursos municipales de poesía y tres provinciales de cuento. Pero como hablamos de Chile, esto no significaba bajo ningún punto de vista un mérito genuino, pues como muy bien sabemos, en Chile cualquier idiota del pueblo puede hacerse de un galardón literario menor. Los jurados usualmente están conformados por alcaldes, asesores de alcaldes, jefes de gabinete de alcaldes, rotarios, periodistas lameculos, pastores evangélicos, académicos de provincia y rectores de colegios, lo que equivale a decir, muy posibles analfabetos. Cris, Lambert, Lamberto o Lame-raja carecía de autocrítica. Siempre se encontraba genial. Y es verdad que era bueno cuando retrataba su propia miseria, o cuando recordaba sus primeros años y toda la ternura que emanaba de los fantasmas de su niñez, También era muy bueno cuando reñía con su esposa, sus hijos, sus jefes, sus colegas, con el chofer del microbús, el boletero del metro, el panadero y la ascensorista. Entonces se recluía en su terraza que daba a un estrecho callejón que no visitaban ni los gatos. Abría su botella de pisco Mistral, se bebía la mitad al seco y la otra mitad se la iba bebiendo lentamente mientras sumaba maldiciones en su ordenador. Pues esas maldiciones eran lo mejor que escribía, su peculiar diamante literario, no así cuando intentaba parecerse a los clásicos del boom, o cuando intentaba parecer divertido. Entonces los diálogos se le daban forzados, como de teleserie de la tarde, carecían de rudeza, de dobles intenciones, como diplomáticos relamidos interpretando torpemente el papel de rufianes. Su estilo era, por decirlo de algún modo, camaleónico, oscilante, difícilmente distinguible, y nunca se despojaba de cierta tibieza narrativa, de cierta timidez o circunspección en las descripciones e incluso en las formas en que se desenvolvían sus personajes.

Pudo haber sido un gran escritor. Tenía incipientes dedos para el piano literario, pero carecía de cojones para cortar el cordón umbilical de las convenciones, para imponerse a sus pares, para imponer sus criterios hogareños, y aunque eso lo torturaba mentalmente, era incapaz de mover una pestaña contra sus adustos vigilantes. Su jefe tenía más poder que Atila, su esposa cabriolaba sobre su cabeza como una Margareth Thatcher y sus dos hijos, cuales Hitler y Stalin, lo tenían pa la patá y el combo, como si él fuese una Polonia con pantalones. El final ya puedes imaginarlo, estimado lector. Los tipos así, tan irregulares como descojonados, suelen tener temprana cita con la nada.

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