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6 dic. 2012

Nube vagabunda

JORGE MUZAM -.

Desde anoche nos amenaza una tormenta muda. Nubes vagabundas se deslizan como gordas bailarinas entre los relámpagos. Caen gotas tan débiles que no espantan ni a los zancudos. En los techos, apenas un murmullo. Sigo leyendo a Steinbeck. Sus novelas históricas son apenas pretextos para seguir hablando a través de sus personajes. Todos tienen miedo, todos son contradictorios, todos observan por las ventanas y ven gajos de sinsentido asomándose entre los ramajes. Henry Morgan se marcha a las Indias. Su padre le pide que antes de irse vaya a ver a Merlín a la montaña. Confía en que Merlín pueda disuadirlo de quedarse. Merlín intenta aconsejarlo. Merlín es un bardo fracasado que se fue a las montañas, lejos de los hombres, lejos de la banalidad de las formas, lejos del ruido y la furia, lejos del egoísmo. Se fue con su propia ira a cuestas intentando convertirse en hombre.

Dice Merlin a Henry:

"-Yo me fui en una gran nave española hace mil años... debe hacer más de eso; o quizá no me fuera en realidad y lo haya soñado. Llegamos al fin a aquellas Indias verdes y eran bellas pero inmutables. Su ciclo es una monotonía verde. Si te vas allá tendrás que renunciar al año; perderás la punzada de absoluto espanto en pleno invierno con el presagio de que el mundo ha abandonado la lealtad solar para carenar un espacio solitario, de que la primavera no volverá nunca. Y perderás esa violenta y emocionada agitación cuando regresa el sol, la alegría del sol inundándote como una ola caliente que te llena de placer y de alivio. Allí no hay cambios. Ninguno en absoluto. Pasado y futuro se funden en un presente eterno y odioso".
Responde Henry:

"-Pero aquí tampoco hay cambios. Año tras año se recogen cosechas y las vacas lamen a sus ternerillos; año tras año se hace la matanza del cerdo y se ahúman los jamones. La primavera llega, sí, pero no pasa nada".

Merlín concluye:

"-Muy cierto, muchacho ciego; ya veo que hablamos de cosas distintas".

Leí hasta que la noche me nubló la vista y las hojas de Steinbeck quedaron humedecidas por las gotas de lluvia tímida. No era posible entrar. La temperatura no bajaba de los 40 grados.

Hoy la temperatura sigue obcecada en los cuarenta y tantos, todo se derrite, todo se disuelve, el aire se masca y hasta temo convertirme en otra nube vagabunda.

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