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2 oct. 2013

Jesús Capo, el afable

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Como una manera de evitar decepciones que influyeran en el goce de una obra, dejé de esmerarme en conocer escritores en persona. No se trató de una decisión tan consciente como lo expongo ahora, sino más bien el deseo de hacer a un lado los malos ratos en un ámbito donde éstos son el pan de cada día. (La sobremesa con Mario Vargas Llosa en un café del Drugstore, en 1993, donde no fui capaz de articular palabra alguna ante semejante vaca sagrada de las letras latinoamericanas, podría calificarlo como un hecho fortuito.)

Esta aversión al cara a cara literario comenzó cuando me enteré que los seguidores habían convertido a Nicanor Parra en una suerte de santón al que había que esperar en vigilia a la salida de su casa del balneario Las Cruces para poder escuchar, en vivo y en directo, algunos de sus artefactos, antipoemas y chistes. Preferí dedicarme a leer sus libros y no perder el tiempo en correrías de adolescente histérico. Tampoco fue agradable ver las actitudes de divo de Gonzalo Rojas, avivado por aspirantes a poetas de los pasillos de la universidad, a quienes les faltó poco para extenderle una alfombra, barrerle el piso y protegerlo de los “no elegidos” formando un cordón humano. Lo mismo ocurrió con las prédicas de psicomágicas de Alejandro Jodorowski y los recitales multitudinarios de Mario Benedetti en la Estación Mapocho.

Mantuve esta decisión hasta cuando divisé, en los alrededores del Barrio República, un afiche donde se anunciaba una charla del escritor Jesús Capo, titulada “Literatura y solidaridad”. Era una buena oportunidad de conocer al autor del libro Débiles y malditos, cuyo ejemplar de segunda mano -con la foto de un vagabundo en la entrada de un cité en la portada- había adquirido en una feria de las pulgas de Santiago hacía sólo unos días. Tras su lectura, asumí con satisfacción que fue una ganancia para mi biblioteca: cuentos punzantes y originales sobre niños de la calle, perros revolucionarios, un vendedor de zapato con vocación de poeta, corsarios en descanso, prostitutas formadoras de adolescentes y escritores de diferentes épocas en reunión de camaradería. Lo que más me llamó la atención fue el estilo de Capo: rápido, de frases cortas, de giros inesperados, con dosis de ternura y crueldad, como si se tratara de decenas de hormiguitas colándose silenciosamente por la nariz, boca, ojos u otro poro del cuerpo del lector hasta apoderarse de toda su atención y su capacidad de asombro. Los cuentos transmitían la sensación de perplejidad de la existencia como toda buena literatura, asemejándose por momentos a Kafka, Joyce, Proust y los rusos Gogol, Chejov y Dostoievski.

Según la escueta biografía del autor, nació en España en 1934 y se radicó en Chile en 1959. Con una carrera profesional en publicidad y estudios de cine, escribió un par de libros experimentales y arriesgados –como Débiles y malditos y El Cañón-, participó en talleres literarios sin hacer mucho aspaviento. Hasta que decidió dar un giro en su creación para dedicarse a la escritura de novelas populares sobre personajes de la historia del cristianismo. Esto le significó el reconocimiento masivo.

De la exposición de Jesús Capo recuerdo bien poco, salvo sus intentos por explicar que la literatura, en sí misma, no era solidaria, sino que los contenidos de ésta podían despertar este valor de la humanidad.

Esperé al autor hasta el término del encuentro, lo abordé y le extendí mi ejemplar de Débiles y malditos en su primera y única edición. Con una impecable caligrafía, Capo escribió su nombre y su firma. Luego me preguntó cómo había dado con este libro tan antiguo y qué me había parecido. Le di mi opinión sincera.

Mientras caminamos por República hacia el paradero de buses de la Alameda, Capo no dejaba de mostrarse afable: contestaba todas mis preguntas y me comentaba el gusto que sentía adaptando las biografías de los personajes religiosos a la acción novelesca (es un católico confeso, al estilo de Graham Greene, C. S. Lewis y Martin Scorsese). Me reconoció, además, que las editoriales sólo le pedían este tipo de obras por lo que la “literatura profana” debería esperar por un tiempo. Lo animé para que persistiera en esta última ya que la consideraba notable.

Antes de tomar el microbús, largó un par de risotadas con mis ocurrencias y se comprometió –lo que puedo corroborar en estas líneas- a mantenerme al tanto de sus publicaciones e invitarme al lanzamiento de las mismas.

No sé cuánto me habrá influenciado Jesús Capo en mis comienzos literarios, pero al menos fue un hálito de viento fresco en un clima donde el esnobismo, las frases hechas, el espíritu de calcetinera y la arrogancia formaban parte de la educación sentimental de todo escritor de fin de siglo.

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2 comentarios :

  1. Hace algún tiempo, tuvimos la oportunidad de conocer la sencillez y cordialidad de Jesús Capo. Un simple llamado del escritor a mi hogar, permitió que mi esposa le pudiera emitir su comentario acerca del libro "Tú eres piedra",opinión que fue recibida con mucha complacencia y respeto por el señor Capo.
    Lo escrito por usted señor Rodríguez, solo refuerza la opinión que tenemos de este buen escritor.

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  2. He releído este texto y vaya que me han entrado las ganas de adentrarme en la obra de este autor.

    Cuando estaba en el colegio, dos de sus novelas fueron bestseller. Luego no supe más de él hasta que apareció este artículo.

    De seguro sus primeros libros deben ser inencontrables.

    Buen escritor y buena persona.

    Saludos cordiales.

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