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8 jul. 2013

Diego Zúñiga. Sangre en los dientes


JUAN PABLO JIMÉNEZ -.

Son esos murmullos. Esas cosas que pasan en la pieza de al lado. En los moteles, los murmullos son gemidos de éxtasis. En las casonas olvidadas, testigos de un pasado.

“Camanchaca” (2009), del joven Diego Zúñiga, en un principio se iba a llamar de esa manera: “Los Murmullos”. Aquello que pasa tras las paredes, de las habitaciones y de nuestras almas.

El protagonista de esta novela tiene 20 años. Nunca supimos su nombre. Pero no importa. No es lo importante. Lo que aquí vale es la construcción del personaje. Más que la construcción, cómo éste se nos muestra sin despojos.

115 páginas de una novela que se puede leer en dos horas, en una tarde después de recorrer el campo. A pedazos mientras la musa que amamos se ducha después de la guerra sin tregua en la cama.

Una carretera. Una camioneta con un padre pelotudo. Un pendejo de 20 años mirando por la ventana de la camioneta consumido en sus fonos. En la parte de atrás la mujer de su papá –no su madrastra– y el tonto del hijo de su papá –no su hermano.

La carretera camino al norte –con ese desierto donde de noche se escucha al silencio– es el escenario del recuento de una vida del protagonista de “Camanchaca”. Una vida que si no es de mierda va directo a eso.

El joven tiene que revisarse los dientes porque tal como su vida, pareciera que todo se está pudriendo. Tal vez sea eso de somatizar lo malo que nos sucede. Porque si estamos felices nos vemos radiantes. Si hasta la gente lo dice. Pero si estamos ensimismados por la incertidumbre, irradiamos desgano.

Una madre gorda que duerme con su hijo. Los murmullos. Un abuelo testigo de Jehová que cree que la salvación está en no comer pan con mantequilla. Un tío al cual parece que se lo llevaron los milicos pero nadie se atreve a reconocerlo. Una madre que una noche pone la mano de su hijo en la entrepierna como resultado de una contenida desesperación. Un padre atolondrado que ni siquiera sirve para actuar cariño a través de lo material.

Diego Zúñiga va contando dos historias paralelas que explican el sinsentido del protagonista. 

Un presente que debe su tono gris a los últimos acontecimientos y un pasado que se explica por sí solo.

Durante un largo tiempo mamá y su hijo jugaron a las entrevistas. Se cambiaban los roles. De hecho, una vez la madre entrevistó a su hijo respecto al impacto de que sus padres fuesen separados.

Una habitación de adolescente –donde pasa de todo y en realidad no pasa nada– donde el muchacho escucha las grabaciones de esas entrevistas y va tratando de encontrarle el sentido al sinsentido.

El muchacho debe arreglarse los dientes. Tiene una hecatombe en la boca. Se despierta y tiene sangre en las encías. La dentista juega con el interior de su boca. Se despierta y tiene sangre en las encías. Escucha las amenazas fanáticas de su abuelo y tiene sangre en las encías. Escucha los murmullos… le sangra de nuevo la boca.

Hay niebla en el camino. Se parece a la niebla de la vida. A la niebla que no deja ver bien el futuro. Hay bultos que chocan con la camioneta del papá pelotudo –hay tantos papás separados que se presumen ejemplo y son unos pelotudos, patéticos–. Trizan el parabrisas. No se ven; solo se sienten. La niebla no deja verlos. En la radio de la camioneta el papá pone a Pat Metheny. En los fonos del muchacho se escuchan otras cosas que ni él ni siquiera escucha. Porque piensa. Porque evade. Porque todo es como esa niebla: espesa, agresiva, veleidosa. En medio vuelven los murmullos. En medio de esa niebla. Que es la camanchaca.

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