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2 oct. 2013

Teófilo Cid: centelleando entre la ebria multitud

JORGE MUZAM -.

Abro mis cajas con recortes de diarios y revistas de otras épocas. Encuentro cosas que ya ni recordaba. Entre ellas, breves menciones al poeta Teófilo Cid, integrante del legendario grupo surrealista Mandrágora. Un buen poeta, a juicio de muchos. Un bohemio obcecado, religioso, para quien el día no era más que pavimento y obscenidad. Comenzó sus hazañas literarias en Talca, junto a sus compañeros de secundaria, Enrique Gómez Correa y Braulio Arenas.

Pronto se trasladó a Santiago, estudió algo de Derecho y Castellano e ingresó a trabajar al Ministerio de Relaciones Exteriores, desde donde renunció desencantado al poco tiempo. Con el desahucio arrendó una pieza, la llenó de libros y comenzó su vida bohemia.

Parte de un poema de esta época:

"Ellos saben que la sombra 
Los protege los defiende los encierra 
En un huevo de esmeralda 
Aletean incansables 
Sobre el césped de virtud de las sonrisas 
Como estúpidas filiales del hastío"

Cada noche, durante décadas, se le vio en el Café Sao Paulo, donde también asistía el resto de la Mandrágora, el poeta Carlos de Rokha y numerosos intelectuales que pernoctaron allí durante los 40, 50 y 60. En ese lugar se establecían hermandades, coincidencias y antagonismos. Sumido en ese hervidero de intelectuales, Teófilo parecía ser feliz, dictando cátedras desde los mismos mesones y ejecutando todas las locuras insólitas que sólo un verdadero surrealista sabe ejecutar. Cuando el Café fue demolido en los 60, Teófilo se sintió desolado, y siguió volviendo allí a asomarse entre los barrotes para contemplar su ya inexistente segundo hogar.

Una de sus obras más destacadas se titula Bouldroud (cuentos, 1942). El siguiente es un pasaje del cuento Bouldroud, sin duda muy representativo de su estilo:

"- ¿Qué haces?
Pasé los labios en sus muslos. Ella saltó como un reptil. Soy madre, imploraba. Mejor, un recuerdo más para tus hijos. Soy hija de un inglés que vive en Java. ¡Qué me importa! La condición de madre, de hija, de soltera, de viuda no me interesa. Puedes darme un cuarto de hora de tierra firme. En ti surgen los desiertos, los oasis. Tus odios son grises, ya lo veo en este líquido sanguíneo donde mezco mi coraza de rufián. Mi natural erguido. ¿Lo ves? Sientes que el amanecer disgrega sus luces diarias. Con trabajo someteré tus gustos a mi sed. Los haré a semejanza nuestra, con tus pómulos, tu vientre, tu inquietud. Y mi saliva. Al caer sobre su cuerpo, éste cruje. Ha lanzado una oleada entre sus piernas, sin duda alguna para hacerse obedecer. Entonces grita:
- Amanecer muévete..."

Recuerdo que cuando leí su cuento Chancho burgués no hablé bien de su estilo, y fue porque lo vi con mis ojos de realista sucio del siglo XXI. Hoy sé que a Teófilo hay que leerlo con otro ánimo, con otro chip, con una mente muy abierta para entender su particular construcción de mundo.

Poco antes de morir a los 50 años, publicó la obra dramática Alicia ya no sueña, especie de homenaje a Lewis Carroll.

En uno de sus últimos poemas llega a condensar muy bien lo que fue su tránsito por este mundo:

"Soy un mundo vivo
A pesar de la sombra que me devora
Alzándome en sus coágulos de alcohol
Veloz me veo en la risa
Siempre huyendo a través de la apariencia
Como un rostro entre la ebria multitud
Mi destino será caer despacio
Pero vivo en los estambres de diurna rapidez
Que crecen desde el sol
Vivo aún aunque esté muerto
Sepultado bajo el signo de las llamas
Durmiendo en su caja de amor"

3 comentarios :

  1. No hay cosa más subyugante que abrir cajas y cajones que teníamos olvidados. Se mostrarán ante nuestros ojos como cofres con los más valiosos tesoros. Ahora tú te encuentras con esos versos hermosos, con esas sensaciones que tuviste al lerlos y a mí me haces recordar, también, esos cajones con los que me tropiezo o esos libros que releeo y encuentro entre sus hojas pequeñas frases, o un flor seca que introduje en el libro como un secreto inconfesable.
    Bellísimo tu texto amigo Jorge. Cuánto romanticismo hay en tu vida. Espero que, quienes te rodean, sepan valorarlo.
    Un beso.

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  3. Por desgracia, no alcancé a conocerlo. Sí a Braulio Arenas y a otros vates de la época.

    ¿Dónde van a vivir los poetas muertos?

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